Acteal, una herida viva

El 22 de diciembre de 1997 fueron masacrados en Acteal, Municipio de Ch’enalho’, Chiapas 45 indígenas tsotsiles que estaban en una jornada de ayuno y oración por la paz. En los meses previos, los paramilitares que tenían su asiento en la comunidad de Los Chorros asolaban las comunidades: quemaban las viviendas, robaban el ganado, las aves domésticas, disparaban, asaltaban. Por esta razón, en las comunidades de los Municipios de Ch’enalho’, San Andrés Larráinzar y Simojovel, se dio un gran número de desplazados. Esto formó parte del Plan de contra-insurgencia que implementaron el entonces Presidente Ernesto Zedillo, Gobernación y el Ejército Federal.

En el Municipio de Ch’enalho’ llegaron a ser 12 mil indígenas desplazados, buscaban refugio en otras comunidades para protegerse. Este fue el caso de los indígenas desplazados en Acteal en 1997. Mientras la CONAI (Comisión Nacional de Intermediación), encabezada por Don Samuel Ruíz hacía labor de búsqueda de la paz entre el EZLN y el Gobierno Federal en San Andrés Larrainzar, al mismo tiempo el Gobierno lanzaba su plan de contra-insurgencia ya descrito arriba. El objetivo era quitarle base social al EZLN. Esta es la principal razón por la que no se ha querido hacer justicia contra los agresores de los indígenas.

Han pasado catorce años de aquella terrible masacre que conmovió la conciencia del mundo, y todavía no se hace justicia ni se lleva ante los tribunales a todos los autores intelectuales y materiales de este magno homicidio. Por esta razón los familiares de las víctimas exigen aún que se apliquen el Derecho y la justicia.

La masacre en Acteal de 45 indígenas tsotsiles, verdaderos mártires que ofrendaron sus vidas rezando por la paz, ha quedado grabada en la conciencia de muchos cristianos, Iglesias, organizaciones y en muchos países. Acteal representa una muestra del ejercicio de la Memoria contra el olvido.

Acteal, dura enseñanza para la humanidad

Fue tan horrible la masacre de Acteal, al analizarla en sus detalles, en cómo se preparó y fue ejecutada, que bien quisiéramos un México sin Acteal, sin embargo se mantiene como una muestra de lo que no debe hacer la humanidad. Es algo de lo que deben avergonzarse el Gobierno de México y su Ejército. Y sin embargo, Acteal existe como memoria subversiva.

A una orilla de la carretera que conduce de San Cristóbal de Las Casas a Acteal, arriba de donde se encuentra la ermita de los mártires, está un monumento en memoria de los masacrados. Se llama “Columna de la infamia”. Ahí están esculpidos en bronce los cuerpos desgarrados, rotos, aterrorizados de los indígenas; ahí están sus miradas llenas de terror, sus rostros desencajados por el pánico, sus dorsos desnudos y retorcidos por el dolor. Es un cuadro apocalíptico, es una estampa congelada de lo que pasó en Acteal que no se olvida. Y ahí está precisamente la enseñanza: que sea un crimen que no se va a olvidar nunca de la memoria. Han pasado catorce años y el recuerdo sigue vivo. En este aniversario, el 22 de diciembre pasado, hubo una peregrinación desde San Cristóbal de Las Casas a Acteal, organizada por las Comunidades Eclesiales de Base de San Cristóbal de Las Casas; hicieron catorce horas de camino para testimoniar su repudio a esta acción y para celebrar la fe en la Resurrección de estos hermanos.

Acteal: utopía y esperanza

Quienes participamos año con año en la celebración del 22 de diciembre en Acteal, percibimos ahí una fuerza mayor. Es la esperanza contra toda esperanza; es la lucha digna de un pueblo pobre indígena; es la fe inquebrantable en la resurrección de sus hermanos masacrados; es la paz y el gozo del testimonio supremo de derramar su sangre, impulsado por la fe; es la fuerza de la “Sociedad civil Las Abejas”; es el compartir la propia historia para alimentar otras historias y otros caminares.

Quien va a Acteal, regresa transformado. Al final –y contra toda lógica- los mártires de Acteal son un regalo para el mundo. Ellos han mostrado que se puede luchar por la paz empleando medios pacíficos y no violentos. Ellos, los indígenas tsotsiles, pusieron su sangre para lograr la paz. La semilla está puesta y seguramente dará fruto.

En este México sumido en la violencia, en los asesinatos, secuestros, “levantados”, necesitamos abrir otros caminos para construir la paz. El testimonio de los mártires de Acteal nos puede inspirar.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 115
Autores: p. Juan Manuel Hurtado López.
Sección de Impreso: Ventana desde la fe

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