Homilía del 5º domingo de Cuaresma 2011

“Señor, ya huele mal” (Jn 11, 39). Estas palabras que le dijo Marta a Jesús cuando Él pidió que quitaran la losa que cerraba el sepulcro de Lázaro, las podemos aplicar, sin temor a equivocarnos, a la situación que se está viviendo en nuestro país. Un diario de la semana pasada decía en uno de sus titulares de la primera plana: “Casi se triplican ejecuciones en primer trimestre”. Esto es en el Estado de Jalisco. En los primeros tres meses de 2010 hubo 67; en 2011 ya van 181.

“Señor, ya huele mal”

Textos: Ez 37, 12-14; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1-45.

“Señor, ya huele mal” (Jn 11, 39). Estas palabras que le dijo Marta a Jesús cuando Él pidió que quitaran la losa que cerraba el sepulcro de Lázaro, las podemos aplicar, sin temor a equivocarnos, a la situación que se está viviendo en nuestro país. Un diario de la semana pasada decía en uno de sus titulares de la primera plana: “Casi se triplican ejecuciones en primer trimestre”. Esto es en el Estado de Jalisco. En los primeros tres meses de 2010 hubo 67; en 2011 ya van 181.

El cuerpo de Lázaro olía mal porque ya estaba muerto y llevaba cuatro días sepultado. Nuestro país huele mal porque está sumido en la crisis y la pobreza desde hace muchos años. Esto despide un olor hediondo. Ahora tiene en la violencia a la piedra que tapa esta situación. La inseguridad y la angustia por no tener para el pan de cada día, se está complicando más con la violencia: no solo la familiar, sino los levantamientos, persecuciones, secuestros, ejecuciones.

“La historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos”, dijo el poeta y periodista Javier Sicilia ante el asesinato de su hijo. Las muertes son solo números.

Y nos estamos acostumbrando, al grado que ante estas y otras noticias semejantes, en las historias de las telenovelas, en los programas donde pasan situaciones intrafamiliares, nos damos gusto. Nos estamos haciendo insensibles ante el sufrimiento y la muerte. Ya no nos preocupa sino que queremos saber cuántos son, cómo fue, dónde sucedió. Si estamos en esta situación quiere decir que la muerte, y por tanto el mal olor, se está anidando en nuestro corazón.

Esta es, en gran parte, la raíz de lo que está sucediendo, como expresó Sicilia respecto a la ejecución de su hijo, la cual “se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada […] contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor”.

Entonces no solo el país como tal, sino también el corazón de quienes propician, acrecientan y se gozan con la muerte: ya huele mal. Ante esto, Dios tiene su palabra. Lo acabamos de escuchar en las lecturas que se han proclamado. Dios quiere la vida de su pueblo, no la muerte. Ese es su proyecto: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos […]. Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán” (Ez 37, 12. 14). Su espíritu es de vida, no de muerte.

Jesús es quien cumple a plenitud esa promesa de Dios. Lo manifiesta, entre muchos otros signos, con la resurrección de Lázaro. Ante la fe de Marta y María que esperaban que Jesús impidiera la muerte de su hermano, ante los comentarios de algunos que decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” (Jn 11, 37); ante el mal olor del difunto, Jesús gritó confiado en su Padre: “Lázaro, sal de allí”. Y salió (v. 43).

Resucitó a Lázaro como después resucitaría Él mismo, por el Espíritu del Padre que da vida. Ese Espíritu de vida que está ausente en quienes obran el mal, en quienes provocan situaciones de violencia y muerte; es el que tenemos que dejar que actúe en nuestro corazón para que llevemos, como dice Pablo, una vida conforme al Espíritu (Rm 8, 9). Una vida que dé buen olor porque se respeta a las personas, porque hay justicia y vida digna en nuestro país.

10 de abril de 2011

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