¿Qué celebramos?

Reflexiones sobre el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución

Intentando hacer a un lado las posturas extremas sobre el bicentenario del comienzo de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, estos acontecimientos pueden ser un buen momento de reflexión colectiva que nos deje un poco más que la fiesta y los actos gubernamentales en torno a estas celebraciones.

Frente a la celebración del bicentenario del comienzo de la Independencia de México y el centenario del comienzo de la Revolución Mexicana, podemos encontrar dos posturas completamente opuestas: la primera es una posición extraordinariamente complaciente, que piensa que el país va viento en popa y que esta fecha es el pretexto de muchas fiestas y un enorme «puente» vacacional. De forma acrítica se habla de México como una nación independiente y en vías de desarrollo, que pronto superará todos sus problemas y rezagos sociales. La otra postura propone que no hay nada que celebrar, que es un evento que utilizará la clase política del país como factor de distracción y que las causas que originaron estos dos grandes movimientos sociales armados, siguen sin resolverse. Para los que abanderan esta posición no hay avances sustantivos y estamos igual o peor que en 1810 y 1910.

Intentando hacer a un lado las posturas extremas sobre este acontecimiento, el bicentenario de la Independencia puede ser un buen momento de reflexión colectiva que nos deje un poco más que la fiesta y los actos gubernamentales en torno a esta celebración. Desde mi perspectiva podríamos enfocar esta reflexión en torno a los siguientes tópicos:

Recuperar los grandes pendientes
En 1810 había una pobreza extendida y sistemática en gran parte de la población, persistía la esclavitud, la gran mayoría de las personas no disfrutaba de lo que ahora llamamos derechos sociales (salud, educación, libertad de expresión), no había democracia y había una profunda desigualdad social. No se contemplaban los derechos de los grupos más vulnerables como las mujeres, los pueblos indígenas y vivíamos dependientes económica y culturalmente de la Corona Española.

Si comparamos la situación general de aquel momento con lo que estamos viviendo después de 200 años, la mitad de la población de este país sigue estando en condiciones de pobreza de acuerdo a las cifras del organismo encargado para su medición (CONEVAL), la vigencia y el pleno respeto de los derechos humanos aún es una agenda pendiente; pero no sólo eso, en los últimos años hemos sido testigos del recrudecimiento de las violaciones a los derechos y actos de represión de parte del gobierno a dirigentes sociales, periodistas y defensores de los derechos humanos.

La democracia mexicana aún es muy precaria, no está consolidada y no ha servido para que otros problemas sociales se resuelvan. Nos mantenemos en un modelo mínimo de democracia representativa y no hemos transitado a formas de democracias más avanzadas como las llamadas democracias participativas y deliberativas. Se mantiene la desigualdad social y la brecha entre los ricos y los pobres se sigue ensanchando, es más, México es catalogado como el país más desigual en América Latina, situación que no sólo provoca enormes diferencias en el ingreso, sino que se traduce en marginación y exclusión social.

Analizar los propósitos de los movimientos sociales de aquel momento
En las celebraciones oficiales se está recreando lo que el historiador Luis González denomina la «historia de bronce», que se caracteriza por emular a las grandes figuras, exaltando en demasía sus virtudes y debilidades personales y explicando la historia a partir de sus actuaciones. Este tipo de historia suele dejar a un lado las explicaciones de los fenómenos sociales desde una mirada más colectiva y recuperando el contexto social. Finalmente ni Morelos, ni Hidalgo, ni Zapata, ni Madero, eran por sí mismos los revolucionarios o independentistas, más bien representan las demandas de grandes movimientos sociales, que en un determinado contexto, exigen cambios en la sociedad.

Uno de los puntos de reflexión que propongo, es precisamente la necesidad de caracterizar y recuperar las demandas y la actuación de estos grandes movimientos sociales, que expresan de mejor manera lo que fue la guerra de Independencia y la Revolución. Una de las similitudes de estos dos sucesos, es que ambos movimientos sociales armados fueron fundamentalmente campesinos. Fue desde el mundo rural donde brotó la insurrección y en los dos casos la búsqueda de mejores condiciones en el campo ha sido una demanda sustantiva desde hace 200 años. Ahora con el abandono que tiene el mundo rural, que por lo menos data de hace treinta años, parece que se repite este fenómeno.

