El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el domingo de La Sagrada Familia 2017

Formar para la misión

Textos: Gn 15, 1-6; 21, 1-3; Hb 11, 8. 11-12. 17-19; Lc 2, 22-40.

La Sagrada Familia B 18

Hoy celebramos a la Sagrada Familia de Jesús, que es modelo para la vida de nuestras familias. Damos gracias a Dios con la Eucaristía dominical porque nos dio a su Hijo, quien nació, creció y fue educado en la Familia de Nazaret. José y María eran creyentes en Dios, estaban entre los pobres de Yahvé que esperaban la llegada del Mesías. A ellos los llamó el Señor, primero a María y después a José, para que se hicieran cargo de su Hijo y les pidió que le pusieran el nombre de Jesús, porque su misión era salvar a la humanidad. Jesús significa Dios salva.

A este Jesús festejamos estos días en nuestra comunidad parroquial como Santo Niño Milagroso. Es Jesús de Nazaret, a quien José y María llevaron a Jerusalén para presentarlo y consagrarlo al Señor. Ellos eran pobres, como la mayoría de las familias de nuestra parroquia. Eran creyentes en Dios, escuchaban su palabra, trabajaban para ganar el pan del día, se reunían con sus vecinos en la sinagoga, buscaban la manera de salir adelante en sus dificultades. Esto nos ayuda a pensar en nuestras propias familias y en lo que tenemos que vivir para ser familias de creyentes en Dios, formadoras de discípulos misioneros de Jesús y de ciudadanos comprometidos con la Sociedad civil.

José y María llevaron a Jesús al templo. También llevaban su ofrenda: dos pichones, porque eran pobres. Aunque la ofrenda principal era su Hijo. A Él, por ser el primogénito, se lo iban a consagrar al Señor. Con nosotros no es solamente el primero de los hijos el que se le consagra a Dios sino todos; por el Bautismo quedamos constituidos en hijos suyos y en miembros de la Iglesia en la propia comunidad parroquial. Somos consagrados como profetas, sacerdotes y reyes.

En la presentación de Jesús, José y María se llevaron varias sorpresas. Una fue la oración agradecida que el anciano Simeón le dirigió a Dios, porque le había cumplido la promesa de ver al Salvador antes de morir; él lo reconoció como la luz que ilumina a todos los pueblos y gloria de Israel. Jesús es nuestra luz. Cada familia de creyentes en Jesús tiene la responsabilidad de caminar en su vida iluminándose con Jesús, comenzando por los papás o la mamá soltera; esto implica vivir el encuentro con Él en la oración, los sacramentos, la vida de la comunidad y sobre todo en los evangelios. ¿Cuánto tiempo dedicamos en nuestras familias a encontrarnos con Jesús?

Otra sorpresa fue el anuncio que Simeón hizo a María. Jesús iba a tener dificultades en su vida y misión, iba a ser signo de contradicción, iba a ser motivo de sufrimiento para ella. Así pasó: tuvieron que huir a Egipto para protegerlo de la tiranía de Herodes; María fue testigo de muchas habladas en contra de Jesús, de confrontaciones con las autoridades religiosas, de intentos de asesinato, de su Pasión y muerte en la cruz. Cuando alguien se compromete con la comunidad, con su pueblo, cuando alguien lucha por la justicia y los derechos humanos y de la Creación, tiene dificultades. Para esto también tienen que formar las familias a sus miembros.

Otra sorpresa fueron las palabras de Ana, quien hablaba a todos los presentes del Niño y de que se acercaba la liberación de todas las opresiones.

Después de celebrar esta Eucaristía y alimentados por el Cuerpo y la Sangre de Jesús, volvamos a nuestras casas y a nuestra comunidad, a seguir con la vida familiar, a continuar la formación de todos sus miembros para el servicio a la comunidad y para el bien común de la sociedad. Así sucedió con la Sagrada Familia, donde Jesús iba creciendo y fortaleciéndose para la misión.

31 de diciembre de 2017

Esta entrada fue publicada el 31 de diciembre de 2017 a las 10:37 am en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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