Cuando se comparte la vida, nace la esperanza

A 25 años del temblor del 19 de septiembre de 1985

El temblor del jueves 19 de septiembre de 1985 cambió la historia de Zapotlán. A las 7:19 de la mañana, un sismo de 8.1 grados de intensidad, en la escala de Richter, con una duración de más de dos minutos, rompió la aparente tranquilidad de sus habitantes y despertó la conciencia de cientos de familias, que integrados en grupos, decidieron afrontar los desastres de la tragedia, desde la organización y la solidaridad.

Recuperar la memoria histórica del suceso, así como de las experiencias y enseñanzas aprendidas en el proceso de reconstrucción nos exige conectar el pasado reciente con el presente y el futuro. Hoy, ante los desastres naturales y humanos cada vez más frecuentes y con devastadoras consecuencias, es urgente sacudir el conformismo individualista que permea en nuestro ambiente social y reanimar el compromiso solidario con los sectores económicamente empobrecidos y socialmente excluidos que son las principales víctimas.

El temblor dejó a Zapotlán convertido en un pueblo bombardeado. Los daños materiales fueron muchos, pero más lamentable fueron las pérdidas humanas. La tragedia provocó la muerte de 37 personas en la región y alrededor de 750 heridos. 5 mil 900 casas quedaron destruidas total o parcialmente. 23% de la población quedó damnificada. La Catedral, varios templos y algunos edificios de servicio público de la ciudad quedaron estructuralmente dañados.

Los dos primeros días fueron de dolor y luto. La tarea inmediata fue sepultar a los muertos y rescatar a los heridos atrapados bajo los escombros de sus casas “viejas” construidas con adobes y tejas. En los siguientes días, la falta de comida, techo, vestido, medicinas, hospitalización de los más de 20 mil siniestrados exigió respuestas inmediatas. Ante la acción tardía, lenta y falta de coordinación de las instancias gubernamentales tanto a nivel local, como estatal y federal, personas de la sociedad civil tomaron la iniciativa para enfrentar la desgracia.

El mismo día del temblor, muchas familias abrieron su hogar para que los siniestrados pasaran la noche. La casa del Seminario Mayor se convirtió en albergue; durante un mes hospedó a más de un centenar de familias que literalmente se quedaron en la calle. Y posteriormente, en centro de acopio de las ayudas provenientes de los pueblos de la región, de otras diócesis y del extranjero. En los primeros diez días se cocinaron entre 800 a mil raciones diarias de comida que se distribuían en los distintos albergues de la ciudad. Y durante seis meses, se repartieron alrededor de 2 mil despensas con productos básicos, así como ropa y medicina.

Al día siguiente, el señor obispo diocesano don Serafín Vásquez convocó a los sacerdotes de la ciudad para hacer un diagnóstico y análisis de la situación. Esta reunión, por los acuerdos tomados respecto a los pasos concretos a dar y los criterios a seguir ante la tragedia, fue trascendental en la labor solidaria implementada por la Diócesis. Dos cosas quedaron claras. Primero, que la emergencia exige acciones inmediatas, pero a corto plazo; no más de ocho días. Porque querer responder a las necesidades sólo con despensas, comidas, ropa, medicinas son ayudas que conducen a un asistencialismo, que convierte a la gente en objetos dependientes y no en sujetos que busquen por ellos mismos promover la solidaridad y la organización. Y la segunda, que la solidaridad de parte de la diócesis debería avocarse al proyecto de la reconstrucción de las viviendas, por ser una acción estructural y a largo plazo.

En consonancia con estos criterios asumidos, la Diócesis, como institución, se comprometió a compartir sus recursos humanos y materiales, sus saberes y experiencias para colaborar en el proyecto de reconstruir la ciudad. Así lo confirmó, Don Serafín en su mensaje escrito el viernes 20 de septiembre: “En medio de tanta desgracia, les anuncio que la Palabra del Señor es un grito de esperanza. Dios nos llama a trabajar de manera organizada y solidaria en la reconstrucción de lo que se ha destruido material y humanamente. Hermanos, guardémonos de buscar intereses individuales y beneficios para nuestras instituciones. ¡No aprovechemos el dolor humano para sacar ganancias! Lo que importa es el ser humano, el hombre que sufre pobreza extrema. Más importante que nuestro credo, que nuestro partido político, que nuestro prestigio, que nuestra ganancia… los seres humanos, que en estos días se encuentran destrozados por tantos sufrimientos, deben ser el centro de nuestra atención y preocupación”.

