Homilía para el 24º domingo ordinario 2019

Perdonar porque Dios nos perdona
Muchas veces hemos escuchado, o dicho, cuando alguien pide perdón: “Yo nada tengo qué perdonar, el que perdona es Dios”. Por lo que aparece en estos textos bíblicos que se han proclamado, podemos comprobar que ciertamente Dios perdona, pero que esa es la razón para vivir también el perdón entre nosotros. Una manera de expresar que renovamos esta tarea es comulgando sacramentalmente. Jesús, que hoy se hace Pan y Vino, nos mostró que su Padre Dios es misericordioso.

Perdonar porque Dios nos perdona

Textos: Ex 32, 7-11. 13-14; 1 Tim 1, 12-17; Lc 15, 1-32

Muchas veces hemos escuchado, o dicho, cuando alguien pide perdón: “Yo nada tengo qué perdonar, el que perdona es Dios”. Por lo que aparece en estos textos bíblicos que se han proclamado, podemos comprobar que ciertamente Dios perdona, pero que esa es la razón para vivir también el perdón entre nosotros. Una manera de expresar que renovamos esta tarea es comulgando sacramentalmente. Jesús, que hoy se hace Pan y Vino, nos mostró que su Padre Dios es misericordioso.

En el texto del Éxodo, aparece Dios perdonando a su pueblo, Israel. Los israelitas se habían comprometido en la Alianza a tener a Yahvé como su único Dios y, mientras Moisés estaba en el monte en el encuentro con Dios, ellos se fabricaron un becerro de oro y lo adoraron como Dios, incluso diciendo que era el que los había liberado de la esclavitud en Egipto. Con todo derecho el Señor pensaba en destruir a su pueblo, pero escuchó la súplica de Moisés y cambió de opinión: les perdonó, a pesar de ser un pueblo de cabeza dura, y decidió no castigarlos.

San Pablo reconoce y valora lo misericordioso de Dios. Dice: “Dios tuvo misericordia de mí”, “la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí”, “Cristo Jesús me perdonó”, a pesar de haber perseguido con violencia a los discípulos y discípulas para llevarlos a la cárcel. Reconoció que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y se confesaba el primero de todos. Y, perdonado, se convirtió en uno de los más grandes discípulos misioneros de Jesús.

Pero es sobre todo Jesús quien nos describe la misericordia de Dios. A Jesús lo criticaban los fariseos y los escribas porque se juntaba con publicanos y pecadores, porque les permitía acercarse a Él y convivía con ellos. Era algo que, según la ley, no debía realizar porque se contaminaba, se manchaba del pecado. Los que lo criticaban se sentían buenos y con derecho a juzgar a los demás, así como muchos de nosotros que participamos en las celebraciones y en las reuniones de la comunidad y nos sentimos buenos y santos; ellos evitaban la relación con los pecadores y los publicanos para no violar la ley, para no contaminarse de la impureza ni mancharse del pecado.

Como respuesta y para aclarar que también tenemos que saber perdonar, Jesús narró tres parábolas con las que describe a Dios misericordioso, dispuesto siempre a perdonar y lleno de alegría incluso con la conversión de un solo pecador. Dios a veces busca a quien se ha perdido y a veces espera a quien se ha alejado. Él es el pastor que busca la oveja perdida, la señora que busca la moneda que se le extravió y el papá que espera pacientemente el regreso de su hijo después de haberse malgastado toda su herencia. A la oveja la carga sobre sus hombros, a la moneda la guarda, a su hijo lo va a encontrar, lo abraza, lo besa, le ahoga las palabras con que le dice que no merece ser tratado como hijo. Al tener de nuevo su oveja, su moneda y su hijo, se llena de alegría, invita a sus amigos y vecinos a compartir su alegría, y termina organizando una fiesta.

Es cierto, entonces, que Dios perdona porque es misericordioso. Dios está siempre dispuesto a darnos su perdón, cuando nos dejamos encontrar y abrazar por Él, cuando decidimos volver a casa, cuando reconociendo nuestra condición pecadora nos decidimos a cambiar de vida. Pero esto también nos compromete a dar el perdón cuando nos lo piden. No nos hagamos como los escribas y fariseos, retratados en el hijo mayor, que no sabían ni querían perdonar a los pecadores. A partir de hoy, cuando alguien nos pida que le perdonemos, debemos decirle: “Yo te perdono, porque Dios nos perdona”. Renovemos esta tarea con la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesús.

15 de septiembre de 2019

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