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Homilía para el 5º domingo de Pascua 2019

Respuesta a los inmisericordes

Textos: Is 43, 16-21; Flp 3, 7-14; Jn 8, 1-11

Dijo un interno de la Penal que este Evangelio es eterno. Así es la misericordia de Dios, como dice un salmo: “La misericordia del Señor es eterna” (Sal 117), y Jesús la mostró hacia aquella mujer, a quien unos escribas y fariseos mañosos y abusadores le llevaron para justificar su condena a muerte. El acusado era Jesús, no la mujer; a ella la utilizaron de pretexto. La respuesta de Jesús ante el machismo, la crítica a una persona pecadora y la manipulación de la ley, tres prácticas inmisericordes, nos ayuda a revisar nuestra vida, a disponernos a recibir la Comunión este domingo y a seguirnos preparando para la celebración de la Pascua.

La pregunta que le hicieron a Jesús era para acusarlo y justificar su muerte, la cual ya tenían decidida. Las situaciones que le presentaron estaban llenas de “inmisericordia”. Una era el machismo. ¿Dónde estaba el adúltero que encontraron con la mujer? ¿Por qué no se lo llevaron, si la ley decía que los dos debían ser castigados? ¿Por qué solamente la llevaron a ella? El machismo es una práctica aún presente en nuestros días y aquí en nuestra católica comunidad parroquial. ¿Cuántas agresiones verbales, físicas, laborales, sexuales, psicológicas… sufren las mujeres de esta población en su casa, en su barrio, en su trabajo, en su escuela? Siempre salen perdiendo.

En la Exhortación del Papa Francisco sobre los jóvenes dice que “una Iglesia viva puede reaccionar prestando atención a las legítimas reivindicaciones de las mujeres que piden más justicia e igualdad. Puede recordar la historia y reconocer una larga trama de autoritarismo por parte de los varones, de sometimiento, de diversas formas de esclavitud, de abuso y de violencia machista. Con esta mirada será capaz de hacer suyos estos reclamos de derechos, y dará su aporte con convicción para una mayor reciprocidad entre varones y mujeres […]. En esta línea, el Sínodo quiso renovar el compromiso de la Iglesia «contra toda clase de discriminación y violencia sexual»” (No. 42).

Otra situación que apareció fue la acusación pública en contra de la mujer. Ciertamente había pecado, pero ¿por qué denunciarla públicamente? ¿Por qué exhibir por todo el pueblo y señalar en la comunidad a una persona que se equivocó? Una situación sin misericordia para la mujer. ¿Por qué nosotros, católicos, tenemos que criticar y publicar los errores de los demás?

La otra situación que le plantearon a Jesús fue si estaba o no de acuerdo en la lapidación de la mujer. Ahí estaba la trampa: si decía que no, entonces iba a aparecer en contra de la ley judía; si decía que sí, entonces iba a expresar que estaba en contra de la ley romana. De un modo y de otro, se iba a echar la soga al cuello. Además, la ley estaba modificada alevosamente en contra de la persona más frágil, la mujer, y para tratar sin misericordia a Jesús, como de hecho hicieron después.

Pero no respondió, sino que se agachó a escribir en el suelo con su dedo. Ante la insistencia en que les diera su respuesta, Jesús simplemente dijo que quien no tuviera pecado, le tirara la primera piedra. Se fueron todos. Nadie estaba sin pecado, su conciencia los delató. Al final, cuando solamente estaban Jesús y la mujer, Él la trató con misericordia: no la condenó, sino que le perdonó y la invitó a no volver a pecar. Cómo nos falta cultivar en nuestras familias, en nuestra comunidad y en la sociedad la misericordia, sobre todo con la conciencia de que somos gentes pecadoras.

La respuesta de Jesús ante las propuestas y prácticas inmisericordes de los “buenos”, de los “dueños” del poder, de los machistas, de los que manipulan la ley para su propio provecho, nos dice que la misericordia tiene que ser lo más ordinario en nuestra vida personal y comunitaria.

7 de abril de 2019

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