De la paradoja a la certeza: hacer buen periodismo

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Por Rosa Eugenia García

Es paradójico, pero cuando somos más conscientes del deber que tenemos con los demás y con las generaciones venideras de preservar una cultura de tendencia benévolamente humana y responsable con el entorno natural que generosamente ha hecho posible la subsistencia sobre el planeta, más surgen en el ámbito de lo público las narrativas de denuncia de lo negativo y pernicioso.

Son las certezas relativas al estado de la cuestión de los temas de importancia en materia de respeto a los derechos humanos y hacia el medio ambiente, por mencionar sólo dos de las dolencias que afectan nuestra realidad, las que nos hacen reaccionar. Porque el que no sabe es como quien está ciego, ése que percibe que algo está mal, pero no atina a descubrir los puntos neurálgicos del dolor social.

Los periodistas en este sentido tienen la misión de devolver la vista informativa a la ceguera de la sociedad. Y ante realidades tan dolorosas los y las informadoras han de desempeñarse en un marco de ética personal y deontología profesional para cuidar todos los resquicios de su labor: los contenidos y sus formatos, los implicados, sus públicos… y a sí mismos.

La tarea se ha vuelto complicada, pues además de las denuncias en materia de crisis humanitarias, de guerra, políticas, económicas, ambientales, los y las periodistas han sido estigmatizados por una sociedad que no comprende al portador del mensaje, y por élites de poder, incluida la clase política, que se han ensañado contra los profesionales de la información.

En un contexto donde conviven comunicadores bien intencionados, y otras veces no tanto, con profesionales de la información, el gremio en conjunto tiene su parte de responsabilidad. No hay asociacionismo y se ha permitido que los poderes económicos se apoderen de las salas de redacción y su espíritu de servicio público en el mejor de los sentidos, el de informar con pertinencia y responsabilidad para que otros tomen decisiones adecuadas en beneficio de todos.

Hay honrosas excepciones. Estas palabras están alojadas en ellas. No son ricos, pero son admirados; no son famosos, pero son confiables; no están hechos por estrellas, sino por personas con la capacidad de ponerse en los zapatos de los otros y experimentar e interpretar el dolor y la impotencia ajena. No se jactan de objetivos, pues no son objetos, pero en su autoconocimiento honrado y ético, buscan ser lo menos subjetivos posibles, conocedores de sus tendencias personales para neutralizarlas y generar informaciones que sirven a la sociedad, no a los poderosos, no a los ricos, no a los famosos y mucho menos a la clase política.

Y entonces, quien se decanta por la profesión periodística encuentra en el mar de violencia que reporta y vive, el resquicio que le da sentido a su quehacer: una sociedad con certezas está en camino de ser mejor, y los buenos periodistas son parte de ello.

 

 

Rosa Eugenia García Gómez

 

 

 

 

 

 

Coordinadora de la Licenciatura de Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara.

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