En este ambiente de dolor con olor a muerte, pero con sabor de esperanza, don Serafín invita a la comunidad a una Celebración Eucarística para orar por el eterno descanso de los muertos y alentar a sus familiares. A la semana siguiente, convoca a participar en una procesión presidida por la imagen de Señor San José, patrono y protector de Zapotlán. La peregrinación inició en Catedral y culminó con una concelebración eucarística en el Estadio Olímpico. Aquí, el pueblo renovó los juramentos hechos por sus antepasados a Señor san José del 22 de octubre de 1747 y del 25 de marzo de 1806. Don Serafín, en su homilía, llamó al pueblo de Zapotlán a revivir la esperanza y a expresar su fe en Cristo, siendo solidarios no sólo con los afectados por este temblor, sino con todos los hermanos por siglos maltratados por la pobreza y exclusión.

“En medio de tanta desgracia, les anuncio que la Palabra del Señor es un grito de esperanza. Dios nos llama a trabajar de manera organizada y solidaria en la reconstrucción de lo que se ha destruido material y humanamente. Hermanos, guardémonos de buscar intereses individuales y beneficios para nuestras instituciones. ¡No aprovechemos el dolor humano para sacar ganancias! Lo que importa es el ser humano, el hombre que sufre pobreza extrema. Más importante que nuestro credo, que nuestro partido político, que nuestro prestigio, que nuestra ganancia… los seres humanos, que en estos días se encuentran destrozados por tantos sufrimientos, deben ser el centro de nuestra atención y preocupación.”

2. De los escombros, brotó la solidaridad
El proceso de reconstrucción de la ciudad fue largo y difícil, pero sembrado de enseñanzas y esperanzas. La decisión de apostar por el modelo autogestivo y solidario, no de mera asistencia; la claridad para responder a la tragedia distinguiendo las fases de emergencia, rehabilitación, reconstrucción y prevención; y fundamentar todo el proceso en los ejes directrices de la solidaridad, organización, capacitación y reflexión de fe fueron los factores determinantes que facilitaron el camino en este proceso, que en cuatro etapas, logró la construcción de 2 mil 900 viviendas.

El estilo de organización fue la columna vertebral
En los primeros días después del temblor se convocó a los vecinos a formar grupos a nivel calle o barrio. Esta fue la primera instancia. El objetivo fue organizarse, primero para rescatar sus pertenencias, remover y retirar los escombros, buscar un lugar para vivir y programar algunas actividades para recabar fondos. Luego, su tarea fue tratar de resolver las necesidades de vivienda, salud, nutrición. Pero la intención de fondo de los asesores fue armar y consolidar, desde los barrios, una organización orientada por los principios de la solidaridad y participación que fuera el cimiento de un proyecto de reconstrucción autogestivo, solidario y promocional. En este tiempo, se logró conformar 70 grupos.

Más adelante, algunas personas de los grupos de barrio, empujados por la necesidad de adquirir mayor fuerza y articular mejor el trabajo de los barrios, vieron conveniente integrar, con representantes de los grupos de barrio, los comités de zona. Estos comités al compartir sus necesidades y demandas, al discutir los proyectos de vivienda y programar el trabajo de las faenas se convirtieron en espacios autónomos de encuentro y en escuelas donde se aprendió a poner en común los recursos y saberes, a reconocer sus valores y capacidades, y a descubrir la importancia de la participación frente a sus necesidades.

Con el tiempo, los asesores, ante la urgencia de tener una visión y una lectura más amplia, de fortalecer la solidaridad y canalizar sus demandas con mayor fuerza frente a la ciudadanía y las autoridades civiles vieron necesario crear un comité a nivel ciudad integrado con representantes elegidos por cada una de las zonas. Este comité, bautizado con el nombre de Comité Central de Damnificados (CCD), se encargó de programar las acciones, manifestaciones y los acontecimientos masivos, pero sobre todo, de promover los trabajos de manera conjunta a nivel ciudad y región, pues aparte de las nueve zonas de la ciudad, las comunidades de El Fresnito, El Rodeo, San Andrés y San Sebastián del Sur se integraron al proyecto.

