Homilía del 8º domingo ordinario 2011

“No pueden ustedes servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). Esta frase de Jesús es demoledora para quien la escuche, pues siempre estaremos en la tentación de la idolatría, o sea, de hacer a un lado a Dios, Padre providente y misericordioso, y poner en su lugar al dinero. Esta es la tentación mayor de los humanos y de los discípulos y discípulas de Jesús. Por eso Jesús nos aclara que si queremos seguirlo con fidelidad, tenemos que amar solamente a Dios. Solo a Él.

“No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”

Textos: Is 49, 14-15; 1Cor 4, 1-5; Mt 6, 24-34.

«Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará a otro»

“No pueden ustedes servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). Esta frase de Jesús es demoledora para quien la escuche, pues siempre estaremos en la tentación de la idolatría, o sea, de hacer a un lado a Dios, Padre providente y misericordioso, y poner en su lugar al dinero. Esta es la tentación mayor de los humanos y de los discípulos y discípulas de Jesús. Por eso Jesús nos aclara que si queremos seguirlo con fidelidad, tenemos que amar solamente a Dios. Solo a Él.

Esta exigencia de Jesús está, o debe estar, en la base del proyecto de vida de sus discípulos. Jesús sabe lo que significa en la experiencia humana la tentación del dinero. El dinero da poder y eso es peligroso, porque quien lo tiene pasa por encima de los demás. El dinero atrae y eso es un riesgo, porque se diseña la vida en torno a él y el modo de obtenerlo. El dinero encandila y se convierte en dios, al grado de entregarle la propia persona y sacrificar a los pobres.

Por eso es que, a la luz del evangelio de hoy, podemos revisar nuestro proyecto de vida y nuestra manera de vivir. ¿Qué buscamos en la vida? ¿Qué queremos alcanzar? ¿En qué ponemos nuestra seguridad? Si es en el dinero y los bienes materiales, vamos por el camino equivocado. No podemos poner nuestra seguridad en el dinero porque se convierte en amo al que hay que servir. Y si lo tenemos como amo, vamos a hacer lo que nos pida con tal de tenerlo.

Ya sabemos lo que pasa cuando alguien hace su vida en torno al dinero. No solo se hace ambicioso al dinero, como se dice, sino que lo busca a como dé lugar: se aprovecha del más débil, abusa en su trabajo, roba, hace tranzas, acapara, se apropia lo que es de la familia, a veces hasta mata. Sucede precisamente lo que dice Jesús: se pone a servirle al dinero, le rinde culto, puesto que lo convirtió en su amo y su dios. Y al vivir así, no le hace caso a Dios.

Los discípulos tenemos que hacer nuestra vida con coherencia, es decir, sirviendo solamente a Dios, como lo hizo Jesús. Y la muestra de servicio a Dios es buscar lo que Él nos ofrece. Dios nos ofrece su Reino. Por eso Jesús nos pide que a eso dediquemos nuestra vida: “busquen primero el Reino de Dios y su justicia”  (v. 33.). Lo primero, y lo único, que tenemos que buscar es el Reino para entrar en él. El Reino de Dios es la justicia, el amor, la misericordia, el perdón.

Buscando el Reino, todo lo demás viene por añadidura. Así lo prometió Jesús. El hecho de buscar el Reino es signo de confianza en la Providencia de Dios que, como mamá, no se olvida de ninguno de sus hijos, ni deja de alimentarlos ni de vestirlos. Jesús nos orienta en relación a esto, al decirnos: “No se inquieten […] pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por estas cosas” (v. 32).

Al celebrar la Eucaristía, en el encuentro con Cristo resucitado, renovamos nuestra fe en Dios. Le diremos que creemos en Él. Al recitar el Credo expresaremos que lo tenemos como único Dios y que solo a Él le rendiremos culto. Hay que profesar nuestra fe con la conciencia de que el culto a Dios se celebra en la vida diaria al cumplir sus mandatos, al vivir como hermanos, al compartir lo que tenemos, al ver por el pobre,  al luchar por la justicia, al construir la paz.

Que la participación en esta Eucaristía dominical nos impulse a ser discípulos y discípulas de Jesús, que se abandonan totalmente a la Providencia de Dios, trabajando por el Reino. Que al comulgar reafirmemos nuestro proyecto de servirle solo a Él. Que asumamos el compromiso de no hacer del dinero un dios y, por lo mismo, de no ponernos a su servicio. Como dice Pablo: que todos nos consideren como servidores de Cristo (1Cor 4, 1) porque servimos solamente a Dios.

27 de febrero de 2011

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