Homilía del 5º domingo ordinario 2011

;»>“Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14). Con estas palabras Jesús indica a sus discípulos en qué consiste su vida y su misión. Son palabras que nosotros tenemos que llevar en lo más profundo de nuestro corazón, puesto que en el Bautismo fuimos iluminados por Cristo y se nos pidió vivir siempre como hijos e hijas de la luz. De aquí la otra petición de Jesús: “Que […] brille la luz de ustedes ante los hombres” (v. 16). El discípulo, al igual que el Maestro, tiene que ser luz.

“Ustedes son la luz del mundo”

Textos: Is 58, 7-10; 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16.

Las Asambleas Diocesanas nos ayudan a encontrar caminos para ser luz en medio de la realidad del Sur de Jalisco

“Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14). Con estas palabras Jesús indica a sus discípulos en qué consiste su vida y su misión. Son palabras que nosotros tenemos que llevar en lo más profundo de nuestro corazón, puesto que en el Bautismo fuimos iluminados por Cristo y se nos pidió vivir siempre como hijos e hijas de la luz. De aquí la otra petición de Jesús: “Que […] brille la luz de ustedes ante los hombres” (v. 16). El discípulo, al igual que el Maestro, tiene que ser luz.

El pasado día dos, en la fiesta de la Presentación del Señor, resaltamos esta dimensión de Jesús. Llevamos nuestras velas encendidas en procesión y escuchamos en el Evangelio que Simeón reconoció y presentó al Niño como luz de las naciones. Jesús desea que sus discípulos y discípulas nos unamos a esta misión. Por eso nos dice que somos la luz del mundo. Nuestra vida entonces debe ser clara; nuestra misión consiste en iluminar “a todos los de la casa” (v. 15).

Los de la casa son la propia familia, los vecinos, los compañeros de trabajo o de escuela, las personas de la comunidad. Para todos ellos nos tenemos que convertir en luz, y no una luz metida debajo de una olla sino puesta en lo alto. Es decir, no nos tenemos que esconder ni nos tiene que dar vergüenza vivir cristianamente. Estando en lo alto, o sea, dando buen testimonio, nuestra vida puede iluminar, puesto que las demás personas verían cómo vive un bautizado.

Esto de ser luz es una tarea grande, porque no es solamente decir sino que hay que manifestarlo con hechos concretos. El profeta Isaías señala signos que revelan al modelo de israelita que con su modo de vivir se convierte en luz: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo, y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora” (58, 7-8). Quien ve por el pobre, quien es hermano, se convierte en luz.

También quien deja de hacer el mal se convierte en luz, como lo escuchamos en la primera lectura: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas” (vv. 9-10). Cuántos bautizados hay que la pasan a diario aprovechándose del hermano o dañando a los demás. La invitación del Señor es a volver a la luz.

Hoy domingo la Palabra de Dios nos da la oportunidad de repensar nuestra vida. ¿No andaremos en las tinieblas? ¿No seremos velas escondidas debajo de una olla? ¿No estaremos como la sal que ha perdido su sabor? Si los demás ven cómo estamos viviendo, ¿iluminarán su caminar? Es más: ¿nuestra manera de vivir estará provocando que los demás le den gloria al Padre? ¿Somos vela encendida para nuestra familia, nuestro barrio o los compañeros de trabajo?

Los hijos están volteando a ver a sus papás y escuchan a diario lo que dicen. Los hijos tienen derecho –y es una obligación asumida cuando los llevaron a bautizar– a orientar su vida por el testimonio de los papás. Los que se han ido alejando de la vida de la Iglesia desean que los que nos reconocemos practicantes sepamos ser hermanos. Los no cristianos esperan de los bautizados un buen testimonio personal y comunitario de vida. Nuestra misión es ser luz del mundo.

En esta Eucaristía nos encontraremos sacramentalmente con Jesús, la luz del mundo; renovemos pues el compromiso de ser luz en nuestra casa, en nuestra comunidad, en nuestro lugar de trabajo, en medio de la sociedad. Que nuestra vida se convierta en solidaridad con los pobres, en encuentro con los hermanos, en amistad con todos, de manera que se haga realidad la petición de Jesús: “Que […] brille la luz de ustedes ante los hombres” (Mt 5, 16).

6 de febrero de 2011

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