Homilía para el 16º domingo ordinario 2016

Siempre abiertos a Jesús

Ord16 C 16

Jesús viene una vez más a estar con nosotros. Quiere hospedarse en nuestra persona, en nuestras familias, en nuestra comunidad, así como llegó a la casa de sus amigas Marta y María. En este domingo Él nos ofrece su presencia, su palabra, su amistad, su Cuerpo y su Sangre. Nuestra responsabilidad es recibirlo y atenderlo, dedicarle el tiempo que sea necesario, siguiendo el ejemplo de María. En medio de las ocupaciones diarias le dedicamos este tiempo de encuentro.

Siempre abiertos a Jesús

Textos: Gn 18, 1-10; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42.

Ord16 C 16

Jesús viene una vez más a estar con nosotros. Quiere hospedarse en nuestra persona, en nuestras familias, en nuestra comunidad, así como llegó a la casa de sus amigas Marta y María. En este domingo Él nos ofrece su presencia, su palabra, su amistad, su Cuerpo y su Sangre. Nuestra responsabilidad es recibirlo y atenderlo, dedicarle el tiempo que sea necesario, siguiendo el ejemplo de María. En medio de las ocupaciones diarias le dedicamos este tiempo de encuentro.

Es interesante ver cómo ante la presencia de Jesús aparecen dos reacciones distintas. Marta estaba apurada con el quehacer y no paraba. Así nos sucede a veces, al grado que no tenemos tiempo para otras cosas, como el encuentro con los demás, la lectura, la reflexión, la oración; o las hacemos con pesar y pensando en que no vamos a acabar lo que tenemos. Lo mismo pasa a muchos con el trabajo: absorbe tanto que a la familia se le reduce el tiempo de estar con ella.

En cambio, ante la presencia de Jesús, María dejó todo lo demás y se sentó a sus pies para escucharlo. Ella tuvo la capacidad de trascender el arreglo de la casa, la lavada, el mandado, la cocina, para dedicarle todo el tiempo y experimentar el ser su discípula. En aquella cultura, sentarse a los pies de un maestro significaba ser su discípulo, aprender de él, sobre todo en lo que se refería a las Escrituras. Distinguió lo necesario de lo importante y optó por escuchar a Jesús.

Jesús valoró la decisión de María, se la reconoció y la puso de modelo, no sólo para su hermana sino para todos sus discípulos. A todos nos sucede que por andar en el trabajo, en el quehacer diario, en lo práctico, dejamos de lado el descanso, el silencio, la meditación, la oración. Incluso ponemos de pretexto que estamos ocupados para no dedicarle tiempo a otras cosas también necesarias, como la comunidad, la Palabra de Dios, las celebraciones, el servicio…

Tampoco hay que comparar entre la vida religiosa y la laical o entre vida activa y vida contemplativa, como se ha hecho muchas veces en la Iglesia. Mucho menos para decir que es mejor la vida religiosa que la laical, o que es mejor la vida consagrada contemplativa que la activa, porque son estilos de vida distintos y en uno y en otro nos puede suceder lo mismo. A las comunidades de consagrados, incluso las de vida contemplativa, las puede absorber el quehacer.

Jesús no reprobó la actitud de Marta, porque sabía que el trabajo y el quehacer son necesarios y no se acaban; cuando uno terminar de arreglar la casa, ya hay que empezar otra vez. Lo que el Señor señaló fue que estas cosas no tienen que preocupar o inquietar a los discípulos, mucho menos cuando se tiene la oportunidad de recibirlo, de aprender de su Palabra, de contemplar su testimonio, de crecer en la relación con Él. Hay que aprender a dejar todo lo demás.

El encuentro con Jesús no es para quedarnos contentos, tranquilos, pasivos, porque estuvimos con Él. Es más bien para salir a dar testimonio de Él, como dice Pablo. Él tenía clara conciencia de que debía predicarlo, darlo a conocer, comunicarlo, tanto a los pagamos como a los miembros de las comunidades. Y eso era lo que hacía. Pero comunicaba lo que iba descubriendo de Jesús en sus encuentros con Él. Así debemos hacer nosotros hoy en nuestras comunidades.

Pidamos al Señor que estemos siempre abiertos a Jesús, como María; que actuemos como Abraham, que estuvo atento a la visita de Dios y lo recibió en su casa. Que nos hagamos como Pablo, que se encontraba con Jesús, lo metía en su vida y luego lo daba a conocer. Aprendamos a dedicar el tiempo necesario a la escucha de los demás, a la oración, a la lectura y reflexión de la Palabra de Dios, al servicio a la comunidad. Que el trabajo y los quehaceres no nos absorban.

17 de julio de 2016

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