El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

RECORDAR MEDELLÍN

Juan Manuel Hurtado López

Recordar Medellín es traer a la mente los nombres de grandes obispos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana de aquel tiempo, no sólo de los que participaron ahí directamente, sino de todos aquellos que conformaron esa gran corriente profética después del Concilio Vaticano II. Muchos de ellos estuvieron en el Concilio.

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Recordar Medellín es escuchar las voces proféticas de Don Helder Cámara, Don Samuel Ruíz García, Manuel Larraín, la labor del Card. Pironio. Aquí en México recordamos al gran Don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca. Todo un Patriarca Don Sergio: por su estatura, pues medía casi dos metros de altura; por su inteligencia: era agudo, perspicaz, profundo, intuitivo, escudriñador; por su solidaridad con el pueblo de Cuba, de Haití, de Guatemala, de Chile y con tantos otros. Gran innovador litúrgico en su diócesis: aplicó de inmediato las orientaciones del Concilio en su catedral de Cuernavaca e hizo del recinto toda una catequesis y una propuesta teológica.

Don Sergio fue un luchador incansable, apoyó las huelgas de los trabajadores, de los sindicatos, de los estudiantes. No había lucha por la justicia en la que Don Sergio no se hiciera presente de una o de otra forma, celebraba Misas en los más variados escenarios: en las fábricas, en la calle, en las plazas; hablaba en los sindicatos, apoyó fuertemente las Comunidades Eclesiales de Base en su diócesis y en el país cuando apenas era el inicio de esta “caminhada”. Historiador de la Iglesia y amigo de intelectuales como Ivan Ilich y Lemercier del convento benedictino de Cuernavaca.

Por su presencia en el Encuentro de Cristianos por el Socialismo en Chile y por su actitud ante las injusticias se ganó el mote de “el obispo rojo”. En México más de algún obispo le negó la entrada a su diócesis y le prohibió celebrar y predicar. Esto no lo arredró, al contrario, siguió firme y convencido. Don Sergio era una persona con muy buen humor, se reía fácilmente de todas esta situaciones y siempre tenía una palabra oportuna.

Cuando el Presidente Carlos Salinas de Gortari reestableció las relaciones entre el Estado Mexicano y la Iglesia, el Presidente invito a los obispos a una comida a la Residencia oficial de Los Pinos. Ahí intercambió unas palabras con el Presidente. “¿Qué le parece la nueva situación?”, le preguntó el Presidente. A lo que Don Sergio le respondió: “Ya veremos con quién nos va mejor: con Diocleciano o con Constantino”. Al final de la comida y ya para despedirlos, el Presidente le preguntó a Don Sergio: “¿Y por qué me dijo eso, Don Sergio?” “Pues si, le contestó Don Sergio. Diocleciano (245-313) persiguió a los cristianos y tuvimos mártires.

Constantino reconoció a la Iglesia y la enriqueció y se perdió mucho la frescura del Evangelio. Así nos puede pasar ahora”.
Don Sergio nunca quiso tener chofer. Él manejaba su propio carro –un carro viejo grandote- en Cuernavaca y en la Ciudad de México, aún ya con sus 80 años. Alguna vez le preguntaron el por qué de su negativa para aceptar un chofer que lo ayudara. A lo que respondió con ironía: “No me gusta que me manejen”. Con lo que quedaban totalmente aclaradas ambas cosas: su profunda libertad para tomar decisiones y el hecho práctico de ser él quien prefería manejar personalmente su coche.

Recordar Medellín es traer toda esa corriente utópica que recorría América Latina y el mundo: el Che Guevara, Camilo Torres, el Movimiento del 68 en México, París, la Primavera de Praga, en la Iglesia el Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Esa utopía de algo nuevo en la sociedad y en la Iglesia alimentó fuertemente nuestros anhelos juveniles en la década de los 60s y de los 70s. Cuando nos visitaba alguno de esos personajes, para nosotros eran una braza encendida que alimentaba nuestros sueños juveniles.

Todavía recuerdo una Misa que celebró Don Helder Cámara en la parroquia universitaria en Münster en mis años de doctorado. Don Helder encendió literalmente aquella multitud de 1000 jóvenes que ávidos lo escuchábamos. Pero lo mismo nos pasaba con Daniel Viglietti, Angel Parra, Inti Illimani, Quilapayún, Ernesto Cardenal y tantos otros. Esa era la gran corriente de nuestras utopías y nuestros sueños.
Recordar Medellín es frescura y encanto que motivan.

Esta entrada fue publicada el 11 de abril de 2018 a las 12:06 pm en la categoría Papel y tinta. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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