El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 33er domingo ordinario 2018

Vivir y transmitir la esperanza

Textos: Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14. 18; Mc 13, 24-32

Este domingo estamos celebrando en la Iglesia la Segunda Jornada Mundial de los Pobres, promovida por el Papa Francisco para recordarnos que en el centro de la vida de la Iglesia tienen que estar ellos. A la luz de la Palabra de Dios podemos revisarnos como parroquia y encontrar luces para devolver la esperanza a aquellas personas que sufren por el empobrecimiento en nuestra comunidad. Esto nos ayudará a prepararnos para recibir sacramentalmente a Jesús en la Comunión.

Las palabras que acabamos de escuchar, aunque hablan de final y destrucción, más que infundirnos miedo nos alimentan la esperanza. Jesús anunció su segunda venida. Es el acontecimiento que esperamos como Iglesia desde que Él regresó al Padre. Con su segunda venida se anuncia algo nuevo: la vida en la gloria, sin sufrimientos, sin angustias; pero tenemos que estar atentos para descubrir los signos de que ya está cerca y, además, preparados para recibirlo a su llegada sin temor. Lo explica con el ejemplo de la higuera. Hay que reconocer los signos de los tiempos en la vida diaria de nuestro pueblo, en la vida, el sufrimiento y la esperanza de los pobres.

Jesús habla de la gran tribulación. Se trata en primer lugar de la experiencia de sufrimiento que provocan el empobrecimiento, consecuencia de la injusticia y la desigual distribución de los bienes; del sufrimiento que trae la violencia, tanto la que se vive a lo interno de las familias como en la sociedad; de la amargura por las enfermedades, accidentes y situaciones de muerte; de los padecimientos de las personas que salen de sus lugares de origen en busca de mejores condiciones de vida para sus familias. En segundo lugar, se refiere a las consecuencias que experimentan sus discípulos por cumplir la misión: habladas, persecuciones, amenazas, torturas, la misma muerte. En todas ellas, Jesús mantiene la esperanza de una situación mejor, fortalece para sostenerse a pesar de los sufrimientos. Por eso dijo que sus palabras no dejarán de cumplirse.

Él vendrá a reunir desde todos los rincones de la tierra a sus elegidos. Aquí están los que sufren, los que viven en la pobreza y la exclusión, desechados de la vida de la sociedad, y que nunca perdieron la esperanza de una vida nueva y mejor. Aquí están quienes se mantienen fieles en la misión, dando testimonio de Jesús, aún en medio de los sinsabores que traen la lejanía, el aislamiento, la falta de respuesta, las persecuciones y los tormentos. Para Jesús no hay distinción de razas, culturas, credos; lo que Él ve es el estilo de vida, tanto en las tribulaciones provocadas por la sociedad como las que vienen por el anuncio del Evangelio. ¿Qué estamos haciendo como bautizados? ¿Qué estamos realizando como parroquia?

A nosotros nos toca descubrir su presencia en los pobres, escuchar y atender sus lamentos, ser los instrumentos de Dios para devolver la esperanza. Si lo realizamos con sencillez y con la confianza puesta en Jesús, mantendremos viva la esperanza de estar entre sus elegidos, despertar para la vida eterna y resplandecer como estrellas por toda la eternidad, como dice el profeta Daniel.

Que esta Jornada Mundial de los Pobres nos ayude a tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos para con ellos como Iglesia. Que hagamos caso a la Palabra de Dios que nos pide estar atentos a los signos de los tiempos en la persona y la vida los pobres. Que los pongamos en el centro de atención de la vida parroquial, para realizar la misión que Jesús nos encomendó.

Dispongámonos a recibir a Jesús en la Comunión para que, con la fuerza que este Alimento da, salgamos a vivir y transmitir la esperanza de una vida nueva y mejor para los empobrecidos.

18 de noviembre de 2018

Esta entrada fue publicada el 17 de noviembre de 2018 a las 9:09 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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