Los arrieros son aquellos que cantaban: ¡Arre!

Se han deshojado muchos calendarios desde que los arrieros tenían un trabajo parecido al de los actuales traileros, pero con más responsabilidades. Eran los amos y señores del camino. El sur de Jalisco era distinto: con pocos caminos para comunicarse entre pueblos pequeños, sin medios de comunicación que informaran de noticias casi inmediatamente y con dificultades para surtir los más elementales artículos para la vida cotidiana.

Los arrieros conformaban un gremio que se dedicaba a transportar mercancías locales de un pueblo a otro, con grupos de burros o mulas a las que se les llamaba recuas. Según historiadores locales se les llamaba arrieros, porque usaban una voz para animar a caminar a sus animales: “¡Arre!”.

Los arrieros dejaron una profunda huella en la cultura popular, a través de canciones, refranes e historias que reflejaban los valores de las personas que vivieron esa época. Un día llegaron los vehículos de motor que transportaron más mercancías a precios más bajos y el oficio de arriero dejó de ser una forma de vida. Hoy quedan sus recuerdos y sus enseñanzas.

Los arrieros se jubilaron
Don Chepito Baltazar vivía en Jalpa, municipio de Chiquilistlán y tenía una recua de burros con la que prestaba el servicio de arriero entre las sierras de Chiquilistlán y de Tapalpa. Llevaba quesos y ollas, pero también noticias y avisos para las personas familiares que vivían entre distancias muy difíciles de recorrer debido a la ausencia de pistones y combustión interna. Pero todo por servir se acaba y el oficio de arriero se acabó.

El libro Crónicas y Contrastes de un Pueblo Cohamilero que recoge la anécdota, cuenta que Don Chepito jubiló junto consigo el oficio a sus burros. No los vendió, tampoco los asesinó. Fue un rito que al terminarse, le puso también el punto final a la actividad.

El último arriero de la Sierra de Chiquilistlán y Tapalpa preparó a sus burros para salir, y los encaminó a un lugar apartado del bosque. Ahí, de uno por uno, les agradeció el servicio que le habían prestado en tantos kilómetros caminados con cargas en sus lomos. Les quitó el bozal y los dejó en libertad para que llevaran sus pasos a donde quisieran. Nos los vendió ni los cambió por una camioneta. Lo dado por lo ofrecido.

Chepito y el resto de los arrieros ayudaban a que las cosechas de maíz pudieran comercializarse en poblaciones grandes como Zapotlán y Sayula, y de ahí, la mercancía se iba en tren a la capital de Jalisco y luego al resto del país. Los arrieros también llevaban cosas tan básicas como jabón, velas, medicinas o petróleo de tiendas sayulenses como “El Amigo del Pueblo”, o productos más elaborados como cobijas, ropa, máquinas de coser o medicinas, de “El Nivel del Comercio”.

También llevaban noticias. Lo que escuchaban en cada pueblo y en cada ranchería se transmitía de boca en boca, convirtiéndose en un vínculo afectivo y también efectivo de las pequeñas poblaciones con el resto del mundo. Así las personas se enteraron de cambios políticos, de modificaciones en prácticas sociales como la forma de vestir y también se enteraban de la vida de amigos y familiares que residían en otros lugares.

Un día los arrieros se fueron.

Lo que queda de los arrieros

Los arrieros tenían fama de mujeriegos y parranderos. Los lugares que frecuentaban estaban llenos de posadas, hostales y cantinas. En Tapalpa quedan huellas de los arrieros. Uno de los atractivos del Pueblo Mágico jalisciense son “las pilas” y hay una de ellas que guarda la historia de dos arrieros que resolvieron su pelea de borrachos a cuchilladas: quien perdió cayó al agua y desde entonces esa fuente está pintada de rojo. Es la pila colorada.

En Guadalajara hay un paraje importante conocido como el barrio de las “Nueve Esquinas”, un lugar de llegada para los arrieros y aún quedan sus huellas en las birrierias y los hostales que hay en la zona. Este espacio urbano, de arquitectura completamente tapatía, guarda, entre sus calles, las viejas prácticas de los arrieros.

Caminos que antes unían a regiones de Jalisco a lomo de mula hoy están prácticamente abandonados. Pero ahí están.

Igual que la sabiduría de los arrieros que aún queda plasmada en algunos de sus dichos y refranes. Como el que dice:

“Cuando el arriero es malo, le echan la culpa a los burros”,

que retrata que un mal líder culpa al grupo de dirige. Muy común en la clase política.

Otro más:

“Burro que lleva la carga a palos: malo, malo, malo”,

que verbaliza la dificultad de conseguir objetivos por la vía de la fuerza y sin razones que sostengan los objetivos.

Y también el más famoso de los refranes, que habla de solidaridad entre semejantes y también de que los actos de las personas terminan por repercutir en el camino de su vida:

“Arrieros somos y en el camino andamos”.

No existen condiciones para que vuelvan, pero queda su papel de heraldos y de comerciantes que ante todo, articulaba y vinculaba la vida de personas geográficamente distantes que durante décadas vivieron cercanía gracias a quienes cantaban “¡Arre!”.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 107
Autores: Raíces del Sur
Sección de Impreso: Carlos Efrén Rangel

2 pensamientos sobre “Los arrieros son aquellos que cantaban: ¡Arre!

  1. pagina muy bella. porque mi abuelo era arriero.
    y su servidor le acompanava a la edad de 10 anos.
    siga adelante por fabor. le agradeceria FOTS ANTIGUAS DE ARRIEROS CON SUS RECUAS.
    gracias

  2. Mi padre fue arriero mi abuelo fue arriero y yo fui en algún tiempo. Ahora recorremos las antiguas rutas con nuestra asociación arrieros por herencia y me encantan estas fotografías.

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