El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 33er domingo ordinario 2017

Entrar en la alegría de Dios

Textos: Prov 31, 10-13; 19-20. 30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30.

Ordinario33 A 17

Nos hemos reunido para la celebración Eucarística el domingo anterior a la Fiesta de Cristo Rey. Hoy vivimos como Iglesia la Primera Jornada Mundial de los pobres, convocada por el Papa Francisco. Y la Jornada está puesta en esta fecha para prepararnos lo mejor posible a celebrar a Jesucristo como Rey del Universo. El punto de la preparación está en la atención que como comunidad demos a los pobres. Ellos están entre los millones de talentos que el Señor nos ha encomendado. Este domingo el Señor nos pide cuentas de lo que hemos hecho con ellos.

Dios quiere que estemos en comunión con Él. La Comunión sacramental, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es expresión del compromiso que renovamos de vivir unidos a Dios. De trabajar o no con los talentos que Él nos ha dado –según la capacidad de cada uno– depende si entramos en la alegría de Dios o nos quedamos fuera de ella, como expresa la parábola del Evangelio.

Dios nos dio dones no para nuestro beneficio personal sino para el bien de los demás y de la Casa común. Los personajes de la parábola somos nosotros. Lo que el Señor esperaba era que sus servidores de confianza trabajaran y multiplicaran los talentos. Dos de ellos sí lo hicieron: el que recibió cinco millones y el que recibió dos. A su regreso, cada uno le entregó el doble de lo que había recibido. Eso es lo que tenemos que hacer como bautizados: multiplicarlos al servicio del barrio para que la comunidad esté viva y trabajando en la construcción del Reino de Dios.

La recompensa para quienes trabajen en la comunidad no va a ser ciertamente en dinero, como ordinariamente esperamos que suceda; muchas veces hacemos las cosas pensando en la ganancia económica, en el beneficio material, en el lucro. Nos cuesta trabajo muchas veces hacerlas por servir, por ayudar, sin esperar una recompensa, simplemente por el gusto del servicio. La recompensa consistirá en entrar a tomar parte de la alegría del Señor, en estar en comunión con Él. Así se lo dijo a los que habían recibido los cinco y los dos millones.

El que recibió un millón, no lo multiplicó sino que lo escondió en un pozo. Yo creo que mientras regresaba su señor, estuvo pensando qué decirle para justificar que no lo había trabajado. Y así sucedió cuando le pidió cuentas. Le echó la culpa a su patrón de no haber trabajado lo que le encargó. Le dijo que era duro, que quería cosechar lo que no había plantado y recoger lo que no había sembrado. Yo creo que a la mayoría de los miembros de la Iglesia estamos así: no buscamos la manera de trabajar con los dones y talentos que Dios nos ha dado y buscamos culpables.

A este servidor lo llamó siervo malo y perezoso, le dijo que era un hombre inútil, y pidió que lo echaran fuera, a las tinieblas. A él no lo invitó a participar de su alegría. Quedó fuera de la comunión con su señor, no porque su señor no hubiera querido sino porque él decidió no trabajar con lo que le había dado según su capacidad. ¿No nos irá a decir a nosotros lo mismo?

Además de la vida y la Casa común, Dios nos dio a su Hijo. Jesús nos encomendó la misión de ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio, nos encargó a los pobres para atenderlos, nos pidió vivir la corrección fraterna y el perdón, nos envió a buscar a los alejados. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué cuentas le tenemos, personalmente, como familia, como comunidad?

Que la Comunión sacramental nos impulse a seguir trabajando por el Reino de Dios, generando espacios donde se vivan la justicia, la hermandad, el amor, la paz. No pongamos pretextos.

19 de noviembre de 2017

Esta entrada fue publicada el 18 de noviembre de 2017 a las 7:59 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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