El Concilio de los Apóstoles

Ante el anuncio del Papa Juan XXIII, el 25 de enero de 1959, de un Concilio Ecuménico y que puso de manifiesto que la era de los concilios no había pasado,  el historiador de la Iglesia Hubert  Jedin editó su Breve Historia de los Concilios, con una información básica y actualizada para las generaciones del momento y posteriores. Ahora, a casi cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, se nos presenta la oportunidad de retomar nuevamente la experiencia conciliar presente en el caminar de la Iglesia. Por eso, en este artículo, vamos a recuperar la primera experiencia sinodal que vivió el cristianismo y que es conocida como Concilio de los Apóstoles.


Con el término de CONCILIO se indica, en sentido general, una asamblea convocada a fin de deliberar colegiadamente sobre la vida de la Iglesia, compuesta por los que tienen en ella el ministerio de gobierno y de magisterio. Un concilio es llamado “Ecuménico” si se celebra para toda la Iglesia y reúne a los obispos de todo el mundo bajo la autoridad del Papa. Se llama “regional o particular” cuando se refiere a una parte de la Iglesia e intervienen en él los obispos respectivos.

El Concilio ecuménico es la forma más solemne con la que el colegio episcopal ejerce su servicio de guiar a toda la Iglesia. En la Iglesia Católica se consideran y aceptan 21 Concilios ecuménicos, desde el Concilio de Nicea realizado el año 325, hasta el Concilio Vaticano II realizado de 1962 a 1965.

Hacia finales del siglo II, y primeramente en Oriente, los obispos vecinos o los obispos de determinadas regiones se congregaban en Sínodos para deliberar acerca de asuntos eclesiásticos; los Sínodos regionales en el siglo III se van convirtiendo en una práctica ordinaria, con ellos da comienzo la Institución conciliar. Desde lo que habitualmente llamamos Concilio de Jerusalén, reunión de los Apóstoles y ancianos, hasta la última reunión de obispos latinoamericanos con el Papa Benedicto XVI en Aparecida (Brasil), han transcurrido veinte siglos de reuniones, sínodos y concilios; generalmente han sido de obispos y, a menudo, con colaboración de sacerdotes y laicos, en las que se ha ido retomando el momento de la Iglesia, se examinan los retos y dificultades, se adoptan decisiones, se aclaran y deciden preceptos y doctrinas. Por lo cual, podemos afirmar sin dudar que el cristianismo ha estado dirigido en sus momentos más conflictivos y decisivos de una manera sinodal.

Sobre el Concilio de los Apóstoles, el libro de los Hechos de los Apóstoles, al mismo tiempo que nos describe el medio en que se desenvuelve la comunidad de Jerusalén, nos deja ver algunos aspectos de su vida. Los cristianos están aún dentro del judaísmo, pero tienen conciencia de formar una Iglesia particular. En los Hechos de los Apóstoles se les designa ya con el nombre de “Ecclesia” (Asamblea), termino según el cual se designan como el nuevo pueblo de Dios. La palabra se refirió, en un principio, a la Iglesia de Jerusalén, más tarde será ya aplicado a las diversas Iglesias locales que irán surgiendo a imitación de la Iglesia-madre. Así Pablo reunirá a la Iglesia de Antioquía y saludará a la Iglesia de Cesarea; pero los cristianos siempre tendrán conciencia de que se trata de una sola e idéntica Iglesia, que está presente en diversos lugares y así la palabra “Ecclesia” tomará el significado de Iglesia universal.

La opinión tradicional nos dice que a la cabeza están los doce Apóstoles, después de los Apóstoles están los ancianos, luego se agregan los diáconos. Aunque también existe la asamblea de la comunidad que otorga el elemento democrático: antes del acontecimiento de Pentecostés tenemos noticia de la asamblea comunitaria, presidida por Pedro, en la que resultó elegido Matías, siendo incorporado en sustitución de Judas, con participación de la comunidad y echando suertes. El designado es considerado como escogido o, mejor aún, elegido por el Señor mismo. Más clara todavía aparece la participación de la comunidad en la conformación del grupo de los siete diáconos: los doce convocan a una asamblea plenaria de los hermanos y proponen a estos el nombramiento de los siete varones; toda la comunidad reunida lo aprueba y elige a continuación a unos hombres que son citados por su nombre. Aquí se trata realmente de una participación por medio del consentimiento y de la elección.

