La memoria como herramienta ciudadana

Ya viene el tiempo electoral y los aspirantes a las diputaciones locales y federales, los candidatos a senadores, a gobernador y a presidentes municipales seguramente tocarán nuestras puertas, harán llegar propaganda a nuestros domicilios, nos llamarán por teléfono a nuestros hogares para hablarnos de las bondades de sus candidaturas, inundarán nuestras pantallas de televisión con spots publicitarios y en algunos casos, hasta nos regalarán una despensa, una camisa con el logotipo de su partido y hasta dinero en efectivo. Todo con el propósito de obtener nuestro voto el próximo domingo primero de julio.

Se acusa sistemáticamente al pueblo de México y de Jalisco de ser desmemoriado, de no recordar a aquellos que han sido corruptos, que han tomado decisiones políticas en contra de la mayoría o que simplemente han implementado políticas erróneas en el ejercicio de gobierno. A pesar de que existan ciudadanas y ciudadanos que efectivamente olviden rápido, si se analiza con detenimiento los niveles de abstención, la diferenciación del voto, los ejercicios de anulación del sufragio y la multiplicación de los reclamos sociales a la clase política, podemos constatar que es al revés, que sí hay memoria y que los votantes sí razonan y disciernen el sentido de su voto.

Ahora bien, somos testigos de un proceso continuo de degradación de la clase política, es decir, de funcionarios públicos que incurren en la corrupción y el nepotismo, de políticos que saltan de un puesto a otro y viven permanentemente del erario público, de legisladores que deciden en función de sus propios intereses, de presidentes municipales que realizan obras de relumbrón en lugar de atender las necesidades más profundas de una comunidad, de partidos políticos cada vez más distantes de la ciudadanía, de gobernadores que permiten la violación a los derechos humanos y de un desencanto de la democracia de parte de un buen número de ciudadanos. Los políticos se han convertido en personas con poca credibilidad y lamentablemente se ha construido una pésima imagen de la vida política, a pesar de que filósofos de la talla del griego Aristóteles planteaban que esta actividad era la más noble que se podía ejercer. Sin duda alguna que hoy no es así.

El escenario luce desolador, sin embargo lo peor sería caer en el pesimismo y la indiferencia. Por eso en el proceso electoral de este año, una poderosa herramienta que podemos utilizar como ciudadanas y ciudadanos es la memoria. Junto con la memoria viene la evaluación y con ésta una mejor decisión frente a las urnas electorales.

La memoria colectiva implica en primer lugar recordar la lista de agravios, es decir, traer al presente todas aquellas acciones que nos afectaron, que consideramos incorrectas o injustas y donde los responsables fueron miembros de la clase política. Se trata de hacer un recuento de daños y afectaciones a la ciudadanía. En el caso de Jalisco, por citar algunos ejemplos, podemos traer a colación los pagos injustificados al auditor del estado, la “mentada de madre” del gobernador, el despojo de los pescadores de Tenacatita de sus playas, la pretensión de inundación del pueblo de Temacapulín, la concesión de explotación minera en la zona sagrada de los Wixárika (huicholes), el hostigamiento a los defensores de derechos humanos y periodistas, la muerte de un niño en el río Santiago en el municipio de El Salto, el aumento de la inseguridad pública, el mal estado de las calles y las carreteras, el cobro injustificado de impuestos, la excesiva concentración de la inversión pública en la capital del estado, los manejos poco claros en la realización de los Juegos Panamericanos, los nombramientos “a modo” del presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos y del titular del Instituto de Transparencia e Información Pública de Jalisco, el precario crecimiento en el empleo, la impunidad, el incremento de la pobreza extrema, la dificultad de obtener la canasta básica y demás situaciones que sin duda generaron la irritación y la indignación social.

