El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 4º domingo ordinario 2019

Aceptar o rechazar a Jesús

Textos: Jr 1, 4-5. 17-19; 1 Cor 12, 31-13, 13; Lc 4, 21-30

En el texto del Evangelio, que es continuación del que escuchamos el domingo pasado, san Lucas nos narra cómo Jesús experimentó primero la aceptación y luego el rechazo de parte de sus paisanos. Esto nos ayudará a revisar hoy domingo cómo es nuestra relación con Jesús y a prepararnos para recibirlo sacramentalmente en la Comunión.

En la sinagoga de Nazaret, Jesús acababa de proclamar su misión, la cual tenía como destinatarios principales a los pobres, oprimidos, ciegos, encarcelados y pecadores. Lo que dijo ya lo había comenzado a realizar por Galilea y en Cafarnaúm, antes de llegar a su pueblo. Ya predicaba el Reino de Dios en las sinagogas y realizaba muchos prodigios. Ya estaba viviendo su misión en la triple condición de profeta, sacerdote y pastor, de la cual nosotros participamos por el Bautismo.

Al principio, como sucede dondequiera, fue aprobado, admirado y aplaudido, por la sabiduría de sus palabras. Pero luego no faltó quién comenzara, como dondequiera también, a meter cizaña. Comenzaron a decir que si no era el hijo de José, el hijo de un carpintero, el hijo de un pobre, el hijo de una mujer de pueblo. ¿Cómo era posible que un conocido suyo desde la niñez, alguien que no había tenido escuela, alguien que aprendió un oficio, hablara con tanta sabiduría? Como si la sabiduría fuera propiedad de los que vienen de otro lado, de los que tienen estudios terminados, de los que nunca tuvieron necesidad de aprender algún oficio para ganarse la vida.

Jesús cayó en la cuenta de lo que les ha sucedido a los profetas: son criticados, rechazados, amenazados, perseguidos, condenados a muerte. Les sucede eso porque lo que dicen no es suyo, sino de Dios. Cuando alguien predica bonito, pero no toca ni cuestiona el sistema establecido, le va bien: recibe muchas alabanzas, honores, felicitaciones, ayudas; en cambio, cuando predica la hermandad, la justicia, la solidaridad, y cuestiona el sistema establecido, le va como en feria: comienza por ser criticado, mal visto, rechazado, calumniado, amenazado, perseguido. Así le pasó a Jesús, como acabamos de escuchar. Por eso dijo que nadie es profeta en su tierra. Eso no quiere decir que el profeta no deba realizar su misión en su pueblo, sino que no es aceptado como profeta.

Por eso Jesús les echó en cara que a los profetas, como a Elías y a Eliseo, los reciben, los escuchan, les hacen caso, los extranjeros. La viuda de Sarepta y Naamán, el soldado leproso, eran extranjeros y recibieron los beneficios de Dios a través de esos dos profetas. Los judíos consideraban paganos, maldecidos de Dios, a los habitantes de los demás pueblos de la tierra. Y los que estaban en la sinagoga eran judíos. Por eso se enojaron contra Jesús, porque sintieron como ofensa que les hubiera recordado esos ejemplos; y lo sacaron de la sinagoga, se lo llevaron para matarlo aventándolo en el voladero. Comenzó a experimentar en carne propia el destino de los enviados de Dios.

Nosotros fuimos ungidos profetas el día en que nos bautizaron. Somos enviados de Dios para anunciar la Buena Nueva de salvación a los pobres, para consolar y curar, para trabajar por la liberación de todas las opresiones e injusticias, para vivir el perdón, para anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Todo eso no es nuestro, sino de Dios. A nosotros nos toca simplemente realizarlo.

Cumplir esta misión implica aceptar a Jesús, con su mensaje, su estilo de vida, sus hechos, su destino. Generalmente lo rechazamos porque, aunque decimos que creemos en Él, no aceptamos vivir de acuerdo a sus mandamientos y siguiendo su ejemplo. Hoy es un día oportuno para renovar nuestra fe en Jesús y nuestro compromiso de ser profetas en la comunidad.

3 de febrero de 2019

Esta entrada fue publicada el 02 de febrero de 2019 a las 11:32 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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