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Homilía para el 2º domingo de Cuaresma 2019

Bajar del monte para ir a la cruz

Textos: Gn 15, 5-12. 17-18; Flp 3, 17-4, 1; Lc 9, 28-36

El monte es lugar de encuentro con Dios. Ahí se encontraba Jesús cuando se transfiguró. También el desierto es espacio para el encuentro con el Señor, pero en otro sentido. Antes de comenzar su misión, como escuchamos hace ocho días, Jesús se fue al desierto a prepararse durante cuarenta días, con la oración y el ayuno; al final fue tentado para que no llevara buenas nuevas a los pobres, y salió adelante. En el Monte Tabor estaba orando para tomar fuerza y continuar su misión, pues le esperaba la cruz. Poco antes de subir, les había anunciado a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección en Jerusalén. Necesitaba la fuerza de Dios para seguir adelante en su camino.

Mientras dialogaba con su Padre, se transfiguró. Su rostro y sus vestiduras se pusieron blancas y relampagueantes. Pero, en esa condición, le llegó una compañía especial. Dos personas –dos personajes, dice san Lucas–, de las más grandes del Antiguo Testamento: Moisés y Elías; uno representando la ley y otro a los profetas. También estaban llenos del esplendor de Jesús. El punto está en lo que platicaban. Hablaban de lo que Jesús había anunciado a sus discípulos: del éxodo que le esperaba en Jerusalén. Con otras palabras, le esperaba la cruz.

Éxodo significa salida. A Jesús lo iban a sacar de Jerusalén, de la ciudad, para llevarlo a crucificar; pero también era su salida de este mundo, como decimos cuando alguien fallece: que se fue de este mundo. Con la plática entre los tres, se reafirmaba lo que Jesús anunció a los discípulos ocho días antes de esta subida al monte. Su misión pasaría por la cruz. No había otro camino. Incluso, junto con el anuncio de su muerte hizo la invitación a tomar la propia cruz y seguirlo.

Ese camino no les interesaba a sus discípulos. Lo expresó Pedro con su proyecto. Estaba muy a gusto contemplando al Maestro transfigurado y no quería seguir el camino que Jesús iba marcando. Le propuso quedarse ahí y hacer tres tiendas. La tentación de no seguir en la misión.

Y la respuesta, que volvía a confirmar el camino de Jesús hacia la cruz, la dio el Padre. Después de reconocerlo nuevamente como su Hijo, así como lo había hecho cuando Jesús fue bautizado, pidió a sus discípulos que lo escucharan, que le hicieran caso, que siguieran sus indicaciones. No era otra cosa sino renunciar a sí mismos, tomar la propia cruz y seguirlo. El discípulo tiene que seguir al Maestro hasta el final, hasta la entrega de la vida, hasta la cruz.

A nosotros nos sucede lo mismo que a Pedro. Queremos las cosas fáciles, la vida cristiana sin compromiso, lo que no nos traiga complicaciones. Sí es fácil vivir encuentros con Jesús, retiros, Misas, ratos de oración; pero, cómo nos cuesta asumir el camino del servicio, de la entrega de la vida, de anunciar buenas nuevas a los pobres, de experimentar el sufrimiento por andar en la misión, de hacer el recorrido hacia la cruz. Le sacamos la vuelta a esa experiencia.

Estos días de Cuaresma se nos ofrecen para revisar nuestra vida, para entrar en proceso de conversión y renovarnos, para reasumir nuestra misión. En esta celebración dominical, este templo se convierte en el monte de encuentro con Dios. Él nos pide que escuchemos a Jesús. No nos hagamos como intentaba Pedro. No nos programemos continuar aquí a gusto. Tenemos que bajar del monte –salir del templo– para continuar la misión y pasar por la cruz para llegar a la resurrección. Para mantenernos con fuerza en este camino, Jesús se nos da, no transfigurado sino hecho Pan y Vino, en la Comunión. Dispongámonos a recibirlo y, al comulgar, renovemos nuestra unión con Él para realizar la misión y seguirnos preparando a la celebración de su Pascua.

17 de marzo de 2019

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