Luego de hacer memoria de estas reprobables situaciones, hay que buscar a los responsables. Estos hechos no surgen por “generación espontánea”, hay personas atrás de ellos, actores políticos que ya sea por acción u omisión, permitieron que todas estas cosas sucedieran. La memoria estaría incompleta si sólo supiéramos el “qué”, pero no el “quién”. A esta lista tendríamos que agregar nombres y apellidos, personajes concretos que por avaricia o impericia, propiciaron la existencia o el incremento de estos problemas. Es posible que en cada localidad los nombres puedan variar, pero lo que sí es seguro es que siempre hay responsables. Es cierto que es necesario distinguir entre los responsables por incompetencia, es decir, lo que permitieron que algo sucediera por incapacidad y falta de conocimiento; y los responsables por corrupción o violación de derechos humanos, es decir, aquellos que sabiendo que un hecho atenta contra los derechos de las personas, incurrieron en una acción ilícita. Claro que esta distinción no aminora los efectos de los problemas hacia la ciudadanía, pero si otorga un nivel de evaluación diferente.

El tercer paso en este proceso de memoria colectiva, consiste en verificar la trayectoria de los responsables y verificar si estas personas aspiran a otro cargo público. Cada vez es más frecuente encontrar a políticos que primero son presidentes municipales, luego se postulan a diputados locales, luego hacen campaña para ser diputados federales, de allí se lanzan a senadurías e incluso gubernaturas y como en Jalisco, hasta podemos ver a ex gobernadores aspirando a presidencias municipales o diputados federales que regresan a las curules locales. En pocos casos podemos constatar un desempeño ejemplar y más bien, gracias a los arreglos y negociaciones adentro de los partidos políticos, estas personas como auténticos chapulines, brinca de un puesto a otro sin que medie en cada elección un auténtico proceso de evaluación ciudadana.

Habiendo identificado a estos personajes, se pueden plantear varias acciones: la primera es exigirles en campaña un auténtico ejercicio de rendición de cuentas, es decir, demandarles una explicación amplia y profunda al respecto de su manera de proceder en los anteriores puestos gubernamentales. Imagine Usted amable lector, que a un candidato a diputado le pida cuentas sobre su ejercicio de gobierno en un municipio o que a un diputado le solicite un informe sobre su productividad en la legislatura que está dejando. Seguramente estos “candidatos-chapulines” encontrarán la forma de responder a estos cuestionamientos, pero si los ciudadanos quedan inconformes e insatisfechos con las respuestas, se tendría que vislumbrar una cuarto paso, que es el voto de castigo, no contra un instituto político, sino contra el “candidato-chapulín” en cuestión.

Es decir, se trata de calificar el mal desempeño de un miembro de la clase política con un no voto, dicho de otra forma, se trata de sancionar electoralmente a aquellos funcionarios públicos que incumplieron con su encomienda, y a los que no podemos “premiar” con una nueva posición política. Una de las peores cosas que le puede pasar a un político es que en unos comicios electorales, los votantes lo castiguen no otorgándole su sufragio.

Dicho lo anterior, podemos afirmar que la memoria colectiva entonces, puede convertirse en una eficaz herramienta para sancionar el mal desempeño de un político, pero a la vez incentivar a que los funcionarios públicos actúen de mejor forma, sabiendo que una mala evaluación ciudadana, les puede originar el fin de su carrera política. Otro efecto de esta acción ciudadana, es que los partidos políticos se verían obligados a designar con mayor cuidado a quienes competirán en su nombre en una elección, sabiendo que una mala decisión los llevará a una inminente derrota en las urnas.

Anteriormente se comparaban plataformas políticas y perfiles para decidir por quién votar, ahora parece que el primer paso es recordar y traer a la memoria el ejercicio gubernamental, para desde allí tomar la primera decisión de un discernimiento electoral: saber por quiénes no se puede votar.

Diría el politólogo francés Pierre Rosanvallon, hablando sobre la contrademocracia, que ahora la democracia no se funda en el principio de delegación que otorga fe a los elegidos electoralmente de que desempeñarán su acción lo mejor posible, la propuesta del francés es diametralmente opuesta, se trata de partir del principio de la desconfianza, para entonces observar, vigilar y sancionar sistemáticamente el mal desempeño de las y los políticos.

Publicación en Impreso

Edición: 116
Sección: A Tiempo con el Tiempo
Autor: Jorge Rocha

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