El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 16º domingo ordinario 2018

Pastores misericordiosos

Textos: Jr 23, 1-6; Ef 2, 13-18; Mc 6, 30-34

Ordinario16 B 18

El proyecto de Dios es que su pueblo no ande como rebaño sin pastor, es decir, a la deriva, sin rumbo, abandonado, a merced de las fieras. Y no sólo quiere que tenga pastores, sino que estos sean buenos. Jesús realizó a plenitud este proyecto, como aparece en el texto del Evangelio que acabamos de escuchar. A Él se le removieron las entrañas porque las gentes que lo esperaban a la orilla del lago andaban como ovejas sin pastor, por lo que se puso a responder a sus necesidades.

Los Doce habían regresado de la misión a la que los envió –lo que escuchamos y reflexionamos el domingo pasado–, y le platicaron a Jesús cómo les había ido. Es lo que sucede cuando alguien de la familia o la comunidad se va de viaje, a estudiar o a alguna misión; al regresar, la familia, los amigos, los compañeros, le preguntan cómo le fue. Quieren conocer su experiencia, sus vivencias, sus aprendizajes. Así estaba Jesús. Luego los invitó a irse a un lugar apartado para que descansaran. Pero la gente los andaba buscando, porque tenía necesidad y nadie la atendía. Estaban abandonados por sus autoridades civiles y religiosas. Los dirigentes tenían otros intereses, no los de su pueblo, mucho menos los de la atención a los sufrientes y excluidos.

Al ver la multitud que los esperaba al otro lado del lago, a Jesús se le removieron las entrañas. Es algo semejante a lo que experimenta la mamá en su vientre cuando le pasa algo a alguno de sus hijos; inmediatamente reacciona porque le duelen sus hijos y busca la manera de ayudarlos, atenderlos, responder a su situación. Era exactamente lo que no sentían las autoridades –los pastores– al ver el sufrimiento de su gente. Si no sentían, menos se conmovían, mucho menos iban a hacer algo. A ellos les caía bien lo que Dios dijo a los pastores de Israel por medio de Jeremías: dispersaban a las ovejas, la rechazaban, las descuidaban, las dejaban perecer. No sólo no las cuidaban, sino que se aprovechaban de ellas. Por eso Dios dijo que Él mismo iba a pastorear a su pueblo y le iba a poner pastores responsables, que las reunirían, las cuidarían, les darían de comer.

Eso fue lo que Jesús realizó. Él se ubicó como pastor bueno, misericordioso, responsable, al servicio de su pueblo, especialmente de los desprotegidos, como aquella multitud que lo esperaba al desembarcar. Se le removieron las entrañas al mirar a las gentes y comenzó a atenderlas, enseñándoles muchas cosas. Ahí se cumplió la promesa de Dios de pastorear a su pueblo, de darles un rey justo y prudente; ahí se hizo visible lo que Jesús describió de sí mismo al presentarse como el Buen Pastor: que sus ovejas escuchan su voz, las conoce y lo siguen.

¿Cuántas gentes vemos en nuestra comunidad que andan como ovejas sin pastor? Niños abandonados por sus papás, jóvenes a quienes nadie los escucha, madres solteras que no ajustan para sacar adelante a sus hijos, trabajadores –muchos de ellos indígenas– que vienen a buscar la vida en nuestra región, migrantes que van al Norte o caminan de regreso hacia su tierra, enfermos o ancianos abandonados por sus propios familiares, borrachitos o drogadictos por los que nadie ve, mujeres, niños y adolescentes abusados sexualmente… ¿Qué experimentamos al verlos? ¿Se nos remueven las entrañas y los atendemos como Jesús? ¿O pasamos de largo porque nuestros intereses son otros o porque ya nos acostumbramos a la indiferencia?

Se ocupa que como comunidad reaccionemos igual que Jesús, pues Él nos dejó su misión. Experimentemos que nos pega en estómago la situación de los pobres y abandonados de nuestra comunidad y atendámoslos. Esto nos preparará para la celebración dominical de la Eucaristía.

22 de julio de 2018

Esta entrada fue publicada el 21 de julio de 2018 a las 7:35 pm en la categoría Sin categoría. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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