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Homilía para el 5º domingo ordinario 2016

Una experiencia de misericordia

Textos: Is 6, 1-2.3-8; 1 Cor 15, 1-11; Lc 5, 1-11.

Ord5 C 16

Dios es tan misericordioso que nos llama al anuncio del Evangelio. Esto es común en los textos bíblicos que se acaban de proclamar y que nos ayudan a prepararnos para recibir la Comunión. Con esta Eucaristía dominical agradecemos a Dios que nos ha llamado no sólo para ser sus hijos sino para ser transmisores de su Palabra. Algo semejante a lo que les sucedió a Isaías, a Pablo y a Simón Pedro, quienes se reconocieron pecadores, pero dispuestos a colaborar con el Señor.

Si tenemos en cuenta que el Señor nos llama y envía para evangelizar, seguramente diremos: ¿y yo por qué, si soy un pecador? Eso mismo les sucedió a los personajes bíblicos en su encuentro con el Señor. Pero eso también es importante, es decir, el reconocimiento de la propia situación de pecado, de impureza, de incapacidad, de indignidad, porque así quién llama ofrece su apoyo, su perdón, su gracia, su confianza. Esta es una experiencia de misericordia.

Isaías reconocía ante Dios que estaba perdido porque se sabía un hombre de labios impuros, miembro de un pueblo de labios impuros. Ante este reconocimiento, Dios, tocándolo en sus labios, le quitó su maldad y le perdonó sus pecados. El Señor hizo esto sin que Isaías se lo pidiera. ¡Qué signo tan grande de su misericordia! Y sobre esta base del perdón dado, el profeta se mostró dispuesto a ir de parte de Dios cuando Éste le preguntó que a quién enviaría.

En su Carta a los Corintios, Pablo se identificaba como un aborto por haber dedicado una parte de su vida a perseguir a los discípulos de Jesús. Se confesaba indigno de ser considerado apóstol, o sea, de haber sido llamado por Jesús y de andar anunciando el Evangelio. Al mismo tiempo, reconocía que la gracia de Dios actuaba en su persona y lo sostenía en su vida de apóstol. Es más, por esa gracia sus esfuerzos de dar testimonio de Jesús estaban fructificando.

Pedro, después de aquella pesca abundante, se confesaba como un pecador ante Jesús. A Jesús no le preocupó esto en lo más mínimo. Al contrario, le dijo que no temiera; lo levantó y le indicó que su misión sería la de pescar hombres. Vino enseguida la aceptación de esa misión junto con sus compañeros, al dejar todo para seguir a Jesús. La misericordia de Jesús no se quedó en la pesca sino que se prolongó en el llamado a un pecador para colaborar con Él.

¿Qué nos queda decir ante estas manifestaciones de la misericordia de Dios? Nada. Solamente reconocer delante de Él nuestra condición pecadora, nuestra indignidad, nuestras limitaciones; abrirnos a su gracia, a su misericordia, a su perdón, y disponernos para ser enviados. Dios no elige sino a pecadores para enviarlos en su nombre; Jesús no llama sino a pecadores para encomendarles la misión de anunciar el Evangelio. Agradezcamos al Señor esta gracia suya.

Así es que no tenemos pretextos para reconocer que hemos sido llamados y enviados a evangelizar. El anuncio del Evangelio es tarea de pecadores que han experimentado la misericordia de Dios y la comparten. Debemos tener la confianza de que el Señor perdona, asiste a quienes envía, sostiene en la misión y fortalece ante las dificultades. Tenemos el ejemplo claro en Isaías, en Pablo y en Simón Pedro. Pidámosle que aceptemos su llamada como ellos.

En nuestra condición pecadora, Jesús nos da hoy su Cuerpo y su Sangre como alimento. Este es el alimento de los débiles, de los pecadores, de los que reconocen su indignidad ante el Señor. Él nos lo da para que tengamos fuerza, salgamos a la misión y nos mantengamos en ella. Dispongámonos a recibirlo no sólo para comulgar sacramentalmente sino para ir a realizar esa misión para la cual fuimos llamados, consagrados y enviados el día de nuestro Bautismo.

7 de febrero de 2106

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