Homilía para el 7º domingo ordinario 2014

Vivir el amor y el perdón

Textos: Lv 19, 1-2. 17-18; 1 Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48.

Ord7 A 14

La enseñanza de Jesús nos sacude en este domingo, dado que por naturaleza tendemos al rencor, los resentimientos y la venganza, y además porque nuestro mundo está lleno de violencia. Hoy, que nos hemos reunido para la celebración de la Eucaristía, la cual tiene su culmen en la comunión, nos podemos preparar a ella reflexionando sobre nuestra vida a la luz de los textos bíblicos. Jesús nos invita a mostrarnos como discípulos suyos viviendo el amor y el perdón.

Vivir el amor y el perdón

Textos: Lv 19, 1-2. 17-18; 1 Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48.

Ord7 A 14

La enseñanza de Jesús nos sacude en este domingo, dado que por naturaleza tendemos al rencor, los resentimientos y la venganza, y además porque nuestro mundo está lleno de violencia. Hoy, que nos hemos reunido para la celebración de la Eucaristía, la cual tiene su culmen en la comunión, nos podemos preparar a ella reflexionando sobre nuestra vida a la luz de los textos bíblicos. Jesús nos invita a mostrarnos como discípulos suyos viviendo el amor y el perdón.

Al escuchar el Evangelio y reflexionarlo, generalmente pensamos en las ocasiones en que somos víctimas de una agresión física o verbal y poco nos ubicamos como agresores. Tenemos que ver las dos dimensiones, ante las cuales se nos presenta la oportunidad de manifestarnos como verdaderos discípulos de Jesús. Si somos agredidos, Jesús nos indica el camino a seguir: perdonar; si somos los agresores tenemos que pensárnosla muy bien, pues no debería suceder.

Lo más “normal” es que ante una agresión, respondamos del mismo modo o, incluso, de manera más violenta contra la persona o grupo que nos ofende. Así es la condición humana. Así se movían los judíos e, incluso, tenían como respaldo la ley del Talión, que permitía devolver la misma agresión: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, vida por vida. Si alguien actuaba así, no había problema porque la ley lo permitía.

Pero Jesús nos pide mucho más. No sólo no devolver mal por mal, agresión por agresión, sino hacer el bien a cambio del mal recibido. Esto suena como que es de gente que no está bien de la cabeza. ¿Yo por qué voy a perdonar?, dicen muchos. Me la va a pagar, pensamos seguido. O en el momento de ser agredidos, inmediatamente se da el desquite. Y se busca la manera y el momento para ejecutar la venganza. Eso no va con la dinámica propuesta por Jesús.

Jesús tenía muy claro el proyecto de Dios. Unas indicaciones las escuchamos en la primera lectura. Moisés pedía a los israelitas no odiar al hermano ni en lo secreto del corazón. Imagínense: ni en lo secreto del corazón; mucho menos en los hechos. También pedía no vengarse ni guardar rencor y, más bien, amar al prójimo. Eso estaba ya desde antiguo entre los israelitas. Además había una razón: todo miembro del pueblo de Dios tiene que ser santo como Dios.

¿Qué pide Jesús? Lo que Él mismo vivió: no hacer resistencia al hombre malo, poner la mejilla izquierda si se recibe un golpe en la derecha, darle el manto al que haga pleito por la túnica, caminar el doble de lo que se obliga a caminar, amar al enemigo, hacer el bien al quien nos odia, orar por los perseguidores o los que calumnian. Entonces no se trata solamente de no devolver el mal, lo que ya de por sí es difícil, sino hacer el bien al que agrede. Este es el reto.

Para aparecer como verdaderos discípulos de Jesús, para ser hijos de Dios, no basta con estar bautizados y tener los demás sacramentos, o con venir a la Misa los domingos o rezar el rosario o participar en algún servicio de evangelización. Es necesario no colaborar a que se sostengan o crezcan las relaciones agresivas. Esto implica no cultivar los resentimientos, el odio, la venganza, por la simple razón de que somos discípulos de Jesús y Él así nos pide que vivamos.

Es complicado, pero necesario, que nos decidamos a vivir el perdón y el amor. En medio de nuestro mundo lleno de violencia, de rencores y venganzas, se ocupa que, en primer lugar, los cristianos no seamos agresores y, además, que sepamos perdonar, como Dios, y que demos testimonio de amor a los enemigos, como Jesús. De otra manera, no tendría sentido la Eucaristía dominical, que culmina con la Comunión, al no vivir la comunión con los demás.

23 de febrero de 2014

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