Homilía para el 16º domingo ordinario 2105

Buenos pastores como Jesús

Ord16 B 15

Como Buen Pastor, Jesús nos reúne en este domingo para escuchar nuestra vida y alimentarnos, tanto con su Palabra y ejemplo como con su Cuerpo y Sangre. Él nos dedica este tiempo de la celebración Eucarística, escucha cómo nos ha ido en la vida familiar, comunitaria, laboral y social, nos invita a reposar después del trajín de la semana, nos prepara para recibir el alimento que fortalece para seguir en la misión. Algo semejante a lo que nos narra el texto del Evangelio.

Buenos pastores como Jesús

Textos: Jr 23, 1-6; Ef 2, 13-18; Mc 6, 30-34.

Ord16 B 15

Como Buen Pastor, Jesús nos reúne en este domingo para escuchar nuestra vida y alimentarnos, tanto con su Palabra y ejemplo como con su Cuerpo y Sangre. Él nos dedica este tiempo de la celebración Eucarística, escucha cómo nos ha ido en la vida familiar, comunitaria, laboral y social, nos invita a reposar después del trajín de la semana, nos prepara para recibir el alimento que fortalece para seguir en la misión. Algo semejante a lo que nos narra el texto del Evangelio.

Después de haber realizado la misión que Jesús les encomendó –lo reflexionamos hace ocho días–, los apóstoles le platicaron cómo les fue. Jesús los escuchó con paciencia, sabía que la misión cansa, los invitó a ir a un lugar solitario para seguir conviviendo, platicando y descansar. Esto que Jesús hizo con sus discípulos es fundamental en la vida de las familias; que los papás dediquen tiempo a sus hijos, los escuchen, valoren sus experiencias y descansen juntos.

Pero la jornada apenas comenzaba. Ya había mucha gente que buscaba a Jesús, al grado que no les quedaba tiempo para comer. Así pasa en la misión. No era que Jesús huyera de la gente, sino que era necesario seguir formando a sus discípulos para la misión. La misma gente hizo que Jesús continuara con su servicio y que sus discípulos captaran la sensibilidad, la disponibilidad, la dedicación de Jesús, su reacción de pastor para con las personas que lo esperaban.

Jesús es el renuevo en el tronco de David anunciado por el profeta Jeremías, el pastor prometido por Dios, el rey justo y prudente, el que haría que se viviera la justicia en la tierra. Por eso, al ver a la multitud que lo esperaba, se le removieron las entrañas. Le dolió ver a las personas desamparadas, olvidadas, abandonadas a su suerte; así las tenían sus dirigentes civiles y religiosos. Reaccionó como Buen Pastor y comenzó a atenderlas, hablándoles del Reino de Dios.

En la familia, los hijos llevan por dentro muchas situaciones que quisieran compartir con sus papás. Ellos tienen necesidad de ser atendidos, escuchados, animados. No siempre encuentran en su vida este espacio de parte de sus papás. Y cada vez menos, dado que los dos, por la necesidad, generalmente salen a trabajar, andan a la carrera, están poco tiempo en la casa. Esto hay que tenerlo en cuenta porque de aquí depende mucho el caminar de los jóvenes en su vida.

Es necesario que los papás asuman su servicio de pastores en la familia. Ciertamente muchos sí lo están realizando, en medio de las prisas y agitaciones por ganar el pan del día. Esto se lo agradecemos a Dios con la Eucaristía. Pero, igualmente muchas parejas poco o nada de tiempo dedican a sus hijos, a platicar con ellos, escucharlos, indicarles el camino en la vida, orientarlos en sus dudas, proyectos e inquietudes. Pedimos al Señor que sí realicen su tarea de pastores.

Pero también pedimos al Señor que como Iglesia realicemos el servicio pastoral de Jesús para con los pobres, excluidos y desechados de nuestra sociedad. Es tarea nuestra compadecernos ante el sufrimiento de las gentes que no tienen el pan del día, que no tienen vivienda y frecuentemente andan buscando casa en renta, que llevan alguna enfermedad y no tienen para la medicina, que viven con alguna adicción o han perdido el sentido de la vida. Debemos atenderlas.

Aprendamos de Jesús. Dejemos que se nos remuevan las entrañas ante el sufrimiento. No seamos indiferentes; dediquemos nuestra persona y nuestro tiempo a atender a quienes sufren. Jesús nos enseña el camino con su palabra, sus reacciones y gestos, y nos alimenta con su Cuerpo y Sangre para vivir como Él. Preparémonos para recibir y saborear este alimento; dispongámonos a ir a atender a los demás en la familia, la comunidad, la Iglesia y la sociedad.

19 de julio de 2015

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