Homilía para el 3er domingo ordinario 2013

La misión de Jesús es nuestra misión

Textos: Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

Estamos atentos a la Palabra, como el pueblo que escuchaba a Esdras mientras les leía el libro de la ley y como la gente de Nazaret cuando Jesús leyó un trozo de Isaías. En los textos de hoy se nos recuerda la misión que tenemos como miembros de la Iglesia; se nos recuerda, además, el fundamento de esa misión y la obligación de realizarla en nuestros días. Es la misma misión que Jesús proclamó en la sinagoga de su pueblo, tal como escuchamos en el Evangelio.

La misión de Jesús es nuestra misión

Textos: Neh 8, 2-4. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

Estamos atentos a la Palabra, como el pueblo que escuchaba a Esdras mientras les leía el libro de la ley y como la gente de Nazaret cuando Jesús leyó un trozo de Isaías. En los textos de hoy se nos recuerda la misión que tenemos como miembros de la Iglesia; se nos recuerda, además, el fundamento de esa misión y la obligación de realizarla en nuestros días. Es la misma misión que Jesús proclamó en la sinagoga de su pueblo, tal como escuchamos en el Evangelio.

La misión está clara: anunciar la Buena Nueva a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. Jesús realizó esta misión con fidelidad y eso le trajo como consecuencia el sufrimiento y la muerte. No la realizó solo sino en la comunión con su Padre y con la asistencia del Espíritu Santo, que lo ungió cuando salió del bautismo. También nosotros recibimos al Espíritu Santo.

Con todo lo que dijo e hizo, Jesús cumplió su misión. Sus enseñanzas, sus parábolas, sus denuncias, su oración al Padre, sus palabras de perdón, sus curaciones, fueron buenas nuevas para los empobrecidos de su tiempo. Puso su persona entera al servicio de los excluidos: unos estaban en esta situación por alguna enfermedad; otros por ser extranjeros y, por tanto, considerados paganos; otros por cargar con alguna impureza legal o por ser catalogados pecadores.

Todo eso realizó Jesús impulsado por el Espíritu Santo. Ya había sido ungido por Él al salir del bautismo, como escuchamos hace dos domingos. A partir del anuncio realizado en la sinagoga de Nazaret y hasta su muerte, el Espíritu del Señor estuvo sobre Jesús. Jesús lo dejó actuar a través de su persona. Su misma presencia era ya buena nueva para los pobres, sus palabras y sus acciones proclamaron y realizaron la liberación de los oprimidos y el perdón de los pecados.

Como Jesús, nosotros recibimos al Espíritu Santo en el Bautismo y su presencia en nuestro interior se hizo plena en la Confirmación. En el Bautismo, al ser ungidos en el pecho con el óleo de los catecúmenos, se nos dijo: “Que te fortalezca la fuerza de Cristo Salvador”. Esa fuerza es el Espíritu Santo. En la Confirmación, una vez que confesamos nuestra fe, el Obispo nos ungió en la frente con el santo Crisma y nos dijo: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

Algunos miembros del cuerpo de Cristo, llamados a servir por el ministerio presbiteral, fuimos ungidos en las manos. En ese momento el Señor Obispo nos dijo: “Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”. Fuimos ungidos en el Bautismo, la Confirmación y el Orden para realizar la misma misión que Jesús anunció en su pueblo y cumplió día a día hasta la cruz.

La unción del Espíritu Santo es para ser misioneros, no para tener los sacramentos. Fuimos ungidos para servir, no para sentirnos más que los demás miembros de la Iglesia. Recibimos al Espíritu del Señor para ser buena nueva para los pobres, para proclamar la vida digna que Dios quiere para todos y todas. El Espíritu del Señor nos impulsa a trabajar por la liberación de los excluidos y para ser agentes de perdón y la reconciliación. Hoy le agradecemos a Dios ese don.

 En esta Eucaristía dominical nos encontraremos sacramentalmente con Jesús, cabeza de la Iglesia. Él nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre para que la fuerza de su Espíritu permanezca en nosotros. Dispongámonos a recibirlo para ir a cumplir la misión que recibimos en el Bautismo. Como laicos o como ministros ordenados seamos buena nueva para los demás, atendamos a los miembros débiles de la sociedad, colaboremos a la comunión en nuestra comunidad.

27 de enero de 2013

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