Homilía para el domingo de la Ascensión del Señor 2022

Antes de partir, Jesús pidió a sus discípulos y discípulas ser sus testigos por todo el mundo. Para esto no los dejó solos a su suerte y a ver qué hacían, sino que les prometió el Espíritu Santo como guía y sostén.

Ser testigos de Jesús

Textos: Hch 1, 1-11; Hb 9, 24-28; 10, 19-23; Lc 24, 46-53

Los textos bíblicos de hoy nos dan testimonio del regreso de Jesús a su Padre después de haber realizado con fidelidad su misión. También nos recuerdan que, antes de partir, pidió a sus discípulos y discípulas ser sus testigos por todo el mundo. Para esto no los dejó solos a su suerte y a ver qué hacían, sino que les prometió el Espíritu Santo como guía y sostén.

Después de resucitar, Jesús siguió conviviendo con sus discípulos y preparándolos para que continuaran la misión realizada por Él: anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Durante cuarenta días les estuvo hablando del Reino de Dios, como dice el autor de Hechos de los Apóstoles. En ese tiempo varias veces les ayudó a caer en la cuenta de que lo que le había sucedido con su Pasión y Resurrección estaba anunciado por los profetas; así había hecho con los discípulos de Emaús durante la tarde del día de su Resurrección. Al final se quedó con ellos en su corazón y volvieron a la comunidad para compartir su experiencia.

El hecho de encontrarnos con el Resucitado domingo a domingo no es para quedarnos a gusto, sin hacer nada, satisfechos con que ya asistimos a la Misa, sino que es para llenarnos de Él y, con alegría, regresar a la comunidad para dar testimonio de que vive. Fue lo que pidió a sus discípulos, porque ellos eran testigos de su muerte y resurrección. Un buen testigo habla de lo que conoce, de lo que vio y escuchó, de lo que le consta. Ellos lo escucharon durante tres años hablar del Reino de Dios, lo vieron curar enfermos, resucitar muertos, perdonar pecados, multiplicar los panes y los pescados, expulsar demonios, enfrentarse a las autoridades religiosas; lo escucharon cuando los corrigió porque querían ser el más importante entre ellos, experimentaron su servicio cuando les lavó los pies; lo vieron muerto en la cruz y sepultado; y también convivieron con Él después de su Resurrección. Por eso les dijo que eran testigos de todo eso y que debían dar su testimonio por dondequiera, hasta los últimos rincones de la tierra. Lo mismo nos pide a nosotros hoy, que nos encontramos cada ocho días con Él: que seamos sus testigos hasta los últimos rincones de nuestras comunidades, de nuestros barrios y colonias, de nuestra ciudad.

Para que se pudieran mantener en la misión de ser sus testigos les prometió el Espíritu Santo. Les dijo que los llenaría de fortaleza. El Espíritu Santo sostiene, anima, fortalece, como hizo con el mismo Jesús. Él lo fue conduciendo desde el inicio de su misión y lo sostuvo en las buenas y en las malas, hasta morir en la cruz. Pero también Jesús se abrió a su acción, lo dejó entrar en su vida, le hizo caso, se dejó conducir por Él y así dio testimonio de su Padre y de la vida nueva que ofrecía no sólo a sus discípulos sino a toda la humanidad.

Sus primeros discípulos abrieron su corazón al Espíritu Santo, lo recibieron en Pentecostés y, dejándose conducir por Él, salieron a la misión, comenzando en Jerusalén; ahí animaron la vida de las primeras comunidades cristianas, nacieron muchos ministerios, fueron perseguidos, llevaron el Evangelio a otros lugares y dieron testimonio de Jesús hasta la entrega de su vida. El Espíritu del Señor los condujo y los sostuvo hasta el final, como les prometió Jesús. Así nos tenemos que abrir hoy a su acción para ser testigos de Jesús.

29 de mayo de 2022

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