Homilía para el 30º domingo ordinario 2014

Amar a Dios y al prójimo

Ord30 A 14

Estamos reunidos para celebrar el Sacramento del Amor, como se le ha llamado a la Eucaristía. Jesús, por amor, se nos sigue dando como alimento, tanto en la Palabra como en la Comunión sacramental. En este domingo nos recuerda cuál es el mandamiento que debemos cumplir en nuestra vida como discípulos suyos: es el mandamiento del amor, que tiene dos caras, una en relación a Dios y otra en relación al prójimo. Al final de cuentas, se trata de vivir amando.

Amar a Dios y al prójimo

Textos: Ex 22, 20-26; 1 Tes 1, 5-10; Mt 22, 34-40.

Ord30 A 14

Estamos reunidos para celebrar el Sacramento del Amor, como se le ha llamado a la Eucaristía. Jesús, por amor, se nos sigue dando como alimento, tanto en la Palabra como en la Comunión sacramental. En este domingo nos recuerda cuál es el mandamiento que debemos cumplir en nuestra vida como discípulos suyos: es el mandamiento del amor, que tiene dos caras, una en relación a Dios y otra en relación al prójimo. Al final de cuentas, se trata de vivir amando.

Un especialista en la ley le hizo una pregunta a Jesús sobre la ley. También le habían preguntado qué decía de la resurrección de los muertos, si era cierta o no; y sobre el impuesto para el César, si había que darlo o no. La pregunta que escuchamos hoy fue sobre el mandamiento más importante. Todas estas preguntas eran para hacerlo caer y acusarlo, para encontrar razones para ejecutarlo, pues ya lo traían “de encargo”. Jesús no perdió la calma y les contestó sereno.

Al doctor de la ley le respondió, y a sus discípulos y discípulas nos deja claro, que el mandamiento más grande es el del amor. Éste sintetiza todos los demás. Las personas estamos hechas por naturaleza para amar, los seguidores de Jesús con mayor razón. Este es el estilo de vida de los cristianos, es lo que nos identifica como religión; el cristianismo está identificado como la religión del amor o la caridad. Amar consiste en darse totalmente para el bien de los demás.

Con sus enseñanzas de palabra y sus obras, Jesús nos mostró cómo debemos vivir. El mandamiento principal consiste en amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; esto equivale a decir que toda nuestra persona es para el servicio de Dios, para alabarlo con nuestra oración y para rendirle culto con nuestros hechos. El amor a Dios va unido al amor al prójimo, especialmente el pobre, al que también hay que servir con toda nuestra persona.

En la primera lectura que se proclamó, encontramos la referencia para el amor al prójimo en la vida del pueblo de Dios. Dios señaló al extranjero, el huérfano, la viuda, el pobre. No hay que hacerlos sufrir, no hay que oprimirlos ni explotarlos; si se les presta dinero, no hay que ser usureros con ellos; si empeñan su manto para tener algo qué comer, antes de la noche hay que devolvérselo para que no pasen frío. ¿Cómo nos ubicamos nosotros ante los pobres?

No podemos decir que amamos a Dios si al pobre lo despreciamos, lo maltratamos, lo humillamos, nos aprovechamos de él. Frecuentemente se escucha decir: “Estando bien con Dios, los demás me valen…”, o se les echa una viga. Podemos pensar que por rezarle a Dios, o por asistir a la Misa dominical, aunque no sirvamos al pobre, estamos siendo buenos cristianos. Y no. Para amar a Dios se necesita vivir el amor a los demás, es decir darnos totalmente para ellos.

Eso fue precisamente lo que realizó Jesús. Amó a Dios obedeciéndolo, alabándolo, dándole gracias, confiando plenamente en Él; y lo amó sirviendo a los demás, mostrándoles la misericordia, no condenando a los pecadores, reintegrando a su comunidad a los excluidos por ella. Amó a la humanidad dándose totalmente en la cruz por nosotros. Ahí culminó su experiencia de amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y toda su mente, y al prójimo como a sí mismo.

En la Palabra, el Señor nos llama a revisar nuestra vida y a convertirnos a Él. En la vivencia del amor tenemos que ser ejemplo para todos los creyentes, como reconocía Pablo de los tesalonicenses. Para fortalecernos y sostenernos en este esfuerzo, Jesús se nos dará como alimento. Él se sigue entregando en la Eucaristía para que vivamos como Él; por eso la Eucaristía es el Sacramento del Amor. Dispongámonos pues a recibirlo para amar a Dios y a nuestro prójimo.

26 de octubre de 2014

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *