El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía del 9º domingo ordinario 2018

Santificar todos los días

Textos: Dt 5, 12-19; 2 Cor 4, 6-11; Mc 2, 23-3, 6

Ordinario9 B 18

El sábado era, y sigue siendo, para los judíos el día sagrado. Ellos tenían que santificarlo, dedicarlo totalmente a Dios. Ese día no se tenía que trabajar, como acabamos de escuchar en el texto del Deuteronomio. Si desde el principio se descansaba el sábado y se daba gracias a gracias a Dios, porque el séptimo día descansó después de haber creado el universo en seis días, con la liberación de la esclavitud a que los israelitas estaban siendo sometidos en Egipto, el sábado había que santificarlo; y el modo de hacerlo, además de la reunión en la sinagoga para orar, cantar himnos, leer y meditar las Escrituras, era no realizando ningún trabajo.

Para nosotros el día grande –el día que se nos pide santificar– es el domingo, por la Resurrección de Jesús. Él resucitó el primer día de la semana, por lo que este se convirtió en el domingo, el Día del Señor. Desde entonces, cada ocho días Jesús se encuentra con sus discípulos, los llena de alegría y los envía a la misión. Por eso nos convocamos domingo a domingo para celebrar nuestra acción de gracias –la Eucaristía– por la Resurrección, para encontrarnos con el Resucitado y seguir la misión. Ese es el motivo por el que se nos pide descansar el domingo y santificarlo.

Jesús comenzaba a ganar fama por el modo como predicaba –con autoridad– y por los milagros que realizaba, muchos de ellos en sábado y en la sinagoga, lo que despertaba los celos y el coraje de los fariseos contra Él. Según ellos, violaba la ley porque trabajaba en sábado. En sábado, Jesús y sus discípulos hicieron el trabajo de los campesinos al cosechar el trigo, y se lo echaron en cara; luego se pusieron a espiarlo a ver si hacía el trabajo del médico curando al tullido en sábado. Jesús les hizo ver que es más importante la situación de las personas que lo que dicen las leyes, sobre todo cuando las personas están pasando necesidad, pobreza, hambre, enfermedad.

Les recordó lo que hizo el rey David cuando tenían hambre él y sus compañeros: entraron en el templo, agarraron los panes sagrados y comieron. Era más importante saciar el hambre que otra cosa. La ley no está por encima de las personas sino al servicio de ellas. Aunque en nuestros días, muchas leyes van en contra de las personas y sus derechos. Lo legal no siempre es lo justo. Y a Jesús le interesaba el bien de las personas y era lo que Él quería garantizarles. Por eso dijo que el sábado está al servicio del hombre y no el hombre al servicio del sábado.

Además, en la sinagoga hizo una pregunta a los fariseos, no sobre si estaba bien o no cumplir la ley sino sobre si se permitía hacer el bien o el mal, salvarle la vida a una persona o dejarla morir en sábado. El punto está en la situación de las personas, especialmente de las sufrientes, y el bien de ellas. Si se les ignora, se les desprecia, se les abandona, por ser el día dedicado a Dios, lo que menos se hace es santificarlo, aunque se haga oración o se participe en la celebración.

Como los fariseos no le respondieron su pregunta, Jesús dio el paso a curar al tullido. Le pidió que extendiera la mano y su mano sanó. De este modo santificó el sábado, no por estar en la sinagoga sino por hacer el bien, por devolver la salud a un enfermo. Aunque esto le trajo como consecuencia la condena a muerte.

Hoy, día dedicado al Señor, nos alimentaremos del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Recibirlo sacramentalmente nos compromete a santificar no sólo el domingo sino todos los días, en la atención a los pobres, migrantes, enfermos, jornaleros indígenas, madres solteras, borrachitos… Comulgamos para hacerles el bien y trabajar porque haya vida digna para todos y todas.

3 de junio de 2018

Esta entrada fue publicada el 03 de junio de 2018 a las 9:45 am en la categoría El Puente, Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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