Homilía de la solemnidad de la Ascensión 2011

“Enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado”

Textos: Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20.

“Enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado” (Mt 28, 19). Esto que escuchamos en el texto del Evangelio es esencial en la misión que Jesús encomendó a sus discípulos antes de regresar al Padre. Hoy, que celebramos la solemnidad de la Ascensión de Jesús, se nos recuerda esa encomienda del Señor y, por lo mismo, se nos da la oportunidad de revisar qué tanto estamos realizando esa tarea en nuestra vida ordinaria, tanto en la familia como en la comunidad.

“Enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado”

Textos: Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20.

“Enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado” (Mt 28, 19). Esto que escuchamos en el texto del Evangelio es esencial en la misión que Jesús encomendó a sus discípulos antes de regresar al Padre. Hoy, que celebramos la solemnidad de la Ascensión de Jesús, se nos recuerda esa encomienda del Señor y, por lo mismo, se nos da la oportunidad de revisar qué tanto estamos realizando esa tarea en nuestra vida ordinaria, tanto en la familia como en la comunidad.

Jesús está resucitado y sentado a la derecha del Padre, lo acabamos de escuchar, y Dios lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia. Esta es la plenitud del servicio, de la entrega de Jesús, que celebramos este domingo. Nosotros, como miembros de su cuerpo, o sea, de la Iglesia, tenemos la esperanza de estar junto con Él, una vez que también hayamos muerto y resucitado. Pero antes tenemos que cumplir con fidelidad la misión de enseñar todo lo que Él nos mandó.

¿Qué fue lo que nos mandó? Lo podemos descubrir en el Evangelio de san Mateo. En el Sermón de la Montaña nos dice que seamos pobres de espíritu, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz y la justicia, sal de la tierra y luz del mundo; manda que no nos enojemos con el hermano ni lo insultemos o lo ignoremos; nos pide reconciliarnos con quien hemos ofendido, valorar y respetar a la mujer, amar al enemigo, perdonar y no devolver mal por mal.

Jesús nos mandó ayudar al pobre sin publicarlo, orar confiadamente al Padre, no servir al dinero, confiar en la Providencia, buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia, no juzgar a los demás, no hacer a otras personas lo que no nos gusta que nos hagan. En resumen, nos pide dar frutos de hermandad. Como misioneros nos manda anunciar la cercanía del Reino de Dios, solidarizarnos con los que tienen enfermedades y dolencias, desear y transmitir la paz.

Cuando habla de la vida interna de la comunidad, manda a sus discípulos ser como niños, tener a los pequeños como centro de atención, buscar a quien se ha alejado de la comunidad y reintegrarlo, vivir la corrección fraterna y perdonar siempre y sin reproches, reunirse en su nombre y orar en común. Exhorta a dar de comer al hambriento y de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo y encarcelado, hospedar al forastero, atender al huérfano y la viuda.

A quien quiera vivir como discípulo suyo, Jesús le exige renunciar a sí mismo y a las riquezas, cargar la cruz y seguirlo; le pide renunciar a todo tipo de poder y privilegio para hacerse el último, el esclavo y el servidor de todos. Como consecuencia del anuncio del Reino, que se tiene que realizar con las palabras y las obras, Jesús manda aceptar las calumnias, persecuciones, encarcelamientos, torturas, condenas a muerte, con la conciencia de ganar al final la vida.

Así tendríamos que estar viviendo. Esto es lo que tenemos que estar enseñando a los demás. Esta responsabilidad la asumen los papás y padrinos de los niños y niñas que llevan a bautizar. Por tanto, el compromiso del Bautismo no termina con que tengan su sacramento, como se dice, sino que los deben educar de tal manera que logren hacer de cada hijo un cristiano adulto en la fe. Una persona que es adulta en la fe vive de acuerdo a todo lo que Jesús nos manda.

No podemos, ni debemos, quedarnos solo contemplando a Jesús que ascendió al cielo y se mantiene glorificado a la derecha del Padre. La Palabra de Dios y la Eucaristía nos impulsan a volver a la familia y la comunidad para cumplir el mandato de Jesús. Lo primero es convertirnos para vivir lo que Jesús nos mandó y, de esta manera, enseñar a los demás, especialmente a los hijos e hijas, a que comprendan y cumplan con libertad sus responsabilidades bautismales.

5 de junio de 2011

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