El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 4º domingo de Cuaresma 2018

Creer en el Crucificado

Textos:  2 Cro 36, 14-16. 19-23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21

Cuaresma4 B 18

Jesús se reveló a Nicodemo como el Crucificado en quien hay que creer para tener vida eterna. Lo que escuchamos en el evangelio es parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo, una noche que resultó ser iluminadora para este fariseo que se convirtió en discípulo de Jesús, la Luz del mundo. Nosotros también nos encontramos con Él hoy domingo de Cuaresma. Nos ha hablado en el texto narrado por san Juan y lo recibiremos sacramentalmente en la Comunión.

Jesús anunció que iba a ser levantado como signo de salvación. Él vino para traer la vida de Dios a la humanidad. Por eso se hizo carne y habitó entre nosotros. Su vida la dio día a día en el servicio y la entregó totalmente en la cruz. Allí fue levantado, como Moisés había puesto una serpiente en lo alto de una vara, cuando los israelitas murmuraron contra Dios en el desierto, durante el camino hacia la tierra prometida; quienes eran mordidos por alguna serpiente y miraban la que estaba en la vara, quedaban curados. Eso fue lo que anunció Jesús en relación a sí mismo.

En el caso de Jesús no sería una curación física, como la de los israelitas en el desierto, sino la salvación, la vida eterna. Para eso se necesita creer en Él, en su persona, su estilo de vida, su predicación del Reino, su muerte en la cruz y su Resurrección. Es decir, aceptarlo como es sin ponerle condiciones. Quien no cree en Jesús, quien no lo acepta, ya está condenado.

Cada quien tiene la decisión de aceptarlo o rechazarlo, de creer o no creer en Él, de seguirlo o de tomar su propio rumbo, de caminar en la luz o en las tinieblas, de hacer el bien o hacer el mal, de vivir de acuerdo a la verdad o en la mentira. Jesús simplemente ofrece su persona y su testimonio y cada quien decide qué hacer ante su propuesta. Ciertamente Él espera que lo aceptemos, que creamos, que nos dejemos iluminar, que lo contemplemos crucificado.

En las reflexiones cuaresmales de estos días, ayudados por los textos bíblicos de los domingos, nos hemos encontrado y nos seguiremos encontrando con Jesús tentado, transfigurado, despedazado, crucificado, muerto y resucitado. Es el camino que siguió para darnos vida, la vida que viene de Dios y que manifiesta el amor que Dios tiene a la humanidad. Nos ama tanto que nos entregó a su Hijo único. ¿Qué papá o mamá es capaz de regalar a su hijo y, además, a su hijo único? Solamente Dios. Y ese Hijo anuncia su muerte y resurrección e invita a creer en Él.

Siendo bautizados, miembros de la Iglesia, creyentes en Jesús, en nuestra vida ordinaria le creemos más a otras propuestas que al mismo Jesús. Les creemos más a las ofertas encaminadas a hacer dinero, a lucir bien, a subir de puestos, a comprar por comprar, a tener lo último de la moda, a gozar de la vida. Esto nos tiene que hacer pensar, porque paran nosotros la primera y única opción tendría que ser Jesús. Y a sus propuestas generalmente las ignoramos, les ponemos pretextos, las desechamos, poco o nada nos dicen o nos orientan en la vida.

Estos días de Cuaresma los tenemos que aprovechar para seguir reflexionando en nuestra vida personal y comunitaria. Hacia dónde la orientamos, en qué o en quiénes nos guiamos para actuar, en quién creemos. Si el referente es Jesús, el Crucificado, y creemos en Él, vamos por buen camino, el de la Luz, el de la salvación; si nuestro punto de referencia no es el Hijo único de Dios, entonces vamos por el camino del mal, de las tinieblas, de la condenación. Hoy que nos encontraremos sacramentalmente con Jesús, renovemos nuestro compromiso de tenerlo solamente a Él como la Luz para nuestra vida personal, familiar y comunitaria, como hizo Nicodemo.

11 de marzo de 2018

Esta entrada fue publicada el 11 de marzo de 2018 a las 7:49 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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