Unido a los ejes directrices de la solidaridad y de la organización, el aspecto educativo y la reflexión de fe fueron trascendentales a lo largo del proceso. Por cuestiones de espacio, me concretaré a señalar algunos puntos. De entrada, admito que tuvimos muchos errores y que en el camino fuimos aclarando muchas cosas.

La solidaridad, la regla de oro
La experiencia nos enseñó que la solidaridad es la regla de oro y el eje fundamental de un modelo, que entiende las emergencias como oportunidades para promover la solidaridad y la organización del pueblo. Quedó claro que si se pierde el sentido solidario, todo lo demás no tiene sentido. Constatamos que frente a la tragedia y la pobreza, que siempre van juntas, en la fase de la emergencia, brota la fuerza de la solidaridad en los grupos y comunidades para llevar a los siniestrados -que viven una situación de angustia- pan, agua, ropa, medicamentos. Pero terminada la emergencia, generalmente desaparecen y vuelven a su vida ordinaria.

En nuestro caso, la opción preferencial por los pobres, se convirtió en el criterio fundamental. Desde esta perspectiva, definimos las líneas de acción con el objetivo de llegar y estar con los que nadie atiende. Por eso, nuestro apoyo no se enfocó en una acción para los pobres, sino en la tarea con y desde los pobres, donde ellos fueran los sujetos protagonistas en la respuesta a sus necesidades. Esta línea marcó la relación y el plan con las instancias e instituciones nacionales y extranjeras que se unieron al proyecto.

Respetar la cultura propia del pueblo y partir de las prácticas de solidaridad ya vividas por la comunidad como las faenas, el trueque, el trabajo común organizado, fue un acierto que aportó resultados positivos. Las faenas se convirtieron en la piedra de toque y en el factor dinamizador de la vida de los grupos, porque recrearon la organización interna y fueron el filtro para evaluar la calidad de los participantes. Quienes decidieron solidarizarse se quedaron; quienes pretendieron aprovecharse del grupo y del proyecto quedaron descartados. Estratégicamente la faena garantizó que la solidaridad no fuera una palabra hueca, sino una actitud traducida en acciones emprendidas por gente pobre que apostó por un trabajo colectivo, donde cada quien tenía para bien de todos.

Esta experiencia de solidaridad, manifestada en el proceso de autoconstrucción, cosechó frutos muy concretos. Pues además de la reconstrucción física de las viviendas, se dio la reconstrucción humana. La solidaridad educó a la organización. Los grupos se organizaron para aportar económicamente semana a semana, según sus propias posibilidades y se estableció la caja común que exigió una administración transparente. Se controló a los morosos que no querían trabajar y se despidió a quienes no cumplían con los criterios fijados por el grupo.

Las faenas hicieron posible que se tejieran nuevas relaciones humanas y se fortaleciera la vida interna de las familias. Pues a las faenas de trabajo durante los fines de semana participaron los papás y los hijos, los hermanos y familiares. El hecho de que los niños, adolescentes y jóvenes veían a sus papás participar en las reuniones y los acompañaban a las faenas, propició un nuevo modelo de familia, ya que se cultivaron los valores como el encuentro, la responsabilidad, la convivencia. Las celebraciones fueron signo de acción de gracias por el “milagro” del encuentro y el compartir.

Esta práctica de organización comunitaria fue educando a los grupos a saber tomar decisiones de manera democrática, desde las tareas más sencillas, como organizar una faena, hasta las decisiones trascendentales para la vida del grupo. Los integrantes de los grupos fueron recuperando su voz y su voto, impidiendo la manipulación. Esta experiencia de participación responsable llevó a que algunas personas de los grupos de vivienda fueran adquiriendo una autoridad moral, que luego más tarde, fueron elegidos para cargos públicos y funciones políticas.

La solidaridad fue una experiencia vivencial. El trabajo de autoconstrucción de las viviendas contó con la colaboración de otros grupos de la ciudad y por gente de las poblaciones cercanas. La asesoría de los vecinos de la colonia de Pro Vivienda Popular (PROVIPO) compartieron su experiencia de autoconstrucción vivida meses antes del temblor y se hicieron físicamente presentes en la defensa del terreno de los vecinos de la colonia 19 de septiembre. Así lo comenta el profesor Vicente Barreto: “El temblor nos dio la oportunidad de fortalecer nuestra organización compartiendo nuestra experiencia”. En la etapa inicial de la reconstrucción el apoyo de estos grupos para abrir zanjas y construir los cimientos de las casas fue valioso.

