Olimpiadas, del signo de paz a la vorágine

Los Juegos Olímpicos surgieron en Olimpia, Grecia en el siglo VIII A. C. Con el argumento de propiciar la paz entre los diferentes estados griegos y en honor del Dios Zeus. Era una fiesta religiosa, cultural y deportiva que alcanzó vital importancia por su enorme sentido de hermandad, ya que cada que las olimpiadas se celebraban la guerra se suspendía.

En el siglo XIX, con el fin de expandir la idea humanista, Pierre Frédy, Barón de Coubertin gestionó los primeros juegos de la era moderna en 1896, que tuvieron como sede a Grecia. Al mismo tiempo se instalaron como símbolo del olimpismo los cinco aros que representan los cinco continentes que hay en el mundo y que al estar entrelazados simbolizan la amistad deportiva entre los pueblos. A partir de entonces y cada cuatro años se celebran en diferentes partes del mundo los Juegos Olímpicos, como símbolo de paz; sin embargo, y como presagio de que la vocación pacifista se diluye, no se realizaron las ediciones de 1916, 1940 y 1944 debido a la Primera y Segunda Guerra Mundial.

Los juegos del miedo

Previo a que comenzaran los Juegos Olímpicos en Londres, el principal concepto de paz que promovía el olimpismo está lejos de ser aplicado, en la actualidad el principal requisito a cumplir para albergar una olimpiada es la seguridad, millones de dólares se invierten cada cuatro años en las diferentes sedes para tratar de garantizar la seguridad de atletas, entrenadores, directivos y aficionados que se dan cita en el evento mundial por excelencia, por citar un ejemplo: el plan de seguridad diseñado por Londres, costará mil 872 millones de dólares e involucrará a más de 42 mil personas, entre militares, policías, agentes privados y voluntarios en todo el Reino Unido. Y solo para salvaguardar Londres se invertirán 823 millones de dólares, es decir, casi la mitad del presupuesto total de seguridad.

En algún momento de la historia los Juegos Olímpicos pasaron de ser uno de los principales pretextos para promover la paz entre las naciones y se convirtieron en los juegos del miedo.

Ahora a cada edición los organizadores temen un ataque terrorista, o un atentado en contra de su población civil. Los antecedentes de Munich 1972 y Atlanta 1996 parecen justificar los grandes presupuestos destinados a este rubro.

El cinco de septiembre de 1972 un comando de terroristas palestinos irrumpió en la villa olímpica y tomó como rehenes a once de los veinte atletas del equipo olímpico israelí, el ataque produjo la muerte de los israelitas, de ocho terroristas y un policía alemán, el mundo fue testigo vía televisión, de lo que ahora se conoce como la “Masacre de Munich”.

Para el 28 de Julio de 1996 en la Olimpiada de Atlanta, el miedo y la muerte volvieron a aparecer durante la justa veraniega. La explosión de una bomba en el Parque del Centenario terminó con la vida de dos personas e hirió a más de un centenar, fueron insuficientes todos los filtros de seguridad y eso que en esos años Estados Unidos se presumía como el país más seguro del orbe.

El precio de ser sede

En 1892 cuando Pierre de Coubertin decidió revivir los Juegos Olímpicos jamás se imaginó que su movimiento sería tan grande y que el poder de su institución llegaría tan lejos. Han pasado casi 120 años y se han organizado 31 juegos en diferentes ciudades, y con eso se han derrochado millones de dólares en infraestructura deportiva, hotelería y de transporte, situación que ha encarecido cada vez más la organización de unos Juegos Olímpicos, al grado tal que las sedes pueden caer en una crisis económica insuperable.

Los países anfitriones suelen gastar grandes cantidades de dinero en la organización y promoción de la justa, y aunque los dirigentes y gobernantes afirman que el evento arroja grandes beneficios tanto para la economía como para los ciudadanos, hay más casos en que ocurre a la inversa.

Un ejemplo concreto es Grecia, país cuna del olimpismo y cuya organización de los juegos del centenario le fueron arrebatados por Estados Unidos en 1996 debido a que los norteamericanos presentaban una mejor posición económica y de seguridad; sin embargo, el Comité Olímpico Internacional compensó a los griegos ocho años después, lo que no sabían era que en realidad serían una de las causas de la actual debacle económica y social helénica.

Los juegos le costaron a los griegos casi 14 mil millones de dólares, el doble del presupuesto original, esto sin contar los proyectos de infraestructura terminados sobre la hora, cuyo costo estaba inflado. Pero el problema no acabó ahí porque a ocho años de distancia la mitad de las sedes olímpicas de Atenas están en desuso, por lo que a su precio original habrá que sumarle el costo de mantenimiento de esas instalaciones que están desérticas desde el 2004.

Un caso similar es la ciudad de Montreal, que tardó más de 30 años en pagar seis millones de dólares debido al enorme gasto realizado durante los juegos de 1976. A cambio como recompensa, recibieron un estadio olímpico obsoleto que actualmente se encuentra abandonado.

Frente a estos ejemplos podemos deducir que ser anfitrión no resulta tan rentable como muchos consideran, solo algunos países han sido capaces de solventar en el corto plazo la deuda pública que adquieren para financiar los juegos y lo más difícil, hacer que los estadios que construyen sean aprovechados y usados por la ciudadanía.

Ser anfitrión no es rentable, lo que sí es un buen negocio es la comercialización de los Juegos, la venta de souvenirs y ser dueño de un canal de televisión, son ellos y no las sedes los grandes ganadores de las Olimpiadas. Los datos no mienten, en Beijing 2008 los ingresos de TV Azteca aumentaron 240 millones de dólares, mientras que Televisa, obtuvo 190 millones de dólares. En cuanto a los consumidores, se estima que para Londres 2012 gastarán 480 millones en souvenirs, comidas y hoteles. Estos datos revelan que los beneficios de una olimpiada se encuentra lejos de las sedes y de los deportistas y más cercanos a políticos y empresarios.

Así es signo de paz entre naciones ha mutado. Del sueño por expandir las capacidades humanas: “Más alto, más rápido, más fuerte”, a vivir los Juegos del Miedo, producto de la violencia y la ambición.

Momentos y atletas que honran el espíritu olímpico

Berlín 1936. Hitler pretendía demostrar la superioridad de la raza aria; sin embargo, Jesse Owens participó como nadie ese día en el Salto de Longitud y ganó el oro en la presencia del dictador alemán quien abandonó el estadio para no tener que estrecharle la mano al atleta afroamericano en la ceremonia de premiación.

Roma 1960. Classius Clay mejor conocido como Mohamed Alí ganó el oro en semipesados de Box con 18 años, al volver a su país le negaron el acceso a un restaurante para personas blancas. Alí renunció al triunfo de su país y tiró la medalla a un río.

México 1968. Tommie Smith y John Carlos, oro y bronce en 200 metros y militantes del Black Power (movimiento de protesta por la desigualdad racial de Estados Unidos), subieron al podio con guantes y calcetines negros y oyeron el himno americano con la cabeza baja y el puño en alto. Les expulsaron de la Villa Olímpica.

Montreal 1972. Nadia Comaneci se conviertió en la mujer perfecta. Con 14 años obtuvo siete calificaciones de 10 en gimnasia deportiva.

Beijing 2008. Michael Phelps superó el récord de Mark Spitz al ganar ocho medallas de oro en natación en una misma edición. En esa misma justa Usaint Bolt detuvo el tiempo y ganó oro en 100 y 200 metros; además impuso el récord mundial de las pruebas.

Publicación en Impreso

Edición: 119
Sección: Dichos y Hechos
Autor: Oscar Molgado

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