El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 29° domingo ordinario 2017

Dar a Dios lo que le pertenece

Textos: Is 45, 1. 4-6; 1 Tes 1, 1-5; Mt 22, 15-21.

Ordinario29 A 17

A Jesús ya lo traían de encargo los fariseos, sumos sacerdotes, maestros de la ley y ancianos del pueblo. Los domingos anteriores escuchamos varias parábolas dirigidas a ellos para hacerles caer en la cuenta de que no estaban realizando bien su servicio de conducir al pueblo por el camino que Dios esperaba de ellos y más bien se estaban aprovechando de la gente para su beneficio. Hoy escuchamos cómo le ponen una trampa para poderlo acusar y justificar su condena a muerte, la cual ya tenían decidida. Lo que sucedió en aquella ocasión nos ayuda ver nuestra propia vida y a disponernos para recibir sacramentalmente a Jesús en esta Eucaristía dominical.

Le enviaron algunos secuaces y varios partidarios de Herodes, quienes primero le sobaron el lomo para darle luego el garrotazo. Se les notaba la malicia. Le echaron flores diciéndole que era sincero, que enseñaba con verdad el camino de Dios, que nada lo intimidaba y que no buscaba quedar bien con nadie. Si eso era cierto, podemos preguntarnos, ¿por qué entonces no le hacían caso y ponían en práctica sus enseñanzas?

Así nos pasa muchas veces a nosotros. Sabemos lo que Jesús pide de nosotros; incluso lo decimos, sobre todo en reuniones de barrio, en la preparación a los sacramentos, o en el templo. Sabemos que tenemos que vivir como hermanos, ser solidarios en la necesidad, atender a los enfermos, perdonar de corazón a quienes nos ofendieron, construir la comunidad, cuidar la naturaleza. Pero no lo hacemos. Estamos exactamente como ellos: de la boca para afuera.

Luego le hicieron la pregunta tramposa sobre el tributo, si era lícito pagarlo o no. Él no les dijo sí o no. Captó lo pérfido de sus intenciones, les echó en cara su hipocresía y les preguntó por qué querían sorprenderlo. Su respuesta consistió en pedirles la moneda con que se pagaba el tributo y preguntarles de quién era la imagen y la inscripción que tenía. Era la imagen del César y la leyenda en que decía que era el divino César. Estaba en el lugar de Dios y buscaba que se le rindiera culto y se le ofrecieran sacrificios como si fuera Dios. Ellos tenían claro los mandamientos de la Alianza de no tener otros dioses distintos al que los sacó de la esclavitud en Egipto y de no hacerse otra imagen, mucho menos adorarla y entregarle la vida.

Cuando una persona o grupo, el dinero, el poder, la fama, el alcohol, la droga, los puestos, se convierten en dioses, se les rinde culto, se les entrega la persona, se les ofrecen sacrificios; se violan los derechos humanos, se pasa por encima de los demás, se sacrifica a los pobres, se destruye la naturaleza, se acaba con la vida humana. Eso es lo que pedía para sí el César, además de lo que estaba oprimiendo, exprimiendo, sacrificando, al pueblo.

El culto solamente se le debe a Dios. Lo dice el profeta Isaías hablando en nombre de Dios, cuando dice que Él es el Señor y que no hay otro Dios fuera de Él. Eso es lo que pidió Jesús cuando dijo que había que darle a Dios lo que le corresponde. Al César, al poderoso, al opresor, al que se ha adueñado del lugar, el dinero y las personas no se le debe rendir culto.

La imagen de Dios son los pobres. En ellos se ve reflejado, por lo que hay que atenderlos, servirlos, defenderlos, cuidarlos. Jesús se empobreció, se hizo uno de ellos, se identificó con ellos, se puso como criterio de salvación. Hoy se empobrece al hacerse un pedazo de pan y un poco de vino. Allí se nos da como alimento. Dispongámonos a recibirlo para entrar en comunión con Él y así darle a Dios lo que le pertenece: el culto, la adoración, el servicio a los pobres.

22 de octubre de 2107

Esta entrada fue publicada el 22 de octubre de 2017 a las 10:20 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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