El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el domingo de La Transfiguración del Señor 2107

La misión continúa

Textos: Dn 7, 9-10. 13-14; 2 Pe 1, 16-19; Mt 17, 1-9.

Transfiguración A 17

Los textos bíblicos que escuchamos fueron elegidos por la Fiesta de la Transfiguración del Señor, que celebramos cada seis de agosto. San Mateo nos narra en su evangelio este acontecimiento y uno de los testigos, san Pedro, nos comparte su testimonio. El mismo Jesús se nos manifestará sacramentalmente en el momento de la Comunión, transformado en Pan y Vino. Se nos dará como alimento para que con su fuerza continuemos en la misión, la cual pasa por la cruz.

Jesús invitó a tres de sus amigos: Pedro, Santiago y Juan. Con ellos subió a un monte y ahí se transfiguró. Su cara se puso resplandeciente y sus vestiduras se volvieron blancas. Con esto se actualizó la visión del profeta Daniel, que escuchamos en la primera lectura. Los especialistas en la Biblia comentan que ese era el anticipo de su condición de Resucitado. Ahí aparecieron Moisés y Elías platicando con Jesús. En su narración del mismo acontecimiento, san Lucas dice que hablaban de la muerte que a Jesús le esperaba en Jerusalén.

Al contemplar esta escena, a Pedro le dieron ganas de quedarse allí por mucho tiempo. Pidió hacer tres chozas. Se sentía a gusto, no había los problemas de la misión, no tenían que dedicar tiempo a los enfermos, no había que encontrarse con las multitudes, no estaban escuchando las habladas y murmuraciones contra Jesús. Como que así quisiera quedarse toda la vida. Me imagino que es algo semejante a lo que sucede cuando vamos a un día de campo, a un paseo a la playa o a una fiesta. En el paseo nos la pasamos tan a gusto que hasta se nos olvida comer; y cuando se llega la hora de regresar a la casa, porque al día siguiente hay que volver al trabajo, a la escuela, a los problemas de la familia, a la vida del barrio, nos pesa. Como que ya no quisiéramos regresar. O cuando los niños están en el “brincolín” de la fiesta y hay que regresar a la casa, cuesta trabajo despegarlos; también quisieran quedarse más tiempo.

Pero Dios y el mismo Jesús sacaron de su paso a Pedro y a los demás: les hicieron ver que la misión continuaba. El Padre repitió lo mismo que dijo de Jesús cuando fue bautizado: que era su Hijo muy amado, en quien tenía puestas todas sus complacencias. Y, además, le añadió que había que escucharlo. Cuando iban bajando del monte, Jesús les pidió que a nadie le dijeran lo que habían vivido hasta que Él resucitara de entre los muertos; quiere decir que tenía claro que su camino iba a pasar por la pasión y la muerte, y ellos lo tenían que escuchar y seguir por allí.

Para muchos de nosotros es bien fácil diseñar una vida cristiana cómoda: sin compromisos, sin complicaciones, solamente con lo bonito, lo emocionante o lo agradable de lo que a veces nos toca vivir. Nos quedamos tranquilos con ir a Misa el domingo, felices con que los hijos reciban el Bautismo, la Primera Comunión o la Confirmación, a gusto con lo que se vivió en algún retiro, contentos con una Misa bonita o de sanación; pero no queremos más para vivir cristianamente en la familia, el barrio, la escuela, el trabajo. Nos cuesta trabajo asumir la misión en todos los espacios de nuestra vida. Para eso hacemos oración, celebramos la Misa, recibimos los sacramentos.

En su Palabra, Dios nos pide escuchar a Jesús. Y Jesús nos habla del Reino, nos enseña a perdonar, servir, atender enfermos, trabajar por los pobres. Además nos pide acompañarlo en su camino, que consiste en entregar la vida y pasar por la cruz. Para esto lo recibimos en la Comunión. Si comulgamos no es para quedarnos tranquilos y sin compromisos, como se le antojaba a Pedro, sino para continuar en la misión, con los compromisos de la vida cristiana y comunitaria.

6 de agosto de 2107

Esta entrada fue publicada el 06 de agosto de 2017 a las 9:23 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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