El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 27º domingo ordinario 2018

Ser una sola carne

Textos: Gn 2, 18-24; Hb 2, 8-11; Mc 10, 2-16

El evangelio nos ofrece hoy dos temas para nuestra reflexión y preparación para recibir a Jesús en la Comunión. Nos habla del proyecto del matrimonio y del cuidado de los niños y niñas para que se encuentren con Jesús, dos tareas a fortalecer en las familias y en nuestra comunidad parroquial.

Unos fariseos preguntaron a Jesús sobre el divorcio, no para consultarlo o aclarar una duda, sino para ponerlo a prueba. La pregunta fue si le era lícito a un hombre divorciarse de su esposa. No le preguntaron si a una mujer le estaba permitido. Esto refleja la mentalidad y práctica machista en tiempos de Jesús. Lo que hizo fue devolverlos a lo que decía la ley, algo que ellos conocían muy bien. De hecho, le respondieron que Moisés les había permitido el divorcio y que el hombre lo podía hacer, dándole un acta a la mujer; ella no lo podía hacer.

Jesús les aclaró dos cosas: una, que eso lo permitió Moisés por lo cerrado que tenían el corazón, no porque así debiera ser. Cuando se toma bien la decisión del matrimonio, el corazón tiene que estar bien abierto a la otra persona y buscar su felicidad. La otra cosa fue aclararles el proyecto original de Dios, que escuchamos en la primera lectura: “serán los dos una sola carne”. No dos personas, dos proyectos, sino una sola, un solo proyecto por el cual luchar, en el cual realizarse ambos. Eso es lo que significa una sola carne; no se trata únicamente de la unión carnal sino la comunión de los dos. Esto se tiene que tener bien claro antes de tomar la decisión de casarse y una tarea de las familias y de la comunidad es formar la conciencia de niños y adolescentes.

En nuestros días hay una expresión muy común, dicha por muchos jóvenes que dan el paso a la vida conyugal, independientemente de si es en la unión libre, el matrimonio civil o el matrimonio religioso: “si nos entendemos, bueno; y si no, no separamos y cada quien por su lado”. Esto refleja que no se tiene bien asimilado que el proyecto del matrimonio es algo permanente, es algo que hay que defender y por lo cual luchar día a día. Cuando se dice esto, es porque no hay la certeza de asumir un proyecto de por vida y la experiencia casi siempre termina en el fracaso, las agresiones, las separaciones, el divorcio, la frustración. No se logra experimentar el ser una sola carne, no se alcanza la comunión de corazones. Por tratarse de dos bautizados, tendrían que tener conciencia clara del proyecto del matrimonio diseñado por Dios desde el comienzo de la humanidad.

Después de tratar el asunto sobre el matrimonio y el divorcio, le llevaron a Jesús unos niños para que los tocara y bendijera. Al ver que los discípulos impedían que se diera este encuentro, Jesús se enojó y les pidió que no se lo impidieran. Es más, les puso como ejemplo a los niños si querían entrar en el Reino de Dios, porque solamente quienes son como ellos lo pueden hacer. Es común que los mayores: los papás, los adultos, incluso de “los de adentro” en la Iglesia, les impidamos a los niños, niñas y adolescentes encontrarse con Jesús, porque no les damos buen testimonio, porque no les hablamos de Él, porque no les ayudamos a participar en la vida comunitaria, porque no leemos el evangelio con ellos. Al vivir así, hacemos lo mismo que los discípulos y nuestra tarea, asumida en el Bautismo consiste en acompañarlos en su proceso de fe, caminar junto con ellos en la vida cristiana, y esto no es responsabilidad sólo de catequistas sino de toda la comunidad.

Preparémonos a recibir sacramentalmente a Jesús en la Comunión, que nos fortalece para trabajar en las familias y los barrios la preparación de quienes un día asumirán la vida matrimonial, para que lo hagan conscientes del proyecto diseñado por Dios de ser una sola carne.

7 de octubre de 2018

Esta entrada fue publicada el 07 de octubre de 2018 a las 6:54 am en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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