La solidaridad educa para el servicio. Ante la necesidad de contar con los servicios públicos de agua, luz y drenaje en su colonia y enfrentar sus necesidades referentes a la salud, nutrición, fuentes de trabajo, deporte… los grupos crearon nuevas comisiones que los relacionaron con otras personas del barrio, de la ciudad y de la región para iniciar experiencias de organizaciones básicas, que aún siguen vivas, aunque no con la misma fuerza. Fue una experiencia que generó un proceso envolvente e integral, pues además de los grupos de vivienda, se integraron grupos de salud y nutrición, cooperativas de ahorro y crédito, de producción y consumo.

En este caminar, el llamado fondo revolvente fue más fácil de organizar. Este fondo es el dinero que los grupos recibieron para iniciar su pie de casa o para arrancar un proyecto de trabajo comunitario y productivo con lo mínimo indispensable. Se le llamó revolvente porque el grupo que recibía esta ayuda económica asumía el compromiso de administrarlo con transparencia y devolverlo para apoyar o ampliar otros proyectos alternativos creando talleres productivos. El espíritu de esta forma de ayuda está en el criterio de dar solidaridad y contar con un apoyo económico al servicio de la comunidad, con la conscientes de quien recibe ayuda, tiene que corresponder solidarizándose con los que pasan necesidad.

Este criterio dejó muchas enseñanzas prácticas en la vida de los grupos. Porque cuando alguien sufría una desgracia y no tenía dinero para pagar los gastos de hospitalización o del sepelio, por citar casos más frecuentes, se le apoyaba con el dinero del fondo. La recuperación del fondo revolvente fue la medida que determinó la proyección de los siguientes pasos de la reconstrucción. Pues las buenas intenciones chocaron con actitudes individualistas. Uno de los grandes problemas fue que muchas familias, una vez que recibieron la ayuda del fondo revolvente, se retiraron diciendo que el dinero había sido regalado y no tenían obligación de devolverlo. Con este argumento, se retiraron de la organización.

Desde el inicio se decidió que el fondo revolvente no fuera administrado por nosotros, personas ligadas a la iglesia, sino que lo hicieran los mismos beneficiados dentro de sus grupos. Y esta decisión se basó en dos razones fuertes: primero, respetar el proceso educativo de los grupos, pues el objetivo central era la promoción de la subjetividad y no crear dependencia. Y la segunda, confirmar nuestro testimonio como promotores de solidaridad y organización, no de avales que buscan “sacarse la foto” y aprovechar de la tragedia para enriquecerse.

Un asunto central fueron los principios que guiaron la administración económica. Don Serafín, en las dos primeras etapas, delegó la administración de los fondos económicos a la Asociación Civil “Vivienda y Promoción Cultural”. Después se clausuró esta asociación y se fundó Netlacaneco A.C, palabra náhuatl que significa “humanizar el querer de la gente”. Desde la tercera etapa de reconstrucción fue la responsable de administrar los fondos económicos en base a los siguientes cuatro principios: Uno, que el modelo de administración técnica y económica fuera un apoyo a la educación, a la autoconstrucción y al proceso integral de los grupos. Dos, que la administración fuera eficiente y transparente, es decir, que la construcción de las viviendas fuera de calidad y a bajo costo. Tres, evitar la burocracia para ahorrar e invertir más en la construcción que en la nómina. Y cuatro, evaluar continuamente el proceso para adaptar la administración a las nuevas exigencias.

Substancial fue la solidaridad internacional. En los días posteriores al temblor, tuvimos la visita de varios representantes de fundaciones extranjeras que llegaron para sumarse al proyecto de reconstrucción. El apoyo de Cáritas de Suiza, Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Dinamarca y España, las organizaciones Catholic Relief Services, Horizontes para la amistad, Cruz Roja de Suiza, Desarrollo y Paz, entre las principales, fue valioso. Se sumaron al proyecto respetando los principios y criterios acordados. Su ayuda siempre exigió la elaboración por escrito de los proyectos de los grupos y transparencia en la administración.

