El servicio es mi credencial de identidad

Los seres humanos siempre estamos en constante búsqueda. A veces no sabemos qué, y nos estacionamos en nuestros gustos y en cosas que nos llaman la atención. Desde niños soñamos con tener un juguete, conseguir un tipo de ropa, estudiar una carrera, vivir en determinado lugar, casarnos con una persona, viajar a algún destino. Curiosamente aunque logremos nuestros deseos, nos damos cuenta que no son nuestros gustos ni las cosas materiales lo que nos causa la alegría y la paz en nuestro corazón. Persiste la sensación de no tener lo que buscamos. Pues en el fondo, lo que pretendemos es saciar la apremiante necesidad de darle sentido a nuestra existencia.

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Entonces llega la oportunidad de salir de la esfera de nuestro yo. De dejar de mirar nuestros propios gustos e intereses y empezamos a preocuparnos por los que están cerca de nuestra vida. Poco a poco descubrimos que los demás son un espejo donde nos vemos. Que su realidad es un grito que nos llama a entrar y ser parte de su vida. Que nuestra fe en Dios debe ser una luz, no para ponerla debajo de la cama, sino en un candelero para que alumbre a los demás, de manera especial, quienes necesitan una palabra de aliento, una muestra de cariño, una mano amiga que les anime a recuperar su historia, su dignidad, sus deseos de vivir. Tomar la decisión es el punto clave o nos encerrarnos en nuestros egoísmos o nos arriesgarnos a salir al encuentro de los demás. Mi experiencia me dice que de nuestra decisión depende el sentido que le imprimimos a nuestra vida.

Si nos arriesgamos a salir de nuestros egoísmos y comodidades, si nos decidimos a invertir nuestro tiempo, recursos y capacidades, y a compartir lo poco que somos y tenemos, aunque sean cinco panes y dos peces, empezamos a ver y sentir que todo tiene sentido, que nuestra existencia tiene otro color y sabor. Caemos en la cuenta que el servicio a nuestros hermanos es lo que nos identifique como cristianos y que el camino para encontrarnos con Dios son nuestros prójimos.

Nací en el Distrito Federal hace 43 años. Estudié en la Universidad Autónoma de México la carrera de Químico Farmacobiólogo. Ante la falta de oportunidades para ejercer mi carrera, me dediqué a la pastelería. A los 22 años inicié mi servicio como catequista de niños en la parroquia de Santos de América. Viví el proceso evangelizador del camino catecumenal durante ocho años. Fue una experiencia que me ayudó a profundizar en mi fe y animar mi compromiso pastoral. La oportunidad de colaborar en la Pastoral Penitenciaria con un grupo de cinco mujeres fue gratificante. Su entusiasmo y solidaridad con los presos marcó mi vida. En este ambiente de la cárcel, donde la corrupción azota y provoca confusión, diferencias y hostilidades, descubrí a Dios en los rostros y realidades de los reclusos que son un reflejo de la exclusión social y de un sistema caracterizado por la injusticia e impunidad.

En el año 2008 vine a radicar a Ciudad Guzmán junto con mi madre Josefina Guerrero. Abrí un consultorio de Estudios Auditivos y luego me dediqué a cultivar la tierra. La inversión fue fuerte y el trabajo más. Ante los malos resultados decidí abandonar el trabajo de la agricultura. Desde hace cuatro años me integré al trabajo pastoral de la parroquia de San Isidro Labrador. Trabajo con jovencitos que se preparan al sacramento de la Confirmación y soy animadora del núcleo bíblico de la colonia san Rafael.

A lo largo de mi experiencia he comprendido que si no hago el servicio que puedo hacer y que estoy llamada a realizar, mi fe es incompleta. Por eso vivo convencida de que el servicio debe ser mi credencial de identidad como cristiana y que debo hacerlo no a mi modo, sino al estilo de Jesús; lejos del protagonismo que nos hace sentirnos indispensables y dueños, no misioneros y servidores de la comunidad.

Por algo Jesús ya nos ha puesto en aviso que cuando vuelva, llamará dichosos y benditos de su Padre a quienes han sido compasivos y solidarios con los necesitados: hambrientos, extranjeros, desnudos, encarcelados, enfermos. Convencida de que el camino que nos conduce hasta Dios es nuestro amor a los necesitados y de que solo el amor es lo que nos salva, comparto mis cinco panes y dos peces. Y aprovecho la oportunidad para invitar a todos los agentes de pastoral de nuestra Diócesis a vivir el mandamiento nuevo del amor, que es el camino y la señal para hacer creíble nuestra fe y respaldar nuestro servicio en medio de una realidad urgida de nuevas y buenas noticias.

Publicación en Impreso

Edición: 127
Sección: Pluma Invitada
Autor: Cashilda Ponce Guerrero, Servidora en la Parroquia de San Isidro

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