Homilía para el 18º domingo ordinario 2012

Pan para la vida eterna

Textos: Ex 16, 2-4. 12-15; Ef 4, 17. 20-24; Jn 6, 24-35.

Ante una necesidad, que era el hambre de la gente que seguía a Jesús, se encuentra una respuesta: compartir lo que se tiene. Lo escuchamos y reflexionamos el domingo pasado, en la narración de la multiplicación de los panes. Después la gente va y busca a Jesús –Él se había ido huyendo a la montaña porque querían proclamarlo rey–; lo buscaban porque seguramente querían que les diera nuevamente de comer, algo semejante a lo que se vive en nuestros días.

Pan para la vida eterna

Textos: Ex 16, 2-4. 12-15; Ef 4, 17. 20-24; Jn 6, 24-35.

Escucha la homilía → Ordinario18 B.

Ante una necesidad, que era el hambre de la gente que seguía a Jesús, se encuentra una respuesta: compartir lo que se tiene. Lo escuchamos y reflexionamos el domingo pasado, en la narración de la multiplicación de los panes. Después la gente va y busca a Jesús –Él se había ido huyendo a la montaña porque querían proclamarlo rey–; lo buscaban porque seguramente querían que les diera nuevamente de comer, algo semejante a lo que se vive en nuestros días.

Jesús captó sus intenciones y les aclaró que lo andaban buscando por interés. Con cinco panes y dos pescados habían comido hasta llenarse. Y querían más… y además gratis. Como que no entendieron que el camino para que nadie pase necesidad consiste en compartir. Jesús les hace una invitación para que repiensen su vida. Les dice que no trabajen por ese alimento porque se acaba –de hecho ya traían hambre otra vez–, sino por el que dura para la vida eterna.

Lo que hace Jesús es una catequesis: a partir de una necesidad y de la condición humana, conduce poco a poco a las personas hasta creer en Él. La catequesis no es aprender rezos de memoria, es hacer el camino desde escuchar de Jesucristo hasta dar testimonio de Él. Primero les provoca la curiosidad por buscar un alimento perdurable y no la comida que rápido se acaba; es más, Él mismo se ofrece a darles ese alimento que permanece para siempre.

Esto despierta la pregunta. Pero lo curioso es que no preguntan por el alimento que ofrece Jesús sino por lo que hay que hacer para realizar lo que Dios quiere, sus mandatos. Es entonces cuando Jesús les dice lo que tienen que hacer: la obra de Dios, la central, es creer en su enviado. Y Jesús es el enviado de Dios. Entonces hay que creer en Jesús. Pero como sucede siempre: quieren ver para creer; menos no. Por eso le piden un signo que muestre que Él es “el bueno”.

Signos o milagros ya había realizado varios. Uno de ellos fue el de la multiplicación de los panes. Como que no les bastaba. Querían hacerse como muchos entre nosotros hoy, antes de las elecciones: por el que dé o por el que dé más es por el que se da el voto. Para forzar a Jesús, le hablan del maná y las codornices que los israelitas comieron en el desierto, como escuchamos en la primera lectura. Pero ese alimento se les acababa diario y volvían a sentir hambre.

Jesús les aclaró que ese alimento no se lo dio Moisés sino su Padre y que Dios también da el pan del cielo, el que da la vida al mundo, el que no se termina, el que es para la vida eterna. Eso provoca que se lo pidan: “danos siempre de ese pan”, le dicen. Y es entonces cuando se presenta como el pan de la vida. El signo para creerle a Jesús es Él mismo. Y lo que ofrece es su predicación, centrada en el mandamiento del amor, y su servicio ante las necesidades.

Al final hace la invitación a ir hacia Él y creer en Él, a valorarlo y buscarlo como pan de vida eterna. En esto consiste la catequesis y toda la vida cristiana: hay que buscar a Jesús, encontrarnos con Él, seguir su estilo de vida, dar testimonio de Él proyectando su modo de vivir. Ahí encontraremos el pan para la vida eterna. Por esto tenemos que compartir, servir, perdonar, vivir la justicia, amar. Todo esto es pan que no se acaba y que garantiza la vida eterna.

Al encontrarnos con Jesús convertido en pan y comérnoslo en el momento de la Comunión, nos comprometemos a creer en Él. Esa es la mejor obra que podemos realizar como discípulos suyos. También tenemos que realizar las obras de Jesús. Entonces no basta con comulgar sacramentalmente, sino que debemos prolongar en nuestra vida el compartir, servir, perdonar, vivir la justicia, ser hermanos, amar. Preparémonos para recibir el Pan para la vida eterna.

5 de agosto de 2012

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