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Homilía del domingo de Jesucristo, Rey del Universo

“Éste ningún mal ha hecho”

Textos: 2Sam 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43.

Jesús se encuentra en su trono: la cruz. Está reinando, pero no como los reyes de este mundo, rodeados de poder, honores, lujos y sirvientes. Jesús se encuentra crucificado, despojado de todo, recibiendo las burlas de todos, abandonado por los suyos. Pero tiene la confianza puesta en Dios y recibe palabras de ánimo de uno de sus compañeros de suplicio, que confiesa que su vida la ha puesto al servicio de los demás: “éste ningún mal ha hecho” (Lc 23, 42).

Jesús no había hecho ningún mal a lo largo de su vida. Al contrario, se la pasó haciendo el bien: anunciando la buena nueva a los pobres, liberando a los oprimidos por las enfermedades y el demonio, devolviendo la vista a los ciegos, ofreciendo el perdón de Dios a los más grandes pecadores. Ahí mismo en la cruz estaba mostrando lo misericordioso de Dios al prometerle el paraíso a uno de los malhechores. Con esto hacía presente el Reino de Dios en el mundo.

Con el bien que hacía Jesús, hacía realidad aquello que le dijeron al rey David, su antecesor: “Tú serás el pastor de Israel” (2Sam 5, 2). Jesús reinaba siendo pastor, el pastor que da la vida por sus ovejas. Ya lo había hecho a lo largo de su ministerio; ahora lo estaba culminando en la cruz, en la que estaba colgado como un fracasado. El derrotado según el modo de pensar de las autoridades, los soldados y uno de los malhechores, estaba reinando desde la desolación total.

El modo de reinar de Jesús es a través del servicio. Como rey no se aprovecha de los demás sino que se hacer servidor de todos al derramar su sangre en la cruz, como dice san Pablo, para reconciliar y dar la paz. Pero tampoco aprovecha su condición de Mesías. De hecho le pedían que la utilizara para sacar ganancia, para obtener honores, para conseguir sirvientes, así como le había propuesto el diablo en el desierto tres años antes. Decide mantenerse fiel a su Padre.

A propósito del reinado de nuestro Señor, san Pablo nos recuerda que también nosotros, por ser bautizados, estamos comprometidos a colaborar en la construcción del Reino de Dios. Lo expresa de una manera muy bonita: Damos gracias a Dios Padre, el cual nos ha hecho capaces de participar en la herencia de su pueblo santo, en el reino de la luz. Él nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo amado (Col 1, 12). ¡Un don de Dios!

Dios nos hace capaces de participar en el reino de la luz, Dios nos ha llevado al Reino de Cristo. Esto es parte de su proyecto salvador, culminado en la muerte y resurrección de su Hijo. Dios quiere que nos salvemos, que participemos del paraíso, de su Reino en plenitud. Pero, lo tenemos que alcanzar, como el malhechor que le pide a Jesús que se acuerde de él en su Reino. Lo que él veía al futuro, con Jesús es ya una realidad: “hoy estarás conmigo” (Lc 23, 43).

El Reino es un don de Dios y es una tarea, es algo ya presente pero todavía ausente. Nuestra vida la tenemos que diseñar en función de ese Reino. Lo que tenemos que hacer es exactamente lo mismo de Jesús: anunciar la Buena Nueva a los crucificados hoy por la pobreza, trabajar por la liberación de los oprimidos y la inclusión de los que el mercado ha excluido de la vida de la sociedad, luchar por el perdón y la paz en medio de nuestro ambiente cada vez más violento.

También nosotros tenemos que vivir así, haciendo el bien y no el mal. Estamos invitados a tomar partido por Jesús y el proyecto salvador de Dios, que es de misericordia para con los últimos de la sociedad, entre los que se encontraba nuestro Salvador. La participación en la Eucaristía, especialmente en la de este domingo, tiene que ser una renovación del compromiso de vivir como Jesús, de colaborar para que su reino sea una realidad ya en nuestro mundo.

21 de noviembre de 2010

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