En los dos movimientos armados había grupos que representaban las demandas de los derechos políticos (Hidalgo en la Independencia y Madero en la Revolución) y otros que pedían los derechos sociales (Morelos en la Independencia y Zapata en la Revolución). Esto se puede ver reflejado en actos y documentos. Mientras que Hidalgo proclama la abolición de la esclavitud el 6 de diciembre de 1810 en la ciudad de Guadalajara, Morelos crea la Constitución de Apatzingán en 1814, que desarrolla una serie de derechos sociales, que para su época representaban una propuesta de vanguardia. Sólo por citar el artículo 4o. que habla de la soberanía: «Como el gobierno no se instituye para honra o interés particular de ninguna familia, de ningún hombre ni clase de hombres; sino para la protección y seguridad general de todos los ciudadanos, unidos voluntariamente en sociedad, éstos tienen derecho incontestable a establecer el gobierno que más les convenga, alterarlo, modificarlo, y abolirlo totalmente, cuando su felicidad lo requiera».

En el caso de la Revolución, el Plan de San Luis que enarbola Francisco I. Madero y con el cual inicia este proceso revolucionario, es un documento que busca fundamentalmente la restitución de derechos políticos y la no-reelección. El Plan de Ayala, que surge a partir del zapatismo en 1911, primero desconoce a Madero como un interlocutor válido, suscribe las demandas del Plan de San Luis y añade derechos sociales, por ejemplo en el apartado séptimo se puede leer que: «En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas, por esta causa se expropiarán, previa indemnización de la tercera parte de esos monopolios a los poderosos propietarios de ellas, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos, o campos de sembradura o de labor, y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos».

Ver la Independencia y la Revolución desde esta óptica resulta muy provechoso, ya que ayuda a comprender las causas y los objetivos que perseguían las personas que se había levantado en armas.

Reflexionar el porqué de los procesos inconclusos
Otro de los asuntos nodales en esta reflexión es desentrañar las razones por las cuales los ideales propuestos en la Independencia y la Revolución no fueron alcanzados. No sólo es un problema de los últimos gobiernos, es más, ni siquiera de la clase política mexicana de las últimas décadas, este proceso frustrado tiene antecedentes históricos que en cada etapa se han consolidado, para no dejar que esta Nación efectivamente se enfile en un proceso de desarrollo más armónico y equitativo.

Las lógicas del desarrollo del capitalismo (y el mercantilismo) aunadas a una profunda tradición autoritaria, son dos componentes sin los cuales son inexplicables esta falta de avances. Ninguno de estos movimientos armados lograron transformar de raíz las relaciones de explotación capitalista y de dominación. Es cierto que atemperaron sus peores efectos y «humanizaron» sus métodos, sin embargo este país nunca modificó de fondo las relaciones de explotación y dominación, que por lo que parece, cada cien años vuelven a generar grandes crisis sociales. Estas relaciones han tenido a lo largo de estos 200 años distintas caras, pero en el fondo son las mismas. Habrá que pensar en el contexto local cómo estas formas de relación se siguen reproduciendo y siguen provocando enormes problemas sociales.

Pasar de la independencia a la autonomía
En el momento presente creo que es mejor hablar de autonomía que de independencia. Los Pueblos Indígenas, que siempre han estado presentes en estos movimientos emancipatorios, desde hace más de una década nos proponen reflexionar, dialogar y llevar a cabo la autonomía, entendida como la autodeterminación y la capacidad de decidir sobre su vida, sus formas de organizarse y sobre cómo utilizar el territorio que les pertenece. No se trata de aislarse, ni tampoco de no tomar de los demás las cosas buenas que tienen, se trata de que la última palabra sobre la vida de una comunidad la tenga esa comunidad, sin presiones ni coerciones del capital, ni de la clase política, ni de ninguna otra fuerza exterior que quiera imponer sus condiciones, so pretexto de que hagan «lo que es mejor» para ese colectivo.

La autonomía no se enseña, se ejerce. No hay recetas para ser autónomos, es simplemente empezar a actuar acorde a lo que cada comunidad quiera hacer de sí misma y donde se conjugue el bien común y el bien de las personas en su individualidad.

Con estas breves reflexiones podemos empezar un valioso debate en torno al bicentenario y el centenario que estamos a punto de celebrar.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 104
Autores: Jorge Rocha
Sección de Impreso: A tiempo con el tiempo

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