Homilía para el domingo de Pentecostés 2019

El don del Espíritu
La fiesta que celebramos hoy es la del cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus discípulos durante la Última Cena. Él prometió enviar, junto con su Padre, al Espíritu Santo, como acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Este don sucedió en la fiesta judía de Pentecostés, que era la de las cosechas. Antes de su Ascensión, Jesús les pidió no alejarse de Jerusalén hasta que recibieran la fuerza de lo alto. Lo escuchamos el domingo pasado. Y les dijo para qué la iban a recibir: para ser sus testigos, comenzando por Jerusalén hasta llegar a los últimos rincones de la tierra.

El don del Espíritu

Textos: Hch 2, 1-11; Rm 8, 8-17; Jn 14, 15-16. 23-26

 

La fiesta que celebramos hoy es la del cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a sus discípulos durante la Última Cena. Él prometió enviar, junto con su Padre, al Espíritu Santo, como acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Este don sucedió en la fiesta judía de Pentecostés, que era la de las cosechas. Antes de su Ascensión, Jesús les pidió no alejarse de Jerusalén hasta que recibieran la fuerza de lo alto. Lo escuchamos el domingo pasado. Y les dijo para qué la iban a recibir: para ser sus testigos, comenzando por Jerusalén hasta llegar a los últimos rincones de la tierra.

Jesús dijo a los suyos que vendría sobre ellos el Espíritu de la verdad, el otro Paráclito, el Espíritu Santo, que les iba a estar recordando todo lo que Él les había dicho, para que fueran testigos fieles. Fue lo que comenzaron a realizar, allí en Jerusalén, inmediatamente después de que quedaron llenos de ese Espíritu. Comenzaron a hablar de las maravillas de Dios, la mayor de las cuales es la Resurrección de su Hijo, el Crucificado. Todos los entendían, a pesar que hablaban diferentes lenguas. Con la Eucaristía de este domingo damos gracias al Señor por ese regalo.

La llegada del Espíritu estuvo acompañada de signos que nos revelan lo que Él hace en quienes lo reciben y lo dejan actuar. El viento fuerte mueve, impulsa, va de un lado para otro; y el fuego quema, transforma, purifica. Quien recibe esa fuerza, es movido a ir de un lado a otro a la misión, a dar testimonio de Jesús; quien queda lleno del Espíritu se transforma, se quema por dentro, para hablar del Resucitado y nadie lo detiene. Así sucedió con los Apóstoles, María y las demás mujeres que estaban reunidos en oración a la espera del don prometido por Jesús: lo dejaron que actuara a través de su persona y salieron a hablar de las maravillas de Dios obradas en su Hijo.

Nosotros recibimos ese mismo Espíritu al ser bautizados. Allí quedamos llenos de su fuerza para ser testigos de Jesús hasta los últimos rincones de la comunidad y la sociedad. En la Confirmación nos comprometimos a dar testimonio de Jesús con toda nuestra vida. Sin embargo, la mayoría de los bautizados no lo estamos dejando actuar, no nos hemos dejado quemar por dentro ni hemos permitido que nos mueva para salir a la misión. Al contrario, hemos puesto muchas trabas, nos resistimos a dedicar nuestra vida a la misión, no llevamos una vida conforme al Espíritu, al contrario de lo que Pablo reconoce de los romanos. Tenemos que cuestionarnos.

Hoy, toda la liturgia está orientada a agradecer a Dios el regalo de su Espíritu, pero también a fortalecer la conciencia de que somos misioneros y a pedir que lo dejemos actuar para que se realice la misión que Jesús dejó a sus discípulos. Nos hace falta trabajar mucho en nuestra comunidad parroquial para que seamos una comunidad misionera, una comunidad de testigos de Jesús. La mayoría hemos recibido los sacramentos de la Iniciación cristiana –el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía–, pero hasta ahí nos hemos quedado. Estamos sacramentalizados, pero no evangelizados, como dijeron hace 50 años los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín, Colombia; tenemos los sacramentos, pero no somos misioneros. De esto hay que pedirle perdón a Dios.

Al comulgar renovamos nuestro compromiso, personal y comunitario, de vivir conforme al Espíritu, de salir a la misión, de llegar a todos los rincones de nuestros barrios, a ir a las periferias existenciales, para llevar el Evangelio, como hicieron los Apóstoles el día de Pentecostés. Dejemos que el Espíritu actúe a través de nuestras personas para que seamos verdaderos testigos de Jesús. Dispongámonos a recibir a Jesús sacramentalmente en la Comunión.

9 de junio de 2019

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