El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 28º domingo ordinario 2018

Vender los bienes y ser solidarios

Textos: Sb 7, 7-11; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30

La Carta a los Hebreos dice que la Palabra de Dios es más penetrante que una espada de dos filos y que descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Fue lo que le sucedió al joven que le salió a Jesús en el camino. A ver si no nos pasa lo mismo a nosotros, que nos hemos reunido para la celebración dominical de la Eucaristía.

El joven llegó corriendo hasta Jesús para preguntarle sobre lo que tenía que hacer para ganar la vida eterna. Lo que hizo Jesús fue recordarle los mandamientos, que él se sabía de memoria. Solamente le dijo los que van en relación a vivir el amor al prójimo: no matar, no cometer adulterio, no robar, no levantar falsos, no “fraudear”, honrar a los papás. Se le llenó la cara de alegría –y yo creo que hasta de soberbia– porque los había cumplido desde pequeño. Pero esa era solamente la base. Venía lo bueno, la propuesta de Jesús en base al cumplimiento de los mandamientos. Nosotros también nos sabemos los mandamientos de memoria, pero ¿los estamos viviendo?

San Marcos dice que enseguida, Jesús lo miró con amor, como diciéndole: “No te alegres, porque ahí te va lo bueno”, y esperando la reacción del muchacho. Sobre la base de los mandamientos, que ya vivía, le pidió que vendiera todos sus bienes –todos, no unos cuántos– y el dinero se lo diera a los pobres. La riqueza produce pobreza. El hecho de que haya pobres es consecuencia de la injusta distribución de los bienes, porque en nuestro mundo la gran mayoría viven en la pobreza y la miseria y una pequeña minoría vive en la abundancia. Lo que le pidió Jesús al joven fue devolver a los pobres lo que les había quitado, que se convirtiera a ellos, que viviera la solidaridad; con eso tendría un tesoro en el cielo. O sea que no basta con cumplir los mandamientos para ser buenos bautizados. Es necesario vivir la solidaridad con los empobrecidos.

El joven se puso triste, agachó la cabeza, dio media vuelta y se fue con pesar. Se le acabó su cara de alegría y de soberbia, se le acabó su inquietud por alcanzar la vida eterna. Me imagino que ha de haber pensado: “¿Para qué le pregunté? Mejor ni le hubiera preguntado”. La propuesta de Jesús le descubrió sus pensamientos y su corazón, le echó abajo su proyecto de vida. Y es que estaba apegado a sus bienes. No era libre, el dinero lo tenía esclavizado y no se pensaba deshacer de él, mucho menos compartirlo con los pobres. ¿No estaremos nosotros así, también esclavizados, pensando solamente en el dinero, en cómo hacer más, desentendidos de los pobres y cerrados a vivir la solidaridad con ellos? ¿No nos desnuda también a nosotros la Palabra de Dios?

Sobre la base de vivir los mandamientos, el desprendimiento de sus bienes y compartir el dinero con los pobres, vino la invitación de Jesús al joven a que lo siguiera. Pero decidió retirarse. Por eso el comentario de Jesús sobre lo difícil que es para los ricos entrar en el Reino de Dios, porque tienen apegado su corazón al dinero y son los que sostienen las desigualdades económicas.

Así es que no pensemos que con cumplir los mandamientos ya estamos siendo buenos cristianos. Esa es la base mínima. Es necesario el despego de los bienes materiales y la solidaridad con los pobres para tener un tesoro en el cielo y comenzar el seguimiento a Jesús en su camino, el cual va a dar hasta la cruz. Preparémonos a recibirlo sacramentalmente en la Comunión para fortalecer nuestro compromiso de dejar todo para seguirlo, como los apóstoles. Pidamos a Dios su espíritu de sabiduría para comprender la propuesta de Jesús, discernir lo que debemos hacer en relación a los bienes materiales y la solidaridad, y decidirnos a vivir la experiencia de seguimiento a Jesús.

14 de octubre de 2018

Esta entrada fue publicada el 14 de octubre de 2018 a las 9:10 am en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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