El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 2° domingo de Adviento 2018

Aprender del Bautista

Textos: Bar 5, 1-9; Flp 1, 4-6. 8-11; Lc 3, 1-6

En este segundo domingo de Adviento, el texto del Evangelio nos ofrece el comienzo del ministerio de Juan Bautista. Desde el domingo pasado, la Palabra de Dios nos ha estado ayudando a disponernos para llegar bien preparados a la celebración del Nacimiento de Jesús. Con la Eucaristía agradecemos a Dios el regalo de su Hijo, que se hizo Carne en el vientre de María, nació en la periferia –Belén–, anunció e hizo presente el Reino de Dios, murió y resucitó para darnos vida.

Juan se había ido al desierto no para huir del mundo sino para llenarse de Dios. Ahí, en la soledad, escuchó la Palabra de Dios. Dios no habló en el templo de Jerusalén, ni el palacio, ni en el Sanedrín, lugares desde donde se ejercía el poder opresor sobre los judíos, sino en el desierto, donde pareciera que no hay vida. Dios lo envió a prepararle el camino al Salvador. Esa fue la misión que Juan aclaró y, fortalecido por el Espíritu del Señor, fue a realizarla por toda la región del Jordán.

Su misión consistió en anunciar la cercanía del Mesías esperado, ayudar al pueblo israelita a prepararse y disponerse para recibirlo. Comenzó llamando a la conversión, a volverse a Dios, a enderezar los caminos torcidos. A quienes aceptaron su mensaje y decidieron disponerse para recibir al Señor, entrando en un camino de conversión, Juan los bautizó con agua.

En nuestra vida es necesario estar siempre atentos a la Palabra de Dios, que nos habla en la realidad y en la Biblia, para aclarar nuestra misión y realizarla. Tenemos que encontrar tiempos de silencio para escuchar al Señor, en medio de este ambiente lleno de ruidos que incitan al consumismo, la vida cómoda y placentera, la competencia por la moda, el endeudamiento… Él nos habla en los desiertos de la vida: en los problemas, los conflictos, desavenencias, violencia, situaciones sin salida, experiencias en las que parece que todo se acabó. Allí hay que saber abrirnos y hacer silencio para descubrir la voz de Dios y aclarar qué nos pide. Y nos habla de una manera especial en su Palabra escrita en la Biblia. Hay que saber escucharlo. Tenemos que dejar tiempo para leerla y reflexionarla, personalmente, como pareja, como familia, en la comunidad.

El Adviento es una oportunidad que tenemos como Iglesia para escuchar al Señor, para asumir la conversión y trabajar por enderezar todo lo que está torcido en nuestro mundo: la injusticia, que trae como consecuencia el empobrecimiento del pueblo; las luchas por el poder, que solo alimentan la violencia; la ambición por la ganancia, que desemboca en el maltrato de nuestra Casa común; el orgullo, que nos impide perdonar y hacer una vida hermanable.

El Adviento es tiempo para llenarnos de Dios y realizar la misión a favor de la vida digna de nuestro pueblo, del cuidado de la Creación que Él nos confió, de una vida hermanable y en armonía. Aprovechemos estas semanas de preparación a la Navidad, para que, junto con lo que estamos previendo de adornos, regalos, cenas, posadas, nos dispongamos interiormente, en un camino de conversión personal y comunitaria, a la celebración del día 25.

Aprendamos del Bautista. Tengamos atentos nuestros oídos a la voz de Dios, que nos habla en los desiertos de la vida; abrámosle nuestro corazón para entrar en proceso de conversión y quitar lo que nos sobra, rellenemos nuestros vacíos de hermandad; vivamos la misión abriendo nuestras manos a las necesidades de los empobrecidos y de la Casa común, para hacerles experimentar la misericordia que viene de Dios. Esto nos ayudará a estar bien dispuestos para celebrar el Nacimiento de Jesús, que hoy viene sacramentalmente, y para seguir anhelando su segunda venida.

9 de diciembre de 2018

Esta entrada fue publicada el 09 de diciembre de 2018 a las 8:40 pm en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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