Homilía del 6º domingo ordinario 2011

“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes al Reino de los cielos” (Mt 5, 20). Esta petición de Jesús a sus discípulos nos orienta en relación a nuestra vida: no nos tenemos que consolar, como muchas personas expresan, con no matar, no robar, no meterse con nadie, creyendo que no se está en pecado. Así vivían los fariseos y escribas y se proclamaban buenos y justos, pero estaban lejos de la vida del Reino de Dios.

“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos”

Textos: Eclo 15, 16-21; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37.

"Ve primero a reconciliarte con tu hermano y vuelve luego a presentar tu ofrenda".

“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes al Reino de los cielos” (Mt 5, 20). Esta petición de Jesús a sus discípulos nos orienta en relación a nuestra vida: no nos tenemos que consolar, como muchas personas expresan, con no matar, no robar, no meterse con nadie, creyendo que no se está en pecado. Así vivían los fariseos y escribas y se proclamaban buenos y justos, pero estaban lejos de la vida del Reino de Dios.

Jesús pide más de parte de sus discípulos: vivir en el amor y eso enseñar a los demás. He aquí el gran reto: amar. Nos toca hacerlo precisamente en medio de un ambiente en el que matar, cometer adulterio, divorciarse, jurar, vengarse, se está convirtiendo en lo más ordinario, al grado a ya a nadie le preocupa. Se trata de situaciones que los judíos tenían legisladas tanto en el mandato de no realizarlas como en el castigo que se le aplicaría a quienes cayeran en ellas.

Pero para Jesús no basta con lo mínimo, es decir, con no matar físicamente, no caer en el adulterio, no divorciarse, no jurar en falso. Según el modo de pensar y de vivir de Jesús hay que hacer más, porque aunque no se mate, no se adultere o divorcie, no se jure, hay situaciones que rompen la relación entre hermanos y son igualmente de graves. La gravedad está en el rompimiento de las relaciones de hermandad, sea del modo que sea.

Por eso Jesús nos pide una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Lo explica retomando y dándole una dimensión nueva a los mandamientos antiguos. Esto nos puede servir para revisarnos. El discípulo no debe enojarse con nadie, no debe insultar a nadie, no debe despreciar a nadie, no debe mirar con malos deseos a otra persona, no debe jurar de ningún modo. ¿No estamos enojados con alguien? ¿Hemos ofendido, despreciado o deseado a otra persona?

Si nuestra relación está rota con algún hermano o hermana, si existen personas a las que ofendimos, maltratamos, despreciamos, o les hemos negado la palabra o volteado la cara, aunque no les hayamos quitado la vida, eso quiere decir que estamos en pecado. Y para Jesús esto tiene la misma pena que haberlos matado. De aquí que nos indique un camino para estar en comunión con Dios y con los demás: la reconciliación, el perdón, la vuelta a la hermandad.

 Jesús da su indicación así: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda” (vv. 23-24). La ofrenda pierde todo su valor si hay alguien ofendido, abusado, maltratado, abandonado, despreciado, del parte del discípulo de Jesús. Al que ofende al hermano le toca ir a reconciliarse.

Si no busca la reconciliación, el discípulo puede llevar la ofrenda al templo pero no ofrecerá el culto a Dios. No tenemos que contentarnos entonces con no matar, no robar, no meterse con nadie, para decir que estamos viviendo bien. No podemos celebrar la Eucaristía, el sacrificio por excelencia de la Iglesia, si un hermano o hermana se queja de que le hicimos algún mal. No seremos discípulos de Jesús mientras estemos rotos en nuestra relación con otra persona.

La sabiduría divina de que nos habla Pablo es el mismo Jesús. Pidámosle a Dios que lo escuchemos y nos orientemos por su enseñanza para que nuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos. Dejemos que su Palabra penetre en nuestro corazón para que vivamos en el amor a los hermanos, de manera que nadie se queje de nosotros. Alimentémonos del Cuerpo y la Sangre del Señor resucitado para mantenernos viviendo en la hermandad con todos y todas.

13 de febrero de 2011

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