La formación, tarea indispensable
La formación de las personas para que sean sujetos capaces y convencidos de iniciar y desarrollar procesos autogestivos y solidarios desde su comunidad, con conciencia comunitaria y actitud de servicio fue y sigue siendo la tarea primordial que debe atravesar y permear todo proyecto que se comprometa a responder a las emergencias clarificando las causas históricas y estructurales que las provocan. Esta tarea exige un constante análisis de la realidad que ofrezca diagnósticos claros y precisos para descubrir los escenarios y los actores que van condicionando el modelo de país. Requiere la capacitación continua y sistemática de los agentes, de manera especial, en la gestión de riesgo que permite convertir las amenazas y los factores de vulnerabilidad en oportunidades de cambio y, algo fundamental, el intercambio de experiencias.

La mística, sangre del proceso
Debo señalar que todo el trabajo que se está haciendo en nuestra Diócesis es gracias a la participación de mucha gente que colabora compartiendo su tiempo, su trabajo y capacidades sin ningún interés de sueldo, poder o prestigio, sino como respuesta a su vocación de servicio a su comunidad y desde su fe en Cristo. Una fe que expresan con acciones que encierran una actitud de vida que lucha por una vida digna para todos y todas. Ver la realidad con los ojos de la fe para descubrir los signos de los tiempos, los ha llevado a descubrir, en los rostros de los pobres y excluidos de la sociedad, el rostro y el paso de Dios entre nuestra historia. Los temas de reflexión, los momentos de oración, los retiros espirituales, las celebraciones han sido “la sangre” que ha vitalizado y fortalecido el compromiso cristiano de seguir el camino de Jesús, siendo una buena noticia de esperanza en medio de una sociedad que vive encandilada por el dinero y el afán de bienestar, sumergida en el individualismo, la insensibilidad social y el fatalismo.


3. Con los escombros, se construyeron sueños

¿Qué pasó con las experiencias que nacieron? ¿Cuáles son las enseñanzas y los retos ante las nuevas situaciones que estamos viviendo? Son preguntas que se imponen al hacer memoria del temblor de 1985.

Jesús Gutiérrez, Coordinador Diocesano de Organizaciones Básicas señala que la invitación a integrar a familias a poner en común sus recursos y bienes, para continuar proyectos de autoconstrucción sigue vigente. “Fruto de este proceso iniciado después del temblor fue la consolidación de la red de vivienda `Esperanza de los pobres` que integró a más de 600 familias, excluidas de los programas privados y gubernamentales de vivienda, porque tienen sueldos equivalentes a dos salarios mínimos. La necesidad de una vivienda digna, aquí en Ciudad Guzmán, es una demanda. Por eso seguimos trabajando para hacer realidad el sueño de que los esfuerzos por construir una vivienda nueva comprometan a construir familias dignas y una sociedad nueva donde se respeten los derechos humanos, pues el reto es reconstruir el tejido social”, afirmó Jesús, mejor conocido como “El Seco”.

Otro fruto fue el apoyo en la reconstrucción del 75% de las 126 viviendas destruidas por el sismo del 21 de enero de 2003, en Zapotitlán de Vadillo, población ubicada en la región sur del Estado, en la zona tras volcánica, en el límite con el estado de Colima.

El hecho de que seguimos caminando en este modelo, es nuestra búsqueda por responder a la situación de empobrecimiento y al deterioro ecológico en el nivel de asistencia, de la promoción humana y el de la transformación social, en vistas a construir una sociedad nueva decidida a transformar las estructuras.

Hoy, ante los efectos del cambio climático que está provocando más y mayores desastres, como estamos palpando en los recientes huracanes en Monterrey, Veracruz, Tabasco, Puebla, Chiapas, Quintana Roo y la posibilidad de nuevos sismos, unido a un empobrecimiento en todos los niveles, un reto es tener la cultura de la prevención para saber convivir con los fenómenos naturales.

Pero, el reto primordial es atacar de raíz la situación de pobreza que es la catástrofe de todas las catástrofes, teniendo como recurso indispensable recoger las experiencias y enseñanzas en vistas a enriquecer el método de trabajo, donde el pueblo sea sujeto y no objeto de limosnas.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 104
Autores: P. Salvador Urteaga
Sección de Impreso:

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