Vencer las tentaciones

Por: Carlos Cordero

 

 

En el segundo día de su viaje a México, Francisco impartió su homilía en Ecatepec, Estado de México, que es uno de los lugares más marginados del país. La celebración estuvo enmarcada en el contexto del primer domingo de cuaresma, por lo que Francisco convocó a reflexionar sobre el papel como cristianos y la responsabilidad para ser reflejos del proyecto de Dios.

 

Una sociedad de pocos y para pocos

Durante su mensaje, Francisco recordó que nuestra sociedad está dividida y que hemos de enfrentar el reto para contrarrestar esta tendencia. Dijo que el proyecto de Dios debemos celebrarlo en cada pascua, en cada celebración eucarística, tomando conciencia de nuestra propia circunstancia y teniendo empatía por el prójimo. La indiferencia frente al otro, es lo que va permitiendo que la sociedad se convierta en una sociedad “de pocos y para pocos.

Francisco llamó a reflexionar “¿Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena?”, recordando que la cuaresma es el tiempo para afinar los sentidos, para darnos cuenta de esas realidades y refrendar el compromiso como cristianos por voltear a ver al otro; sensibilizarse con su realidad, pero sobre todo enfrentarse a las tentaciones que rompen la armonía de la sociedad a través del egoísmo.

No fue casualidad que el Papa haya escogido al municipio mexiquense en su recorrido por México. Ecatepec forma parte de la mancha urbana de la Ciudad de México, es uno de los 10 municipios más poblados del país, con alrededor de 1 millón 800 mil habitantes. Sin embargo,  es una zona periférica que vive al margen del desarrollo económico de la capital del país. Pobreza, marginación y violencia representan la cotidianeidad de los habitantes de ese municipio. Por mencionar algunas cifras, en ese lugar se encuentra la tasa más alta de robo a transporte público, el índice de feminicidios ha aumentado un 140 % lo que representó la muerte violenta de 110 mujeres en los últimos dos años. Además en la zona el índice de robo de automóviles es el más alto del país.

En este contexto, la visita de Francisco es un llamado a voltear a ver la realidad de los mexicanos que viven a la sombra del desarrollo. Ecatepec es el reflejo de un México olvidado por los discursos políticos, por las políticas públicas pero sobre todo, olvidado por nosotros mismos. La realidad de Ecatepec, también está en Jalisco. La violencia, los secuestros, los feminicidios son flagelos que azotan a los jaliscienses y que poco son tratados en las noticias o en los programas de gobierno. Jalisco ocupa el segundo lugar a nivel nacional en número de personas desaparecidas.

 

La riqueza, la vanidad y el orgullo: el gran reto

Estas realidades de exclusión y abandono, son provocadas en buena medida por la indiferencia que las personas muestran frente a los demás. En su homilía, el Santo Padre llamó a reflexionar sobre las tentaciones que rompen y dividen la imagen que Dios ha querido implantar y que degradan: la riqueza, la vanidad y el orgullo.

Respecto a la riqueza, Francisco reflexionó sobre la forma en que la explotación del otro genera riqueza: “el pan con sabor a dolor, amargura y sufrimiento que le damos a nuestros hijos”, sin considerar las carencias que generamos en medio de un sistema que promueve el individualismo extremo. La reflexión también llevó a pensar en la vanidad y el orgullo, esos sentimientos que dan un placer pasajero. El Santo Padre invitó a no caer en la tentación de la fama efímera que muchas veces es construida desprestigiando o atacando al prójimo. En un mundo individualista, el orgullo es el motor de la segregación. Enaltecer su aparente “éxito” juzgando a los que son menos afortunados, implica nuevamente apartarnos de la comunidad, para encontrarnos solos en un mundo desigual.

Finalmente el Papa dejó una serie de preguntas que debemos hacernos constantemente y que deben acompañar nuestra reflexión, más allá de su visita, y más allá de la cuaresma, para romper el vicio de la indiferencia frente al otro: “¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos? ¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida? ¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuentes de alegría y esperanza para vencer esas tentaciones?”

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