San José custodio de la vida ante los terremotos

Con la ponencia titulada: “San José de Zapotlán custodia la vida ante los terremotos”, se cerró el ciclo de la conferencias del XI Simposio Internacional Josefino. Aquí presento algunas ideas del trabajo ponencia con la que cerró el Simposio.

Retomo el pasado indígena de nuestra región, la conquista española y la llegada del Evangelio. Luego recordé algunos de los momentos más difíciles de nuestra historia, donde se ha sentido cercana la presencia protectora de San José. Enseguida hice mención de la llegada misteriosa de las imágenes de San José y la Virgen María a Zapotlán el Grande por el camino real de Colima, custodiadas por un arriero desconocido que como mensajero de Dios, cuidó de las imágenes y después de cumplir con su misión y dejar su encargo, desapareció misteriosamente.

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Los vecinos que padecían situaciones difíciles al descubrir las benditas imágenes, vieron aquello como un regalo del cielo; por eso decidieron junto con el párroco que mientras no hubiera quien las reclamara, trasladarlas a la parroquia. Ese encuentro fraternal con San José en 1747, fue designado Patrono protector contra toda clase de calamidades de manera especial contra los terremotos. Y ante los sufrimientos provocados por los sismos del 22 de octubre de 1749, nuestros antepasados le hicieron un juramento solemne.

El siglo XVIII, momento en el cual llega San José a Zapotlán el Grande, está lleno de calamidades naturales y sociales, entre ellas: plagas y epidemias, abundancia de perros rabiosos que por dos años asolaron la población. La gran hambre de 1714 en la que murieron muchos habitantes, el alza de precios de los alimentos y la peste.
En este periodo Zapotlán el Grande era parroquia de la Diócesis de Michoacán.

Las descripciones geográficas del Obispado de Michoacán del siglo XVIII, nos hablan del terremoto padecido el 22 de octubre de 1749. Este terremoto da origen a la promesa que le hace el pueblo de Zapotlán el Grande a San José de realizar una fiesta cada 22 de octubre. También están presentes en la memoria del pueblo los terremotos del 25 de marzo de 1806 y del 7 de junio de 1911. La lluvia de arena del 20 de enero de 1913, proveniente del volcán de fuego, que parecía que iba a acabar a Zapotlán el Grande. Toda la población acudió en masa al templo parroquial a implorar la protección de Señor San José. Su bendita imagen fue sacada a recorrer las calles del pueblo por haber librado a Zapotlán de la erupción del volcán. Desde entonces se estableció la “Función de la lluvia de Arena”.

En 1985 en medio de ruinas y de lágrimas provocadas por otro terremoto, nuevamente se reconoció la compañía protectora de San José. En esta situación de emergencia, el pueblo clamó y buscó la mano misericordiosa de San José quien como Buen samaritano, una vez más tendió la mano y del polvo levantó a sus hijos caídos y los animó a vivir la organización y la solidaridad.

La identificación mutua entre San José y su comunidad está atestiguada por la historia y a través de los diferentes signos que se viven de agradecimiento y devoción, por recibir custodia y protección del Patriarca Santo. Lo vivido no queda solamente como una devoción, sino que tiene una clara proyección a la vida y cuando se presentan las calamidades como los terremotos se asumen con espíritu de fe, sintiendo la cercanía de San José que anima a levantarse de las ruinas y seguir el camino de la vida con esperanza.

El papa Francisco, en la homilía del inicio de su Pontificado señaló: “en los evangelios, San José aparece como un hombre fuerte, valiente y trabajador; pero se percibe en su alma una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino que denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión y de verdadera apertura al otro, de amor”.

Ahora nosotros estamos llamados a dos cosas. Primero, a sostener el juramento hecho por nuestros antepasados, cuidando las tradiciones y signos que expresan nuestro agradecimiento al Patriarca Santo y proyectando a la vida diaria la devoción a nuestro Santo Patrono. Y segundo, a ser custodios de la creación, no dejando que la destrucción y la muerte acompañen el camino de este mundo.

En la historia de Ciudad Guzmán, marcada por los continuos sismos y temblores de tierra, el pueblo de Zapotlán y nuestra región sur de Jalisco reconocen desde 1747 a San José como custodio de la vida y del amor, de manera especial, ante los terremotos.

Publicación en Impreso

Edición: 132
Sección: Dichos y Hechos
Autor: P. Alfredo Monreal Sotelo

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