Homilía para el 14º domingo ordinario 2020

Mansos y humildes como Jesús
Jesús valoraba la pobreza, la sencillez, la humildad, la mansedumbre y a las personas que las vivían, incluso en medio de las adversidades de la vida y del sufrimiento provocado por las desigualdades sociales o por realizar la misión. También espera que sus discípulos seamos pobres, sencillos, humildes, mansos, abiertos a las cosas del Reino como Él. Lo acabamos de escuchar en el evangelio.

Mansos y humildes como Jesús

Textos: Zc 9, 9-10; Rm 8, 9. 11-13; Mt 11, 25-30

Jesús valoraba la pobreza, la sencillez, la humildad, la mansedumbre y a las personas que las vivían, incluso en medio de las adversidades de la vida y del sufrimiento provocado por las desigualdades sociales o por realizar la misión. También espera que sus discípulos seamos pobres, sencillos, humildes, mansos, abiertos a las cosas del Reino como Él. Lo acabamos de escuchar en el evangelio.

Jesús hizo realidad la profecía de Zacarías que escuchamos en la primera lectura. Él anunció un rey humilde y constructor de la paz. Fue lo que realizó Jesús, aunque eso le costó la vida. Vivió en la pobreza, con sencillez, anunciando y haciendo presente el Reino de Dios, llamó bienaventurados a los que ansían la justicia y trabajan por la paz, no devolvió mal por mal, perdonó incluso a los que lo crucificaron. Él era consciente también de que este estilo de vida le traería sufrimientos, persecución y muerte, porque quien se pone del lado de los pobres, denuncia injusticias, se manifiesta en contra de la violencia, lucha por la paz, generalmente tiene problemas.

Jesús daba gracias a Dios porque lo que Él realizaba como parte de su misión, era aceptado, comprendido y continuado por los pobres. Sólo los pobres, los sencillos, los abiertos a la vida de Dios, son capaces de aceptar y hacer suyo el mensaje y el estilo de vida de Jesús. Eso fue precisamente lo que Jesús agradeció a su Padre, reconociendo que ese es su proyecto de salvación y que quiere que así sucedan las cosas del Reino, reveladas por su Hijo.

Como Jesús sabía del sufrimiento provocado por la pobreza, de lo pesado que era cumplir la ley judía, de los problemas que se le vienen a quien defiende la justicia y trabaja por la paz, por eso invitó a ir hacia Él a todos los que se encontraban –y se encuentran– fatigados y agobiados por la carga, para darles alivio. Con Jesús todas las cargas se hacen livianitas, lo que no quita el peso y el sufrimiento que provocan, pero van unidas a la experiencia de Jesús, que hizo suyas nuestras cargas, enfermedades y sufrimientos, como escribió san Mateo en otros pasajes de su evangelio. Por eso también dijo Jesús que aprendiéramos de Él, de su mansedumbre y humildad, para encontrar descanso. Unir a Él los sufrimientos provocados por las fragilidades humanas, como la enfermedad; o los que son consecuencia de las injusticias en la sociedad, como la pobreza; o los que vienen por realizar con fidelidad la misión, como las amenazas o la persecución, nos tiene que dar confianza, porque en Él encuentran su descanso y se hacen ligeros. A eso nos invita, después de elevar su acción de gracias a Dios por la respuesta de los pobres a los misterios del Reino.

Así es que hay que repensar nuestra vida como pobres y como discípulos de Jesús, preguntándonos qué tanto nos parecemos a Él y si estamos aceptando y haciendo nuestras las cosas del Reino. ¿Somos humildes y mansos, como Jesús? ¿Hacemos nuestras las cargas de los demás y les damos alivio a los fatigados y agobiados por las cargas de la vida, las injusticias, las desigualdades? ¿Estamos en contra de la violencia y trabajamos a favor de la justicia y la paz? ¿Dejamos en Jesús nuestras penalidades, dificultades y problemas, con la confianza de que con Él se hacen más suaves y livianas? ¿Jesús dará gracias a su Padre porque nosotros comprendemos, aceptamos y hacemos nuestra la vida del Reino? Preguntarnos esto nos ayuda a disponernos para la Comunión sacramental.

Pidamos a Dios que dejemos actuar a su Espíritu que vive en nosotros, como recuerda san Pablo, para vivir de manera ordenada, como corresponde a quienes participan del Espíritu de Jesús. Que nos dejemos conducir por Él para ser mansos y humildes de corazón, para abrirnos a los misterios del Reino, para luchar por la justicia y la paz, para saber descargar nuestras fatigas en Jesús.

5 de julio de 2020

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