Adoptar su nombre

El primer recuerdo que tengo al escuchar el nombre de Fátima rememora mi vida a los cuatro años de edad, pero no dudo en que el nombre apareció mucho antes de lo que soy capaz de recordar. Por asociación directa, Fátima es mi madrina, la primera y la única que tengo, con la que experimenté el privilegio de ser una niña libre, sana, feliz y al mismo tiempo, cómplice del amor que otras mujeres son capaces de darme.

 

Aunque el nombre de Fátima no es frecuente en mi vida, sin esforzarme recuerdo a tres: la Fátima de la que ya hablé, Fátima, la hermana de Filo —ambas amigas de mi madre— y Fátima, una niña menor de 10 años que conocí en Autlán cuando tenía la misma edad. Los siguientes 13 años su nombre se ausentó, no hubo forma de que un nuevo rostro se asociara a la palabra.

 

La ausencia terminó el 17 de febrero, cuando Fátima reapareció para marcar mi existencia como ninguna otra con su nombre lo había hecho; con 7 años, Fátima se postró frente a mí con la muerte como carta de presentación y la sentencia de que no se irá pronto, porque la violencia con que fue asesinada se filtró a los nombres y los cuerpos de todas las mujeres que reconozco, incluido el que me pertenece. Su apropiación de cuerpos simboliza la posibilidad de convertirnos en una papeleta en las calles, en una Alerta Amber que se comparte 3 mil veces en Facebook, en los ruegos de una familia aferrándose a la idea de que a ellos no podemos faltarles.

 

Pasado el mediodía de ese lunes, la justicia para Fátima comenzó a exigirse en las redes, la sensación de ser asesinada se repitió, pero, ¿qué significa ser Fátima? El significado auténtico, la etimología del nombre, dice que se trata de una mujer “única“, pero México es un país de distorsiones en donde hasta la justicia perdió su significado. Por eso, ser Fátima pasó de ser incomparable a ser cualquier mujer y la posibilidad de transformarse en una cifra que evidencia la falta de sensibilidad a la vida humana.

 

En México la única certeza que existe es la de morir dos veces: la primera como víctima de la violencia nacional y la segunda en el olvido. No sé cuándo, cómo o por qué, pero es probable que suceda y cuando lo haga, volverá a pasar y el nombre primero quedará sustituido por un caso más. No hay zona segura en este país en donde los que no tienen miedo a morir tienen el deseo de matar.

 

Anestesiados por el dolor de la realidad, pasamos los días dando la mejor sonrisa para mitigar el horror, pero nos engañamos en el intento, el consuelo es fugaz, casi irreal. Remplazada por una nueva cifra, la esperanza se transforma en rabia cuando aparece el nuevo cuerpo, el nombre de otra muerta, la que en vida no era de nadie y ahora es de todos porque pudo ser ella, mi madre, pude ser yo, la hija.

 

Además de miedo, en México hay valentía, la que susurra palabras dóciles y efectivas al asesino que no sabe quién lo parió: la familia construida en gritos y golpes, la falta de políticas públicas que le impiden seguir su instinto animal, la escasez de servidores públicos que aseguren la condena, la crisis social de apatía,  el cobijo de la irrealidad como escape o la agonía de sentirse marginado porque le dijeron que estaba loco y que más loco estaría si buscaba ayuda en los profesionales para comprender lo que sentía.

 

La presencia de Fátima en nuestro portal de Facebook no debería ser un acontecimiento lejano, un hecho virtual, su muerte debe sentirse pese a la distancia que separa el desconsuelo de su madre de quienes leemos la noticia detrás del monitor. Su muerte debe obligar a las autoridades de todos los niveles y todas las latitudes a actuar para garantizar la plenitud de quienes vivimos en el lugar que gobiernan, no deben esperar a que Fátima aparezca en otras consumidas por la rabia, el dolor y la angustia de llevar su nombre, mientras el culpable encuentra zona segura en el anonimato, la impunidad, y la certeza de volverlo a repetir.

 

Que adoptar su nombre signifique exigir y que las autoridades nos garanticen seguridad y justicia para las niñas, adolescentes, adultas y ancianas de nuestras comunidades; vivas y muertas.

 

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