Homilía del 7º domingo ordinario 2011

“Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian” (Mt 5, 44). Estos mandatos de Jesús están orientados a que sus discípulos y discípulas vivamos como hijos e hijas de Dios. Quiere decir que no basta con tener el Bautismo y los demás sacramentos para ser hijos e hijas de Dios. Es necesario asumir y cultivar un estilo de vida en el que se viva al máximo el mandamiento del amor: al grado de amar a los enemigos.

“Amen a sus enemigos”

Textos: Lev 19, 1-2. 17-18; 1Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48.

“Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian” (Mt 5, 44). Estos mandatos de Jesús están orientados a que sus discípulos y discípulas vivamos como hijos e hijas de Dios. Quiere decir que no basta con tener el Bautismo y los demás sacramentos para ser hijos e hijas de Dios. Es necesario asumir y cultivar un estilo de vida en el que se viva al máximo el mandamiento del amor: al grado de amar a los enemigos.

Estamos viviendo, y así hemos caminado durante muchísimos años, bajo la ley antigua del talión: “Ojo por ojo, diente por diente” (v. 38). Lo descubrimos en las telenovelas, en los noticieros, en la vida ordinaria. A diario se escucha: “Me la haces, me la pagas”, “Te lo tenías merecido”, “Para que se te quite”, “El que ríe al último, ríe mejor”, “Ahora sí vas a saber quién soy yo”, y tantas otras expresiones que acompañan actos de venganza o de desquite.

Antier fue la jornada más violenta en lo que va del sexenio en nuestro país. En los noticieros de ayer se informó que hubo 79 personas ejecutadas. ¡Qué triste es ya el dato! Y más porque esto se está convirtiendo en algo ordinario y ya no nos cuestiona. ¡Cuántas venganzas! ¡Cuántos signos de abandono del amor! Gran parte de las personas que realizan estos y otros delitos, están bautizadas y se confiesan creyentes en Jesús. Es el ojo por ojo y diente por diente.

Jesús nos pide que nuestro modo de vivir supere a la justicia marcada por la ley antigua. La ley antigua, lo escuchamos en la primera lectura, mandaba: “No odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. […] No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 17-18). Era el amor al hermano, al del mismo pueblo; y la medida del amor era el mismo israelita. Y la ley antigua también permitía odiar al enemigo.

Ante el ojo por ojo y diente por diente, frente al mandamiento de amar al prójimo y odiar al enemigo, Jesús hace su propuesta. El discípulo debe poner la mejilla izquierda a quien lo golpea en la derecha, cederle el manto al que le quite la túnica, caminar dos mil pasos con el que lo obliga a caminar mil, no volver la espalda a quien le pide prestado, amar al enemigo, hacer el bien a quien lo odia, orar por quienes lo persiguen y calumnian. Un estilo nuevo de vivir.

Este es precisamente nuestro compromiso: como discípulos y discípulas amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos oprimen, devolver bien por mal. La razón está en que Dios así actúa. De esta manera aparecerá con toda claridad quién es y quién no hijo o hija de Dios, porque mostrará con sus hechos que se parece al Padre, que hace el bien por parejo: ama a todos y por ese amor regala el sol a buenos y malos y deja caer la lluvia sobre los justos y los injustos.

El ideal del discípulo es Dios. “Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo” (v. 2), le decía Dios a Moisés; “Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), dice Jesús a sus discípulos. La santidad, la perfección de Dios está en amar a todos y ver por el bien de todos, especialmente de quienes lo rechazan, de quienes hablan mal de Él. Así vivió Jesús, su Hijo. Lo expresó claramente al pedir a su Padre que perdonara a aquellos que lo estaban crucificando.

Que la Palabra de Dios de este domingo nos sacuda en lo más profundo de nuestro corazón. Eliminemos de nuestra vida todo resentimiento, todo deseo de venganza, todo signo de desquite. Que nos convirtamos en discípulos de Jesús que amamos no solo ni tanto a quienes nos ven bien, sino a quienes nos han hecho algún daño, han hablado mal de nosotros o nos han herido. Así seremos realmente hijos e hijas de Dios, así nos manifestaremos como discípulos de Jesús.

20 de febrero de 2011

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