El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 28° domingo ordinario 2017

La fiesta del Reino

Textos: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14. 19-20; Mt 22, 1-14

Ordinario28 A 17

A todos nos gustan las fiestas porque en ellas hay convivencia, alegría, encuentro entre familiares, mucho de comer y mucho de beber. Este domingo la Palabra de Dios nos presenta la vida del Reino como un gran banquete que Dios ofrece a todos los pueblos de la tierra. En la primera lectura, el profeta Isaías describe la plenitud del Reino como un festín con platillos suculentos para todos los pueblos, un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos; allí no habrá sufrimiento ni lágrimas ni vergüenza de parte de su pueblo porque dejará de sufrir.

Jesús describe el Reino de Dios como un banquete preparado por un rey con motivo de la boda de su hijo. A esa fiesta había unos invitados especiales. No hay que perder de vista que, al igual que los domingos anteriores, esta parábola se la dijo a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, dirigentes religiosos judíos. Ellos representan a los invitados que no quisieron asistir a la fiesta, a pesar de los insistentes recordatorios de que todo estaba preparado para que fueran.

Los invitados tenían otros intereses: su trabajo, sus tierras, su dinero, sus negocios. Todo esto era más importante para ellos que la invitación al banquete. Incluso golpearon, insultaron y mataron a los profetas, enviados por Dios para recordarles que tenían que vivir en la hermandad.

La gran mayoría de los bautizados nos encontramos en esta misma situación. Dios nos ha invitado una y otra vez a participar en la fiesta de su Reino. El Reino no es un lugar sino un modo de vivir: es la vida en la hermandad, la solidaridad, la justicia, el perdón, la comunión, la paz. Cuando se vive así hay encuentro, mucha alegría, armonía. A pesar de los recordatorios insistentes para que vivamos de esta manera, no hemos acudido. Tenemos otros intereses que nos envuelven y no nos dejan ser libres: el dinero, la vida cómoda y sin compromisos, el consumismo; ponemos pretextos para no participar en la vida de la comunidad: decimos que no tenemos tiempo, que tenemos mucho trabajo, que estamos muy ocupados. Incluso, como los primeros invitados de la parábola, agredimos a los que nos convidan, hablamos mal de ellos, les creamos mala fama.

Al ver la negativa de sus invitados para ir a la fiesta, el rey mandó a sus sirvientes que salieran a los cruceros de los caminos y convidaran a todos los que se encontraran. Así lo hicieron y el salón se llenó de personas sin distinciones, buenas y malas. Estos convidados representan a todos los pueblos de la tierra, independientemente de su raza, cultura, religión o costumbres. Para Dios, todos los pueblos tienen un lugar en la vida de su Reino. Los pobres son quienes mejor responden a la invitación del Señor. No tienen otros intereses y están abiertos a las propuestas de Dios. Así deberíamos ser nosotros los bautizados.

Por eso termina Jesús diciendo que son muchos los llamados y pocos los escogidos. La invitación a la vida del Reino está abierta a todos los pueblos de la tierra, también a nosotros los católicos; pero no todos la aceptan sino unos pocos. El llamado es de Dios, la elección depende de nosotros. No basta con estar bautizados para asegurar la entrada a la fiesta del Reino, es necesario aceptar el estilo de vida que Jesús nos propone: el del amor, expresado en la justicia, el perdón, la misericordia, el cuidado de los pobres, la vida en comunidad.

La Eucaristía que vamos a celebrar es signo y anticipo del Reino. Se nos ofrece como un banquete, en el que el platillo principal es Jesús. Nos da su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida. Dispongámonos a recibirlo para asumir el compromiso de trabajar por el Reino de Dios.

15 de octubre de 2017

Esta entrada fue publicada el 15 de octubre de 2017 a las 8:49 pm en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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