En el año 48 había vuelto Pablo a Antioquía con Bernabé, había expuesto los resultados conseguidos entre los paganos de Asia y las nuevas perspectivas abiertas. Los gentiles convertidos no eran obligados a las observancias judías ni, en particular, a la circuncisión. Tal era el caso concreto de Tito, un asiático, que él había traído consigo. Pero sucede que un grupo de gente venida de Judea en el año 49 cuestiona a la comunidad de Antioquía enseñando que la circuncisión es obligatoria para todos.

Para algunos, sobre todo los residentes en Jerusalén, resultaba evidente la obligación, mientras que para los cristianos de la Iglesia de Antioquía, formada fundamentalmente por convertidos del paganismo, por helenistas más abiertos a la influencia cultural griega, la Buena Nueva estaba ligada a la libertad y a la absoluta novedad de Cristo.

Llegamos aquí al centro del problema: el peligro consistía en solidarizar el cristianismo con el destino temporal de Israel. Pablo y Bernabé como testigos de la experiencia de la Iglesia de Antioquía lo comprenden perfectamente y se oponen con viveza a tales exigencias. Aparecen así como los representantes de la tradición de la comunidad judeo-cristiana en cuanto tal, y no como representantes de una tendencia. Ante la importancia de la cuestión, la comunidad de Antioquía desea llevar el asunto ante los Apóstoles a Jerusalén. Se envía a Pablo y Bernabé junto con Tito. Estos son recibidos por los Apóstoles y los ancianos. Se renueva la discusión y después de discernir, Pedro en nombre de los Apóstoles, y Santiago en nombre de los ancianos, deciden la cuestión a favor de Pablo, precisando que los paganos convertidos no estaban obligados a seguir la observancia de la ley y solamente deberán evitar algunos preceptos que desagradaban a los judíos y así se logró conservar la unidad de la comunidad. La carta a los Gálatas presenta, sin embargo, que los convertidos del paganismo no estaban obligados a cumplir ninguna observancia judía (Cf. Gál 2,3-6).

El Concilio de Jerusalén se sitúa entre los años 48-49 y su importancia es capital, tanto para las relaciones del cristianismo con el judaísmo, como para el desarrollo de la comunidad cristiana. Es de notar, ante todo, la diversidad de quienes en él participan. Pedro y Juan representan a los doce; Santiago rodeado de los ancianos, representa a la comunidad local de Jerusalén, Silas y Judas Barsabás parecen formar parte de los ancianos. Además el Concilio comprende a Pablo y Bernabé, que son del mismo rango que Pedro y Santiago, los acompaña Tito, que es en el plano misional del mismo rango que los ancianos.

Las decisiones tomadas en el Concilio deciden la suerte de la comunidad cristiana que vence el peligro de convertirse en una secta judía, para asumir la perspectiva de una Iglesia abierta al mundo y a las culturas, adquiriendo de este modo una dimensión verdaderamente universal. Pablo siguió predicando en las sinagogas y motivando a la solidaridad con la colecta para los pobres de Judea, signo que nos habla de la unidad y comunión de los cristianos de la gentilidad con la Iglesia de Jerusalén.

El Concilio de Jerusalén, fue una asamblea donde los principales responsables de la Iglesia abordaron problemas que enfrentaba a las comunidades entonces existentes y decidieron resoluciones adecuadas. Aquí encontramos la dinámica que se repetirá a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia esté extendida por el mundo: sus pastores se reunirán para analizar problemas y desafíos existentes y tratarán de llegar a acuerdos procurando que sean asumidos por todos.

Así en nuestros tiempos, el Concilio Vaticano II buscó respuestas a los desafíos que el mundo contemporáneo le plantea a la evangelización y que son orientaciones que buscamos poner en práctica en la Iglesia y en nuestra Diócesis.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 110
Autores: P. Alfredo Monreal Sotelo
Sección de Impreso: Hagamos memoria

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