Homilía del Domingo de Ramos 2011

“Hosanna” (Mt 21, 9). Esta palabra significa: “salva”, “ayúdanos”, y originalmente se le decía a Dios para suplicarle su ayuda, sobre todo al comienzo del año, para pedirle perdón o implorarlo ante una necesidad, como la lluvia. Con esa exclamación el pueblo pobre manifestó su confianza en Jesús. Eso mismo hacemos hoy, teniendo en cuenta la situación de violencia que hay en nuestro país. Con nuestros ramos en la mano, le decimos al Señor: “¡Hosanna! ¡Ayúdanos!”.

“¡Hosanna!”

Textos: Para la procesión con los ramos: Mt 21, 1-11; para la Eucaristía: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 26, 14-27, 66.

PROCESIÓN:

“Hosanna” (Mt 21, 9). Esta palabra significa: “salva”, “ayúdanos”, y originalmente se le decía a Dios para suplicarle su ayuda, sobre todo al comienzo del año, para pedirle perdón o implorarlo ante una necesidad, como la lluvia. Con esa exclamación el pueblo pobre manifestó su confianza en Jesús. Eso mismo hacemos hoy, teniendo en cuenta la situación de violencia que hay en nuestro país. Con nuestros ramos en la mano, le decimos al Señor: “¡Hosanna! ¡Ayúdanos!”.

Jesús entra a Jerusalén para dar su vida en la cruz. Llega pobremente, montado en un burrito. Así había nacido, así estaba viviendo y así iba a morir: en la pobreza. Es el pastor que da la vida por sus ovejas, es el rey que sirve a su pueblo entregándose a la muerte, es el Mesías que salva muriendo. A este Jesús de Nazaret pobre, condenado a muerte, fracasado, aunque reconocido por algunos como profeta, es al que aclamaron las multitudes con sus voces y ramas.

A este Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, es al que aclamamos hoy con nuestros cantos y ramos. Le decimos nuevamente –lo tenemos que hacer–: “¡Hosanna! ¡Ten compasión de nosotros! ¡Ayúdanos ante las desapariciones y matanzas de personas! ¡Ayuda a las familias de las personas asesinadas! ¡Tráenos la paz!”. Oremos al Señor como aquella multitud, acompañemos a Jesús que camina hacia la muerte, aclamemos al Rey con júbilo y llenos de esperanza.

PASIÓN:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Con esta exclamación, Jesús manifiesta su confianza en Dios. Así como el pueblo le había expresado su confianza a Jesús al entrar a Jerusalén, así ahora Él se la declara a su Padre al salir de este mundo. Lo hace en la hora suprema de su servicio como Pastor, de su acto salvador como Mesías, de su pobreza total como rey: en la agonía de la muerte. Y muere abandonado por todos pero abandonado en Dios.

En su muerte, mañosamente tramada, insensiblemente decidida, impunemente realizada, Jesús se identifica con los millones de personas que mueren en las mismas condiciones. En nuestro país van cerca de 40 mil en los últimos cuatro años, cada vez aparecen más cuerpos en fosas clandestinas, día a día desaparecen personas en nuestra región. No hay necesidad de más sangre, con la sangre que Jesús derramó en la cruz basta para la salvación de la humanidad.

Al celebrar la Eucaristía en este domingo de Ramos, damos gracias a Dios por la entrega de su Hijo, entrega libre en la que se cumplen las palabras de Isaías: “yo no he opuesto resistencia ni me echado para atrás” (50, 5); entrega confiada, como la del profeta: “el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido” (v. 7); entrega por la que fue exaltado de parte de Dios, al resucitarlo. Con esta Eucaristía también encomendamos a todos los asesinados en México.

17 de abril de 2011

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