Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre

En el contexto de los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, con este artículo concluimos nuestro acercamiento a los primeros cuatro concilios ecuménicos de la historia de la Iglesia, que fueron comparados por san Gregorio Magno con los cuatro Evangelios, por haberse formulado en ellos los dogmas fundamentales de la Iglesia: el dogma trinitario y el dogma cristológico.

Conocerlos ayuda a comprender la importancia de los Concilios en el caminar de la historia de la Iglesia. Aquí compartimos lo referente al Concilio de Calcedonia que fue realizado el año 451.

Concilio de Calcedonia (451).

En Éfeso, se había condenado a Nestorio pero no a toda la escuela de Antioquia, ni al patriarca Juan de Antioquía con sus seguidores en cuanto que no seguían aferrados a la persona de Nestorio. Cirilo les facilitó la reconciliación a los antioquenos moderados, en 433 aceptó una profesión de fe conciliante redactada por ellos, que contenía el término Theótokos (Madre de Dios). Pero el germen del error, contenido también en la imagen alejandrina de Cristo, volvió a dar lugar a una nueva herejía, por lo que fue necesario un nuevo concilio.

Eutiques, abad de un monasterio en Constantinopla y adversario acérrimo de los nestorianos, sostuvo la opinión de que la naturaleza humana de Jesucristo fue absorbida por la divina cuando éstas se unieron, de modo que ya no se podía hablar más que de la naturaleza divina. La nueva herejía fue llamada Monofisismo (una naturaleza), la cual restringía la dimensión humana del Señor, que es condición indispensable para la Redención. Un sínodo realizado en Constantinopla en el año 448 bajo el Patriarca Flaviano condenó a Eutiques, quien encontró apoyo en el Patriarca de Alejandría, Dióscoro.

Animado precisamente por Dióscoro, el emperador Teodosio II convocó un nuevo Concilio en Éfeso. En ese concilio quedó rehabilitado el herético abad, bajo la fuerte presión de la milicia imperial y de los monjes de Eutiques. El Papa León I, a cuyo representante se le negó la presidencia y no se le permitió leer una carta explicatoria sobre el tema, definió aquel momento como “latrocinio” o “Sínodo de ladrones”, con que fue designado el Concilio.

De todas partes se levantaron protestas contra sus decisiones. Ya el 13 de octubre de 449 el Papa León I, en su nombre y en el de los obispo de Occidente, pidió al emperador que convocara un nuevo Concilio en Italia. Dos veces expresó su deseo, pero fue en vano. Por fin, el sucesor de Teodosio II, el emperador Marciano, condescendió y convocó el 17 de mayo del 451 un nuevo Concilio, pero no en Italia, sino en Nicea, aunque todavía antes de la apertura lo trasladó a Calcedonia, que tenía la ventaja de encontrarse cerca de la capital Constantinopla.

El cuarto Concilio ecuménico de Calcedonia, aunque convocado por el emperador, fue mérito del Papa León I, al que la historia ha dado el título de Magno. La participación fue mayor que en los Concilios anteriores y en la mayoría de los siguientes, ya que se habla de una participación de 600 padres, aunque debieron ser menos. El Occidente cristiano estuvo representado por cinco legados pontificios (tres obispos y dos presbíteros), que conforme a la exigencia formulada por el Papa, tuvieron la presidencia; y además por dos obispos africanos que habían huido de la invasión de los Vándalos.

La primera sesión tuvo lugar el 8 de octubre de 451 en la Iglesia de Santa Eufemia, y desde ese momento el organizador del latrocinio de Efeso, Dióscoro, ocupó el banco de los acusados. En la segunda sesión se leyó la profesión de fe de Nicea y una carta doctrinal de San León Magno sobre las dos naturalezas de Jesucristo, al escucharlas exclamaron los obispos participantes: “esta es la fe de los Padres”; “Esta es la fe de los apóstoles, así creemos, por León ha hablado Pedro”. El 13 de octubre en la tercera sesión, se procedió a la destitución de Dióscoro; con sus seguidores hubo más benignidad.

Todavía quedaba por despejar algunos detalles en relación a la doctrina de las dos naturalezas, que había surgido entre los obispos de Palestina y de Iliria. Los representantes del Papa se oponían a la redacción de una nueva fórmula, ya que la cuestión había quedado clara. Sin embargo en la quinta sesión del 22 de octubre, en presencia de la pareja imperial, fue aprobada y suscrita una fórmula de fe preparada por 25 obispos y en íntima conexión con la carta del Papa, que decía: «Todos nosotros profesamos a uno e idéntico Hijo, nuestro Señor Jesucristo, completo en cuanto a la divinidad, y completo en cuanto a la humanidad…, en (no de) dos naturalezas, inconfusas e intransmutadas (contra los monofisitas), inseparadas e indivisas (contra los nestorianos), aunadas ambas en una persona y en una hipostasis».

La sexta sesión en la que Marciano y su enérgica esposa Pulqueria tuvieron la presidencia de honor, fue sin duda alguna el punto culminante del Concilio. Los Padres lo dieron por clausurado, pero el emperador manifestó ver resueltos algunos asuntos tocante a la disciplina y a las personas, como la plena rehabilitación de Teodoreto de Ciro y de Ibas de Edesa, dos pilares de la escuela antioquena. El último de los 28 cánones propuestos en la sesión 16 del 31 de octubre decía que la sede de la nueva Roma (Constantinopla) debía gozar las misma prerrogativas que la antigua Roma y ocupar el segundo lugar después de ella. Los legados pontificios en la cesión de clausura presentaron por este canon una protesta formal y el Papa León Magno se opuso a él, a pesar de las instancias del emperador y del Concilio.

Calcedonia siguió la vía media entre las falsas ideas cristológicas de los nestorianos y de los monofisitas. Fue al mismo tiempo una síntesis entre Oriente y Occidente, entre el Pontificado y el imperio, y era el resultado de una lucha tenaz de fuerzas en colisión.

En nuestros días, para ser fieles a la doctrina del Concilio de Calcedonia, hemos de defender con la misma firmeza tanto la condición divina de Jesús como su condición humana. Y los creyentes que confesamos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, tenemos la tarea de continuar con su obra, que es la obra del Reino de Dios y de asumir en la vida su mismo camino que necesariamente pasa por la cruz.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 115
Autores: P. José Alfredo Monreal
Sección de Impreso: Hagamos memoria

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