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Homilía para el 4º domingo de Adviento 2015

Ser misericordiosos como María

Textos: Miq 5, 1-4; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45.

Adviento4 C 16

Durante esta semana, una señora andaba con la presión alta y la glucosa alterada. Así se puso a preparar y servir la comida para otras gentes. La enfermedad no fue impedimento para atender a los demás. Es algo parecido a lo que acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. María, ya embarazada, dejó su familia, su casa y su pueblo para irse a servir a su prima Isabel. Su testimonio nos ayuda a prepararnos para recibir a Jesús su Hijo en la Comunión sacramental.

La figura de este domingo es María, así como los dos domingos anteriores fue Juan el Bautista. Al igual que Juan, nos conduce hacia Jesús que viene a nuestro encuentro. Ella nos hace realidad la presencia y el encuentro de su Hijo con nosotros. Hoy se nos presentará hecho Pan y Vino. Cuando llegó con Isabel lo llevaba en su vientre. Ahí se estaba gestando y disponiendo para vivir su entrega total no sólo por su pueblo, Israel, sino por toda la humanidad.

El texto de la Carta a los Hebreos que hemos escuchado, dice que al entrar al mundo –y esto sucedió en el vientre de María– Jesús le dijo a Dios que estaba allí para cumplir su voluntad. Estas palabras y la respuesta que María le había dado al Ángel Gabriel, son semejantes. María le dijo que se cumpliera en ella la Palabra del Señor. Ambas expresiones van a lo mismo: a la entrega de la vida para servir a Dios y a los demás, haciéndoles sentir la misericordia de Dios.

En cuanto supo de la situación de Isabel, María se fue a atenderla. Isabel era anciana, había sido estéril toda su vida y estaba en su primer embarazo. Las señoras saben muy bien lo que significa estar embarazadas y dar a luz por primera vez. María tomó la decisión de irse a servirle durante los últimos tres meses de embarazo y en el nacimiento de su hijo, que sería Juan Bautista. Vivió la misericordia con ella, algo que Jesús aprendió y vivió a lo largo de su ministerio.

Para María la prioridad la tuvo Isabel, que se encontraba en necesidad. Lo mismo sucedió tiempo después en la fiesta de bodas en Caná de Galilea. Como ella, muchas señoras hoy en su casa y en su comunidad viven la misericordia. Algunas, incluso cargando con alguna enfermedad o con el peso de los años, además de atender a su familia dedican tiempo para servir a enfermos y ancianos solos. Tenemos que valorarlas y aprender de ellas a ser misericordiosos.

María caminó unos 120 kilómetros solamente para ir a servir. Y su servicio no fue solamente en lo práctico de las atenciones para el final del embarazo y el parto de Isabel, sino que le llevó a Jesús; este fue el motivo de la alegría de ella y de su propio hijo, quien también se alegró. Muchas mujeres de nuestras comunidades caminan de familia en familia para llevar el consuelo, la atención, los alimentos y a Jesús en la Comunión, sobre todo a las personas enfermas.

Con nuestra Eucaristía le agradecemos a Dios el testimonio de misericordia de estas mujeres, tanto el de María como el de las señoras de nuestras comunidades. Se las encomendamos para que se sostengan en su servicio, a pesar de las dificultades que tienen, ya sea por las propias enfermedades o por los problemas familiares que les vienen como consecuencia de su entrega para el bien de los demás. Así deberíamos ser todos los bautizados ante las necesidades.

Que el Señor nos ayude a cultivar la conciencia de la obligación que tenemos de ser misericordiosos como María. Que nos fortalezca, sobre todo con la Comunión sacramental, para que también asumamos el compromiso de entregar nuestra vida para el bien de los demás, especialmente de los pobres y enfermos. Que salgamos de esta celebración diciéndole a Dios, totalmente convencidos, que aquí estamos para cumplir su voluntad, como lo hizo la Virgen María.

20 de diciembre de 2015

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