Homilía para el 22º domingo ordinario 2021

La Palabra de Dios nos ayuda este domingo a preguntarnos dónde está anclado nuestro corazón y qué es lo que cultivamos en él.

Vivir el amor y la justicia

Textos: Dt 4, 1-2. 6-8; St 1, 17-18. 21-22. 27; Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

La Palabra de Dios nos ayuda este domingo a preguntarnos dónde está anclado nuestro corazón y qué es lo que cultivamos en él. Dios espera de nosotros, su pueblo, que lo escuchemos, comprendamos sus mandamientos y los vivamos, al igual que Jesús, su Hijo, quien nos habla hoy en el evangelio y se nos ofrece como alimento en la Comunión.

En la práctica, en la vida cristiana estamos más acostumbrados a las normas que a la vivencia del amor y la justicia, que son el centro de los mandamientos de Dios. Para muestras: ¿cuántas personas asisten a Misa los domingos porque ha estado mandado y no porque es el encuentro semanal con Jesús resucitado para salir a dar testimonio de Él? Otra: para ver si alguien puede o no ser padrino o madrina, o si puede dar un servicio en el barrio, lo primero que revisamos es si está casado o casada por la Iglesia o no, antes que tener en cuenta su testimonio de vida. Otra más: de las catequesis presacramentales se asegura tener el papel que diga que son válidas por seis meses y no el fruto de las reflexiones, que es el cambio de vida y el servicio a la comunidad y a la sociedad.

En el texto del Deuteronomio aparece claro en el comunicado de Moisés a los israelitas, el antiguo pueblo de Dios, que lo principal es escuchar los mandatos y preceptos de Dios para ponerlos en práctica, de modo que den testimonio ante los demás pueblos de alrededor que son el pueblo elegido por Dios. El centro de los mandamientos está en el amor y la justicia, en la vida de hermanos, en la atención a los pobres. Dios no les pidió que repitieran de memoria los mandamientos, sino que los vivieran. De hecho, los mandamientos no son sino las leyes de la hermandad, porque llevan a honrar a los papás, a respetar la vida, los derechos y las propiedades de los demás, a no mentir ni levantar falsos de los hermanos.

Ante las críticas que los fariseos y los escribas hacían a los discípulos de Jesús porque no respetaban las normas establecidas, como lavarse las manos antes de comer, Jesús les recordó el reclamo de Dios a su pueblo, hecho a través de Isaías: que le hacían oraciones y le ofrecían sacrificios como estaba mandado, pero se olvidaban de lo principal: el amor y la justicia, porque su corazón estaba lejos de Dios. Lo principal para Dios no es el culto ritual que se le ofrece, sino la vivencia de la hermandad, la práctica de la justicia y la misericordia.

Además, Jesús les denunció a aquellos fariseos y maestros de la Ley que hacían a un lado el mandamiento de Dios, es decir, la justicia y el amor, y solamente aseguraban cumplir las leyes humanas, que se habían hecho tradición en su vida religiosa. Y también señaló que lo que hace impuras a las personas son las maldades que salen del corazón, porque allí se han cultivado; en el fondo, les estaba diciendo que se fijaban en que otros no cumplían todas las normas al pie de la letra, mientras que para nada les preocupaba las maldades que realizaban. Su corazón estaba lejos de Dios y centrado en hacer el mal para sacar ventaja.

Como preparación para recibir a Jesús en la Comunión, tenemos que revisar dónde está centrado nuestro corazón: ¿en Dios y su mandato de que vivamos el amor, la justicia y la misericordia, o en nuestros intereses egoístas y llenos de maldad?

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